miércoles, 4 de abril de 2018
viernes, 9 de marzo de 2018
CUALIDADES DE UNA MADRE. DIARIO DE SANTA FAUSTINA 20

DIARIO DE SANTA FAUSTINA 20
CUALIDADES DE UNA MADRE
Gratitud por ser hija de la Iglesia:
Qué
alegría ser una hija fiel de la Iglesia. Oh, cuanto amo a la santa
Iglesia y a todos quienes viven en ella. Los miro como miembros vivos
de Cristo, que es su Cabeza. Me inflamo de amor con los que aman, sufro
con los que sufren, el dolor me consume mirando a los tibios y a los
ingratos; entonces procuro un amor tan grande hacia Dios que compense
por aquellos que no lo aman, que alimentan a su Salvador con negra
ingratitud.
Oh
Dios mío, estoy consciente de mi misión en la santa Iglesia. Mi empeño
continuo es impetrar la misericordia para el mundo. Me uno
estrechamente a Jesús y me presento como víctima que implora por el
mundo. Dios no me rehusará nada cuando le suplico con la voz de Su
Hijo. Mi sacrificio es nada por sí mismo, pero cuando lo uno al
sacrificio de Jesús, se hace omnipotente y tiene la fuerza para aplacar
la ira divina. Dios nos ama en Su Hijo, la dolorosa Pasión del Hijo de
Dios es un continuo aplacamiento de la ira de Dios.
Unión íntima con Cristo, especialmente en su Pasión:
Haz
de mí, oh Jesús, una víctima agradable y pura delante del Rostro de Tu
Padre. Oh Jesús, transfórmame, miserable y pecadora, en Ti, ya que Tú
lo puedes todo y entrégame a Tu Padre Eterno. Deseo transformarme en la
hostia expiatoria delante de Ti, pero en una hostia no consagrada
delante de los hombres; deseo que la fragancia de mi sacrificio sea
conocida sólo por Ti, Oh Dios Eterno, que arda en mí el fuego
inextinguible de la súplica por Tu misericordia; siento y comprendo que
ésta es mi tarea, aquí y en la eternidad. Tú Mismo me has ordenado
hablar de esta gran misericordia Tuya y de Tu bondad.
Oh
Jesús, cuando vienes a mí en la Santa Comunión, Tú que Te has dignado
morar con el Padre y el Espíritu Santo en el pequeño cielo de mi
corazón, procuro acompañarte durante el día entero, no Te dejo solo ni
un momento. Aunque estoy en compañía de otras personas, mi corazón está
siempre unido a Ti. Cuando me duermo, te ofrezco cada latido de mi
corazón, cuando me despierto, me sumerjo en Ti sin decir una palabra.
Al despertarme, adoro un momento la Santísima Trinidad y le agradezco
por haberme ofrecido un día más y que una vez más vuelva a repetirse en
mí el misterio de la Encarnación de Su Hijo, que una vez más delante de
mis ojos vuelva a repetirse su dolorosa Pasión. Trato entonces de
facilitar a Jesús el paso a través de mí a otras almas. Con Jesús voy a
todas partes, su presencia me acompaña en todo momento.
En
los sufrimientos del alma o del cuerpo trato de callar, porque entonces
mi espíritu adquiere la fortaleza que viene de la Pasión de Jesús.
Delante de mis ojos tengo siempre su Rostro doloroso, insultado y
desfigurado, su Corazón divino traspasado por nuestros pecados y
especialmente por la ingratitud de las almas elegidas.
La
Majestad de Dios me envuelve otra vez, me siento sumergida totalmente
en Dios, toda sumergida y penetrada por Él, viendo cuánto el Padre
Celestial nos ama. Oh, qué gran felicidad llena mi alma por el
conocimiento de Dios, de la vida de Dios. Deseo compartir esta
felicidad con todos los hombres, no puedo encerrar esta felicidad en mi
corazón solamente, porque sus rayos me queman y hacen estallar mi pecho y
mis entrañas. Deseo atravesar el mundo entero y hablar a las almas de
la gran misericordia de Dios. Oh sacerdotes, ayúdenme en esto, usen las
palabras más convincentes sobre su misericordia, porque toda expresión
es muy débil para expresar lo misericordioso que es.
Importancia del silencio y del recogimiento:
El
Espíritu Santo no habla a un alma distraída y charlatana, sino que, por
medio de sus silenciosas inspiraciones, habla a un alma recogida, a un
alma silenciosa. Si se observara rigurosamente el silencio, no habría
murmuraciones, amarguras, maledicencias, chismes, no sería tan
maltratado el amor del prójimo, en una palabra, muchas faltas se
evitarían. Los labios callados son el oro puro y dan testimonio de la
santidad interior.
Como es la Superiora en un convento, así debe ser una madre:
La
Superiora debe distinguirse por la humildad y el amor hacia cada
hermana, sin excepción alguna. Que no se deje guiar por simpatía o por
antipatía, sino por el espíritu de Cristo. Debe saber que Dios le
pedirá cuenta de cada hermana. Que no diga sermones a las hermanas,
sino que dé el ejemplo de una profunda humildad y el de negarse a sí
misma, ésta será la enseñanza más eficaz para las que dependen de ella.
Que sea resuelta, pero nunca brusca; que tenga paciencia si la cansan
con las mismas preguntas, aunque tenga que repetir cien veces la misma
cosa, pero siempre con la misma calma. Que trate de presentir todas las
necesidades de las hermanas sin esperar que le pidan ésta u otra cosa,
porque son diversas las naturalezas de las almas. Si ve que alguna
hermana está triste o doliente, trate de ayudarle de cualquier manera y
de consolarla; que ruegue mucho y pida luz para saber cómo comportarse
con cada una de ellas porque cada alma es un mundo diferente. Dios
tiene distintos modos para tratar con las almas que, a veces, para
nosotros, son incomprensibles e inconcebibles, por eso la Superiora debe
ser prudente para no impedir la actuación de Dios en ningún alma. Que
nunca amoneste a las hermanas cuando está nerviosa, además los reproches
deben siempre ir acompañados por palabras de estímulo. Hay que dar a
conocer al alma su error para que lo reconozca, pero no se la debe
desalentar. La Superiora debe distinguirse por el amor activo a las
hermanas, debe encargarse de todas las penas para aliviar a las
hermanas; que no exija ningún servicio de las hermanas, que las respete
como a las esposas de Jesús y que esté dispuesta a servirles tanto de
día como de noche; debe más bien pedir que ordenar. Que tenga el
corazón abierto a los sufrimientos de las hermanas y que ella misma
estudie y contemple fijamente el libro abierto, es decir, a Jesús
Crucificado. Que siempre pida con fervor la luz y, especialmente,
cuando tenga que arreglar algo de importancia con alguna hermana.
Procure una profunda unión a Dios y Dios gobernará a través de ella.
sábado, 3 de marzo de 2018
LA PASIÓN. DIARIO DE SANTA FAUSTINA 19
DIARIO DE SANTA FAUSTINA 19
LA PASIÓN
Al
venir a la adoración, en seguida me envolvió un recogimiento interior y
vi al Señor Jesús atado a una columna, despojado de las vestiduras y en
seguida empezó la flagelación. Vi a cuatro hombres que por turno
azotaban al Señor con disciplinas. Mi corazón dejaba de latir al ver
esos tormentos. Luego el Señor me dijo estas palabras: Estoy sufriendo un dolor aun mayor del que estás viendo. Y
Jesús me dio a conocer por cuales pecados se sometió a la flagelación,
que son los pecados de la impureza. Oh, cuanto sufrió Jesús moralmente
al someterse a la flagelación. Entonces Jesús me dijo: Mira y ve el género humano en el estado actual. En
un momento vi cosas terribles. Los verdugos se alejaron de Jesús, y
otros hombres se acercaron para flagelarle: tomaron los látigos y
azotaban al Señor sin piedad. Eran sacerdotes, religiosos y religiosas y
máximos dignatarios de la Iglesia, lo que me sorprendió mucho; eran
laicos de diversa edad y condición, todos descargaban su ira en el
inocente Jesús. Al verlo mi corazón se hundió en una especie de agonía;
y mientras los verdugos lo flagelaban, Jesús callaba y miraba a lo
lejos, pero cuando lo flagelaban aquellas almas que he mencionado
arriba, Jesús cerró los ojos y un gemido silencioso pero terriblemente
doloroso salió de su Corazón. Y el Señor me dio a conocer
detalladamente el peso de la maldad de aquellas almas ingratas: ¿Ves?, he aquí un suplicio mayor que Mi muerte.
Entonces mis labios callaron y empecé a sentir en mí la agonía y sentía
que nadie me consolaría ni me sacaría de ese estado sino Aquel que a
eso me había llevado. Entonces el Señor me dijo: Veo el dolor sincero de tu corazón que ha dado un inmenso alivio a Mi Corazón, mira y consuélate.
Cuando
me sumerjo en la Pasión del Señor, a menudo en la adoración veo al
Señor Jesús bajo este aspecto: después de la flagelación los verdugos
tomaron al Señor y le quitaron su propia túnica que ya se había pegado a
las llagas y mientras le despojaban de ella, volvieron a abrirse sus
llagas. Luego vistieron al Señor con un manto rojo, sucio y despedazado
sobre las llagas abiertas. El manto llegaba a las rodillas. Mandaron
al Señor sentarse en un pedazo de madero y entonces trenzaron una corona
de espinas y ciñeron con ella su Sagrada Cabeza; pusieron una caña en
su mano, y se burlaban de Él homenajeándolo como a un rey. Le escupían
en la Cara y otros tomaban la caña y le pegaban en la Cabeza; otros le
producían dolor a puñetazos, y otros le tapaban la Cara y le golpeaban
con los puños. Jesús lo soportaba silenciosamente. ¿Quién puede
entender su dolor? Jesús tenía su mirada hacia el suelo. Sentí lo que
sucedía entonces en el dulcísimo Corazón de Jesús. Que cada alma medite
lo que Jesús sufría en aquel momento. Competían en insultar al Señor.
Yo pensaba de dónde podía proceder tanta maldad en el hombre. La
provoca el pecado. Se encontraron el Amor y el pecado.
Entonces
vi a Jesús clavado en la cruz. Después de estar Jesús colgado en ella
un momento, vi toda una multitud de almas crucificadas como Jesús. Vi
la tercera muchedumbre de almas y la segunda de ellas. La segunda
infinidad de almas no estaba clavada en la cruz, sino que las almas
sostenían fuertemente la cruz en la mano; mientras tanto la tercera
multitud de almas no estaba clavada ni sostenía la cruz fuertemente,
sino que esas almas arrastraban la cruz detrás de sí y estaban
descontentas. Entonces Jesús me dijo: ¿Ves, esas almas que se
parecen a Mí en el sufrimiento y en el desprecio?, también se parecerán a
Mí en la gloria; y aquellas que menos se asemejan a Mí en el
sufrimiento y en el desprecio, serán menos semejantes a Mí también en la
gloria.
Muchas
veces durante la Santa Misa veo al Señor en mi alma, siento su
presencia que me invade por completo. Siento su mirada divina, hablo
mucho con Él sin decir una sola palabra. Conozco lo que desea su
Corazón Divino y siempre hago lo que Él prefiere. Lo amo hasta la
locura y siento que soy amada por Dios. En los momentos en que me
encuentro con Dios en la profundidad de mis entrañas, me siento tan
feliz que no sé expresarlo. Estos momentos son cortos, porque el alma
no los podría soportar más tiempo, pues debería producirse la separación
del cuerpo. Aunque estos momentos son muy cortos, no obstante el poder
que pasa al alma permanece muchísimo tiempo. Sin el menor esfuerzo
siento un profundo recogimiento que entonces me envuelve y que no
disminuye a pesar de que converso con la gente, ni me molesta en el
cumplimento de mis deberes. Siento su constante presencia sin ningún
esfuerzo del alma, siento que estoy unida a Dios tan estrechamente como
una gota de agua con el océano sin fondo.
En otra ocasión, habiendo sufrido físicamente los ataques del demonio, oí una voz:
Estás
unida a Mí y no tengas miedo de nada, pero has de saber, niña Mía, que
Satanás te odia; él odia a muchas almas, pero arde de un odio particular
hacia ti, porque arrancaste a muchas almas de su poder.
Sentí que vale la pena cualquier sufrimiento con tal de ganar almas para el Cielo.
Oh
Dios mío, aun en los castigos con que hieres la tierra veo el abismo de
Tu misericordia, porque castigándonos aquí en la tierra, nos liberas
del castigo eterno. Alégrense, todas las criaturas, porque están más
cerca de Dios en su infinita misericordia que el niño recién nacido del
corazón de su madre. Oh Dios, que eres la Piedad misma para los más
grandes pecadores arrepentidos sinceramente; cuanto más grande es el
pecador, tanto mayor es el derecho que tiene a la Divina Misericordia.
viernes, 16 de febrero de 2018
EL LADO MÁS HUMANO DE SANTA FAUSTINA. DIARIO DE SANTA FAUSTINA 18
DIARIO DE SANTA FAUSTINA 18
EL LADO MÁS HUMANO DE SANTA FAUSTINA
Durante
la renovación de nuestros votos vi al Señor Jesús con una túnica blanca
y un cinturón de oro, y en la mano tenía una espada terrible. Eso duró
hasta el momento en que las hermanas comenzaron a renovar los votos.
Súbitamente vi una claridad inconcebible y delante de esa claridad una
nube blanca en forma de balanza. En aquel momento se acercó el Señor
Jesús y puso la espada sobre uno de los platillos y éste con todo aquel
peso, bajó hasta la tierra y faltó poco para que la tocara
completamente. Justo entonces las hermanas terminaron de renovar los
votos. De repente vi a los ángeles, que de cada una de las hermanas
tomaron algo en un recipiente de oro, con forma como de un incensario.
Cuando lo recogieron de todas las hermanas y pusieron el recipiente en
el segundo platillo, éste prevaleció sobre el primero, en el cual había
sido puesta la espada. En aquel momento, del incensario salió una llama
que alcanzó la claridad. En seguida oí una voz desde la claridad: Reponed la espada en su lugar, la ofrenda es mayor. Entonces
Jesús nos dio a todos una bendición y todo lo que yo veía desapareció.
Las hermanas empezaron a recibir la Santa Comunión y mi alma fue
inundada de un gozo tan grande que no logro describirlo.
En
esta visión de Faustina, una vez más alcanzamos a comprender el valor
de nuestro ofrecimiento a Dios, de nuestro vivir cada día según su
Voluntad, porque esto agrada mucho a Dios y le compensa por todo el mal
que hay en el mundo y hace que prevalezca para todos su misericordia
ante su justicia.
A continuación, con este relato, vamos a ver el lado más humano de Faustina:
Mi
madre estaba gravemente enferma y ya cerca de la muerte, y me pidió
visitarla porque deseaba verme una vez más antes de morir. En aquel
momento se despertaron todos los sentimientos de mi corazón. Como una
niña que amaba sinceramente a su madre, deseaba ardientemente cumplir su
deseo, pero deje a Dios la decisión y me abandoné plenamente a su
voluntad; sin reparar en el dolor del corazón, seguía la voluntad de
Dios. En la mañana del día de mi cumpleaños, 15 de febrero, la Madre
Superiora me entregó otra carta de mi familia y me dio el permiso de ir a
la casa familiar para cumplir el deseo y la petición de mi madre
moribunda. En seguida empecé a prepararme para el viaje y ya al
anochecer salí de Vilna. Toda la noche la ofrecí por mi madre
gravemente enferma, para que Dios le concediera la gracia de que los
sufrimientos que estaba pasando no perdieran nada de su mérito.
Durante
el viaje tuve una compañía muy agradable, ya que en el mismo
compartimento viajaban algunas señoras pertenecientes a una asociación
religiosa Mariana. Sentí que una de ellas sufría mucho y que en su alma
se desarrollaba una lucha encarnizada. Comencé a rezar mentalmente por
ella. A las once las demás señoras pasaron al otro compartimento para
conversar, mientras nosotras nos quedábamos solas. Sentía que mi
plegaria había provocado en ella una lucha aún mayor. Yo no la
consolaba sino que rezaba con más ardor. Por fin, esa alma se dirigió a
mí y me pidió que le dijera si ella tenía la obligación de cumplir
cierta promesa hecha a Dios. En aquel momento conocí dentro de mí qué
promesa era y le contesté: Usted está absolutamente obligada a cumplir
esta promesa, porque de lo contrario será infeliz durante toda su vida.
Este pensamiento no la dejará en paz. Sorprendida de esa respuesta
reveló delante de mi toda su alma.
Era
una maestra, que antes de examinarse hizo a Dios la promesa de que si
aprobaba los exámenes se dedicaría al servicio de Dios, es decir,
entraría en un convento. Pero después de aprobar muy bien los exámenes
se había dejado llevar por el torbellino del mundo y no quería entrar en
el convento y la conciencia no le dejaba en paz, y a pesar de las
distracciones se sentía siempre descontenta.
Tras
una larga conversación, esa persona se fue completamente cambiada y
dijo que inmediatamente emprendería gestiones para ser recibida en un
convento. Me pidió que rogara por ella; sentí que Dios no le
escatimaría sus gracias.
Por
la mañana llegué a Varsovia, y a las 8 de la noche ya estaba en casa.
Es difícil describir la alegría de mis padres y de toda la familia. Mi
madre mejoró un poco, pero el médico no daba ninguna esperanza para su
restablecimiento completo. Después de saludarnos, nos arrodillamos
todos para agradecer a Dios por la gracia de podernos ver todos una vez
más en la vida.
Al
ver cómo rezaba mi padre me avergoncé mucho, porque yo después de
tantos años en el convento, no sabía rezar con tanta sinceridad y tanto
ardor. No dejo de agradecer a Dios por los padres que tengo.
Cómo
ha cambiado todo en estos 10 años, todo es desconocido: el jardín era
tan pequeño y ahora es irreconocible, mis hermanos y hermanas eran
todavía pequeños y ahora no los reconozco, todos mayores…
Stasio
me acompañaba a la iglesia todos los días. Sentía que aquella querida
alma era muy agradable a Dios. El ultimo día, cuando ya no había nadie
en la iglesia, fui con él delante del Santísimo Sacramento y rezamos
juntos el Te Deum. Tras un instante de silencio ofrecí esta
querida alma al dulcísimo Corazón de Jesús. ¡Cuánto pude rezar en esta
iglesia! Recordé todas las gracias que en este lugar había recibido y
que en aquel tiempo no comprendía y a menudo abusaba de ellas; y me
sorprendí yo misma de cómo había podido ser tan ciega. Mientras
reflexionaba y lamentaba mi ceguera, de repente vi al Señor Jesús
resplandeciente de una belleza inexpresable que me dijo con
benevolencia: Oh elegida Mía, te colmaré con gracias aún mayores para que seas testigo de Mi infinita misericordia por toda la eternidad.
Aquellos
días en casa se me pasaron entre mucha compañía porque todos querían
verme y decirme algunas palabras. Muchas veces conté hasta 25
personas. Les interesaban mis relatos sobre la vida de los santos. Me
imaginaba que nuestra casa era una verdadera casa de Dios, porque cada
noche se hablaba en ella solo de Dios. Cuando, cansada de relatar y
deseosa de la soledad y del silencio, me apartaba por la noche al jardín
para poder hablar con Dios a solas, ni siquiera conseguía esto, ya que
venían en seguida mis hermanos y me llevaban a casa y tenía que seguir
hablando, con todos los ojos clavados en mí. Pero logré encontrar el
modo de tomar aliento: pedí a mis hermanos que cantasen para mí, porque
tenían bellas voces y además uno tacaba el violín y otro la mandolina, y
así en ese tiempo podía dedicarme a la oración interior sin evitar su
compañía.
Me
costó mucho el tener que besar a los niños. Venían las vecinas con sus
niños y me pedían que los tomara al menos un momento en brazos y les
diera un beso. Consideraban eso como un gran favor y para mí era una
ocasión para ejercitarme en la virtud, porque más de uno estaba bastante
sucio, pero para vencerme y no mostrar aversión, a aquellos niños
sucios les daba dos besos. Una vecina trajo a su niño enfermo de los
ojos, los cuales estaban llenos de pus y me dijo: Hermana, tómalo en
brazos un momento. La naturaleza sentía aversión, pero sin reparar en
nada, tomé en brazos y besé dos veces los purulentos ojos del niño y
pedí a Dios por la mejoría. Tuve muchas ocasiones para ejercitarme en
la virtud. Escuché a todos que me contaban sus quejas y advertí que no
había corazones alegres, porque no había corazones que amaran
sinceramente a Dios, y no me sorprendía nada.
Me afligí mucho de que no pudiera ver a dos de mis hermanas. Sentí
interiormente en qué gran peligro se encontraban sus almas. El dolor
estrechó mi corazón sólo al pensar en ellas. Una vez, al sentirme muy
cerca de Dios, pedí ardientemente al Señor la gracia para ellas y el
Señor me contestó: Les concedo, no solamente las gracias necesarias, sino también las gracias particulares.
Comprendí que el Señor las llamaría a una más estrecha unión Consigo.
Me alegro enormemente de que en nuestra familia reine el amor tan
grande.
Cuando
me despedí de mis padres y les pedí su bendición, sentí el poder de la
gracia de Dios que fluyó sobre mi alma. Mi padre, mi madre y mi
madrina, entre lágrimas, me bendijeron y me pidieron que no olvidara
nunca las numerosas gracias que Dios me había concedido llamándome a la
vida consagrada. Pidieron mis oraciones. A pesar de que lloraban todos,
yo no derramé ni una sola lagrimita; traté de ser valiente y los
consolé a todos como pude, recordándoles el cielo y que allí no habría
más separaciones. Stasio me acompaño al automóvil; le dije cuánto Dios
ama a las almas puras; le aseguré que Dios estaba contento con él.
Mientras le hablaba de la bondad de Dios y de cómo Dios piensa en
nosotros, se puso a llorar como un niño pequeño y yo no me sorprendí
porque es un alma pura, pues conoce a Dios fácilmente.
REVELACION DE SU MISERICORDIA. DIARIO DE SANTA FAUSTINA 17
DIARIO DE SANTA FAUSTINA 17
REVELACION DE SU MISERICORDIA
Mi
Corazón está colmado de gran misericordia para las almas y
especialmente para los pobres pecadores. Si pudieran comprender que Yo
soy para ellas el mejor Padre, que para ellas de Mi Corazón ha brotado
Sangre y Agua como de una fuente desbordante de misericordia; para ellas
vivo en el tabernáculo. Como Rey de Misericordia deseo colmar a las
almas de gracias, pero no quieren aceptarlas. Por lo menos tú ven a Mí
lo más a menudo posible y toma estas gracias que ellas no quieren
aceptar y con esto consolaras Mi Corazón. Qué grande es la indiferencia
de las almas ante tanta bondad, ante tantas pruebas de amor!. Mi
Corazón es recompensado solamente con ingratitud, con olvido por parte
de las almas que viven en el mundo. Tienen tiempo para todo, menos para
venir a Mí a recibir las gracias
Me
dirijo a vosotras, almas elegidas, ¿tampoco vosotras entendeis el amor
de Mi Corazón? No encuentro el abandono total en Mi amor. Tantas
reservas, tanta desconfianza, tanta precaución… Para consolarte te diré
que hay almas que viven en el mundo que Me quieren sinceramente, en sus
corazones permanezco con delicia, pero son pocas. También en los
conventos hay almas que llenan de alegría Mi Corazón. En ellas están
grabados Mis rasgos y por eso el Padre Celestial las mira con una
complacencia especial. Ellas serán la maravilla de los Ángeles y de los
hombres. Su número es muy pequeño, ellas constituyen una defensa ante
la Justicia del Padre Celestial e imploran la misericordia por el
mundo. El amor y el sacrificio de estas almas sostienen la existencia
del mundo. Lo que más dolorosamente hiere Mi Corazón es la infidelidad
del alma elegida por mí especialmente; esas infidelidades son como
espadas que traspasan Mi Corazón.
Nadie
puede negar que Dios es infinitamente misericordioso; Él desea que
todos lo sepan. Antes de volver como Juez, desea que las almas lo
conozcan como Rey de Misericordia. Cuando venga este triunfo, nosotros
estaremos ya en la nueva vida, en la que no hay sufrimientos, pero antes
el alma será saturada de amargura, su sufrimiento será real. ¿Cuándo
sucederá esto? no sé; ¿Cuánto tiempo durara? No sé.
Pero Dios prometió una gran gracia, especialmente a ti y a todos que
proclamen esta gran misericordia Mía. Yo Mismo los defenderé en la
hora de la muerte como Mi gloria, aunque los pecados de sus almas sean
negros como la noche; cuando un pecador se dirige a Mi misericordia me
rinde la mayor gloria y es un honor para Mi Pasión. Cuando un alma
exalta Mi bondad, entonces Satanás tiembla y huye al fondo mismo del
infierno.
Con
las almas que recurran a Mi misericordia y con las almas que
glorifiquen y proclamen Mi gran misericordia a los demás, en la hora de
la muerte Me comportaré según Mi infinita misericordia.
Mi Corazón sufre a causa de que ni las almas elegidas entienden lo grande que es Mi misericordia; en su relación conmigo, en
cierto modo hay desconfianza. Cuánto hiere esto mi Corazón. Recordad
Mi Pasión, y si no creéis en Mis palabras, creed al menos en Mis llagas.
Siento
que Dios me permitirá levantar el velo para que la tierra no dude de su
bondad. Dios no está sujeto a eclipses ni a cambios, queda por la
eternidad Uno y siempre Él Mismo; a su voluntad nada puede oponerse.
Siento en mí una fuerza sobrehumana, siento el arrojo y la fortaleza
debidas a la gracia que vive en mí. Comprendo a las almas que sufren,
porque experimenté en mí este fuego. Sin embargo Dios no da
sufrimientos por encima de las fuerzas. A menudo he vivido con la
esperanza contra la esperanza, y he empujado mi esperanza hasta la total
confianza en Dios. Que se haga conmigo lo que ha establecido desde la
eternidad.
Estas son unas máximas que escribe Santa Faustina en su Diario:
Sería muy impropio que una hermana religiosa buscar alivio en el sufrimiento.
El
amor debe ser recíproco. Como el Señor Jesús ha bebido por mí toda la
amargura, entonces yo, su esposa, para dar prueba de mi amor hacia Él,
aceptaré todas las amarguras.
Quien sabe perdonar, se prepara a recibir muchas gracias de parte de Dios. Siempre que mire la cruz, perdonaré sinceramente.
Dios
ofrece las gracias de dos maneras: a través de las inspiraciones y de
las iluminaciones. Si pedimos una gracia, Dios la da, pero debemos
querer aceptarla; y para aceptarla es necesaria la abnegación.
El
amor no consiste en las palabras ni en los sentimientos, sino en la
acción. Es un acto de la voluntad. La inteligencia, la voluntad y el
corazón, debemos ejercitar estas tres facultades durante la oración.
domingo, 28 de enero de 2018
EXPERIENCIA DE LA MUERTE. DIARIO DE SANNTA FAUSTINA 16
DIARIO DE SANTA FAUSTINA 16
EXPERIENCIA DE LA MUERTE
A
veces, después de la Santa Comunión, siento la presencia de Dios de un
modo particular, sensible. Siento que Dios está en mi corazón. Y el
hecho de sentir a Dios en el alma, no me impide en absoluto cumplir mis
tareas; aún cuando realizo los más importantes asuntos que requieren
atención, no pierdo la presencia de Dios en el alma y quedo
estrechamente unida a Él. Con Él voy al trabajo, con Él voy al recreo,
con Él sufro, con Él gozo, vivo en Él y Él en mí. No estoy nunca sola,
ya que Él es mi compañero permanente. Siento su presencia en cada
momento. Nuestra familiaridad es estrecha a causa de la unión de la
sangre y de la vida.
La
adoración nocturna del jueves la hice por la conversión de los
pecadores empedernidos y especialmente por los que han perdido la
esperanza en la Divina Misericordia. Meditaba sobre lo mucho que Dios
sufrió y lo grande que es el amor que nos mostró, y nosotros no creemos
que Dios nos ama tanto. Oh Jesús, ¿quién lo comprenderá? ¡Qué dolor
para nuestro Salvador! Y ¿Cómo puede convencernos de su amor si su
muerte no llega a convencernos? Invité a todo el cielo a que se uniera a
mí para compensar al Señor la ingratitud de ciertas almas.
Jesús me enseñó cuánto le agrada la plegaria reparadora; me dijo: La plegaria de un alma humilde y amante aplaca la ira de Mi Padre y atrae un mar de bendiciones. Después
de la adoración, a medio camino hacia mi celda, fui cercada por una
gran jauría de perros negros, enormes, que saltaban y aullaban con la
intención de desgarrarme en pedazos. Me di cuenta de que no eran perros
sino demonios. Uno de ellos dijo con rabia: Como esta noche nos has
arrebatado muchas almas, nosotros te desgarraremos en pedazos.
Contesté: Si tal es la voluntad de Dios misericordiosísimo, desgarradme
en pedazos, porque me lo he merecido justamente siendo la más miserable
entre los pecadores y Dios es siempre santo, justo e infinitamente
misericordioso. A estas palabras, los demonios todos juntos
contestaron: Huyamos, porque no está sola, sino que el Todopoderoso está
con ella. Y desaparecieron del camino como polvo, como rumor, mientras
yo tranquila, terminando el Te Deum, iba a la celda contemplando la infinita e insondable misericordia Divina.
De
repente sufrí un desmayo con un gran sufrimiento preagónico. No era la
muerte, es decir el pasaje a la verdadera vida, sino una muestra de los
sufrimientos de la misma muerte. La muerte es espantosa a pesar de
darnos la vida eterna. De repente me sentí mal, la falta de
respiración, la oscuridad delante de los ojos, la sensación del
debilitamiento de los miembros…, este sofocamiento es atroz y un
instante así es infinitamente largo… A pesar de la confianza, viene
también un extraño miedo. Deseé recibir los últimos Sacramentos. Sin
embargo la Confesión me resultó muy difícil a pesar del deseo de
recibirla. Uno no sabe lo que dice; comienza a decir una cosa, deja la
otra sin terminar... Oh, que Dios preserve a cada alma de aplazar la
confesión a la última hora!. Conocí el gran poder de las palabras del
sacerdote que descienden sobre el alma del enfermo. Cuando pregunté al
Padre espiritual si estaba preparada para presentarme delante de Dios y
si podía estar tranquila, recibí la respuesta: Puedes estar
completamente tranquila, no solamente ahora, sino después de cada
confesión semanal. La gracia de Dios que acompaña estas palabras del
sacerdote es grande. El alma siente la fortaleza y el arrojo para la
lucha.
Mis
sufrimientos los uní a los sufrimientos de Jesús y los ofrecí por mí y
por la conversión de las almas que no confían en la bondad de Dios. De
repente mi celda se llenó de figuras negras, llenas de furia y de odio
hacia mí. Una de ellas dijo: Maldita tú y Aquel que está en ti, porque
ya empiezas a atormentarnos en el infierno. En cuanto pronuncié: Y el
Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, en seguida esas figuras
desaparecieron ruidosamente.
Entonces dije a Jesús: Jesús, pensé que me ibas a llevar. Y Él me contestó: Aun
no se ha cumplido plenamente Mi voluntad en ti; te quedaras todavía en
la tierra, pero no mucho tiempo. Me agrada mucho tu confianza, pero el
amor ha de ser más ardiente. El amor puro da fuerza al alma en la agonía misma. Cuando
agonizaba en la cruz, no pensaba en Mí, sino en los pobres pecadores y
rogaba al Padre por ellos. Quiero que también tus últimos momentos sean
completamente semejantes a los Míos en la cruz. Hay un solo precio con
el cual se compran las almas, y éste es el sufrimiento unido a Mi
sufrimiento en la cruz. El amor puro comprende estas palabras, el amor
carnal no las comprenderá nunca.
El
sufrimiento es el tesoro más grande que hay en la tierra, purifica al
alma. El amor verdadero se mide con el termómetro del sufrimiento.
Oh
Jesús, Te doy las gracias por las pequeñas cruces cotidianas, por las
contrariedades con las que tropiezan mis propósitos, por el peso de la
vida comunitaria, por la mala interpretación de mis intenciones, por las
humillaciones por parte de los demás, por el comportamiento áspero
frente a mí, por las sospechas injustas, por mi salud débil y por el
agotamiento de las fuerzas, por el anonadamiento de mi propio yo, por
la falta de reconocimiento en todo, por los impedimentos hechos a todos
mis planes.
Te
doy las gracias, Jesús, por los sufrimientos interiores, por la aridez
del espíritu, por los miedos, los temores y las dudas, por las tinieblas
y la densa oscuridad interior, por las tentaciones y las distintas
pruebas, por las angustias que son difíciles de expresar y especialmente
por aquellas en las que nadie nos comprende, por la hora de la muerte,
por el duro combate durante ella, por toda la amargura que pueda sufrir.
Te
agradezco, Jesús, porque has bebido el cáliz de la amargura antes de
dármelo endulzado. Heme aquí que he acercado los labios a este cáliz de
Tu santa voluntad; hágase de mi según Tu voluntad, que se haga de mi lo
que Tu sabiduría estableció desde la eternidad. En ti, oh Señor, todo
lo que da Tu Corazón paternal es bueno; no pongo las consolaciones por
encima de las amarguras, ni las amarguras por encima de las
consolaciones, sino que Te lo agradezco todo, oh Jesús. Mi deleite
consiste en contemplarte, oh Dios Inconcebible. Conozco bien la morada
de mi Esposo. Siento que en mí no hay ni una gota de sangre que no arda
de amor hacia Ti.
sábado, 20 de enero de 2018
MISERICORDIA Y SUFRIMIENTO. DIARIO DE SANTA FAUSTINA 15
DIARIO DE SANTA FAUSTINA 15
MISERICORDIA Y SUFRIMIENTO
Oh
Amor Eterno, deseo que Te conozcan todas las almas que has creado.
Desearía hacerme sacerdote, para hablar incesantemente de Tu
misericordia a las almas pecadoras hundidas en la desesperación.
Desearía ser misionero y llevar la luz de la fe a los países salvajes y
darte a conocer a las almas y morir en el martirio, sacrificada por
ellas como Tú has muerto por mí y por ellas. Oh Jesús, sé perfectamente
que puedo ser sacerdote, misionero y predicador, puedo morir en el
martirio anonadándome totalmente y negándome a mí misma por el amor
hacia Ti, Jesús, y hacia las almas inmortales. Un gran amor sabe
transformar las cosas pequeñas en cosas grandes y solamente el amor da
valor a nuestras acciones; y cuánto más puro se hace nuestro amor, tanto
menos tendrá por destruir en nosotros el fuego del sufrimiento, y el
sufrimiento dejará de serlo para nosotros. Se convertirá en un gozo.
Con la gracia de Dios he recibido ahora esta disposición del corazón, de
que nunca estoy tan feliz como cuando sufro por Jesús, al que amo con
cada latido del corazón.
Cuando
sufrimos mucho, tenemos una gran oportunidad de demostrarle a Dios que
lo amamos, mientras que cuando sufrimos poco, tenemos poca posibilidad
de demostrar a Dios nuestro amor y cuando no sufrimos nada, entonces
nuestro amor no es grande ni puro. Con la gracia de Dios podemos llegar
al punto en que el sufrimiento se transformará para nosotros en gozo,
puesto que el amor sabe hacer tales cosas en las almas puras.
El Jueves Santo, Jesús me dijo: Deseo
que te ofrezcas como víctima por los pecadores y, especialmente, por
las almas que han perdido la esperanza en la Divina Misericordia.
Acto de ofrecimiento:
Ante
el cielo y la tierra, ante todos los coros de los ángeles, ante la
Santísima Virgen María, ante todas las Potencias Celestes declaro a
Dios, Uno y Trino, que hoy en unión con Jesucristo, Redentor de las
almas, me ofrezco voluntariamente como víctima por la conversión de los
pecadores y especialmente por las almas que han perdido la esperanza en
la Divina Misericordia. Este ofrecimiento consiste en que acepto con
total sumisión la Voluntad de Dios, todos los sufrimientos y temores, y
los miedos que llenan a los pecadores y a cambio les cedo todas las
consolaciones que tengo en el alma, que provienen de mi comunión con
Dios. En una palabra, les ofrezco todo: las Santas Misas, las Santas
Comuniones, las penitencias, las mortificaciones, las plegarias. No
temo los golpes, los golpes de la Justicia de Dios, porque estoy unida a
Jesús. Oh Dios mío, con esto deseo compensarte por las almas que no
confían en Tu bondad. Contra toda esperanza confío en el mar de Tu
misericordia. Oh Señor y Dios mío, no pronuncio este acto de
ofrecimiento basándome en mis propias fuerzas, sino en el poder que
deriva de los méritos de Jesucristo. Este acto de ofrecimiento lo
repetiré todos los días con la siguiente plegaria que Tú Mismo me
enseñaste, oh Jesús: Oh Sangre y Agua que brotaste del Corazón de Jesús, como Fuente de Misericordia para nosotros, en Ti confío.
La Divina Misericordia le respondió: Te doy una pequeña parte en la Redención del género humano. Tú eres el alivio en el momento de Mi Agonía.
Y hablándole del cuadro le explicó: Los
dos rayos significan la Sangre y el Agua. El rayo pálido simboliza el
Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es
la vida de las almas.
Ambos
rayos brotaron de las entrañas más profundas de Mi misericordia cuando
Mi Corazón agonizante fue abierto en la cruz por la lanza.
Estos
rayos protegen a las almas de la indignación de Mi Padre.
Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos, porque no le alcanzará
la justa mano de Dios. Deseo que el primer domingo después de la Pascua
de Resurrección sea la Fiesta de la Misericordia.
Pide
a Mi siervo fiel que en aquel día hable al mundo entero de esta gran
misericordia Mía; que quien se acerque ese día a la Fuente de Vida,
recibirá el perdón total de las culpas y de las penas.
La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia.
Oh,
cuánto Me hiere la desconfianza del alma. Hay almas que reconocen que
soy santo y justo, pero no creen que Yo soy la Misericordia, no confían
en Mi bondad. También los demonios admiran Mi justicia, pero no creen
en Mi bondad.
Mi Corazón se alegra de este título de misericordia.
Proclama
que la misericordia es el atributo más grande de Dios. Todas las obras
de Mis manos están coronadas por la misericordia.
Una
vez, cuando estaba en el taller de aquel pintor que pintaba esta
imagen, vi que no era tan bella como es Jesús. Me afligí mucho por eso,
sin embargo lo oculté profundamente en mi corazón. Cuando salimos del
taller del pintor, la Madre Superiora se quedó en la ciudad para
solucionar diferentes asuntos y yo volví sola a casa. En seguida fui a
la capilla y lloré muchísimo. ¿Quién te pintará tan bello como Tú
eres? Como respuesta oí estas palabras: No en la belleza del color, ni en la del pincel está la grandeza de esta imagen, sino en Mi gracia.
Una
vez me visitó la Virgen Santísima. Estaba triste con los ojos clavados
en el suelo; me dio a entender que tenía algo que decirme, pero por
otra parte me daba a conocer como que no quisiera decírmelo. Al darme
cuenta de ello, empecé a pedir a la Virgen que me lo dijera y que
volviera la mirada hacia mí. En un momento María me miró sonriendo
cordialmente y dijo: Vas a padecer ciertos sufrimientos a causa de
una enfermedad y de los médicos, además padecerás muchos sufrimientos
por esta imagen, pero no tengas miedo de nada. Al día siguiente me
puse enferma y sufrí mucho, tal y como me lo había dicho la Virgen, pero
mi alma está preparada para los sufrimientos. El sufrimiento es el
compañero permanente de mi vida.
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