sábado, 14 de octubre de 2017

MEDITACIÓN SOBRE EL DIARIO DE SANTA FAUSTINA 3



DIARIO DE SANTA FAUSTINA 3

         Una vez estaba yo reflexionando sobre la Santísima Trinidad, sobre la esencia divina. Quería penetrar y conocer quién era este Dios. En un instante, mi espíritu fue llevado como al otro mundo, vi un resplandor inaccesible y en él como tres fuentes de caridad que no llegaba a comprender. De este resplandor salían palabras en forma de rayos y rodeaban el cielo y la tierra. De repente, del mar del resplandor salió nuestro amado Salvador, de una belleza inconcebible, con las llagas resplandecientes. Y se oyó la voz: “Quién es Dios en su esencia, nadie lo sabrá, ni una mente angélica, ni humana. Trata de conocer a Dios a través de meditar sus atributos.” Después Jesús trazó con la mano la señal de la cruz y desapareció.
         En otra ocasión, fui llamada al juicio de Dios. Me presenté delante del Señor, a solas. Jesús se veía como durante la Pasión. Después de un momento, estas heridas desaparecieron y quedaron sólo cinco: en las manos, en los pies y en el costado. Inmediatamente vi todo el estado de mi alma tal y como Dios la ve. Vi claramente todo lo que no agrada a Dios. No sabía que hay que rendir cuentas ante el Señor, incluso de las faltas más pequeñas. ¡Qué momento! ¿Quién podrá describirlo? Presentarse delante del tres veces Santo. Jesús me preguntó: ¿Quién eres? Contesté: Soy tu sierva, Señor. “Tienes la deuda de un día de fuego en el Purgatorio”. Quise arrojarme inmediatamente a las llamas del fuego del Purgatorio, pero Jesús me detuvo y me dijo: “¿Qué prefieres, sufrir ahora durante un día o durante un breve tiempo en la tierra?” Contesté: Jesús, quiero sufrir en el Purgatorio y quiero sufrir en la tierra los más grandes tormentos, aunque sea hasta el fin del mundo. Jesús dijo: “Es suficiente una cosa. Bajarás a la tierra y sufrirás mucho, pero durante poco tiempo y cumplirás mi Voluntad y mis deseos. Un fiel siervo mío te ayudará a cumplirla. Ahora, pon la cabeza sobre mi pecho, sobre mi Corazón y de Él toma fuerza y fortaleza para todos los sufrimientos, porque no encontrarás alivio, ni ayuda, ni consuelo en ninguna otra parte. Debes saber, que vas a sufrir mucho, mucho, pero que esto no te asuste. Yo estoy contigo.”
Poco después de este suceso, enfermé. Las dolencias físicas fueron para mí una escuela de paciencia. Sólo Jesús sabe cuántos esfuerzos de voluntad tuve que hacer para cumplir los deberes.
Jesús, cuando quiere purificar un alma, utiliza los instrumentos que Él quiere. Mi alma se siente completamente abandonada por las criaturas. A veces, la intención más pura es interpretada mal por las hermanas. Este sufrimiento es muy doloroso, pero Dios lo permite y hay que aceptarlo, ya que a través de ello nos hacemos más semejantes a Jesús.
Yo les informaba de todo a mis Superioras y ellas no creían en mis palabras.
Sin embargo, la gracia de Dios me perseguía a cada paso, y cuando menos lo esperaba, Dios me hablaba.
         Un día, Jesús me dijo que iba a castigar una ciudad, la más bonita de mi patria, con un castigo semejante al de Sodoma y Gomorra. Vi la gran ira de Dios y un escalofrío traspasó mi corazón. Rogué en silencio. Un momento después, Jesús me dijo: “Niña mía, durante el sacrificio, únete estrechamente Conmigo y ofrece al Padre Celestial mi Sangre y mis Llagas como expiación de los pecados de esta ciudad. Repítelo ininterrumpidamente durante toda la Santa Misa. Hazlo durante siete días”. Al séptimo día vi a Jesús en una nube clara y me puse a pedir que Jesús mirara a aquella ciudad y todo nuestro país. Jesús me miró con bondad y me dijo: “Por ti bendigo al país entero”. Y con la mano hizo una gran señal de la cruz encima de nuestra patria.
         Cuando renové mis votos, el Señor Jesús se puso a mi lado, vestido con una túnica blanca, ceñido con un cinturón de oro y me dijo: “Te concedo el amor eterno, para que tu pureza sea intacta y para confirmar que nunca experimentarás tentaciones impuras”. Jesús se quitó el cinturón de oro y ciñó con él mis caderas. Desde entonces no experimento ninguna turbación contraria a la virtud, ni en el corazón ni en la mente. Después comprendí que era una de las gracias más grandes que la Santísima Virgen María obtuvo para mí, ya que durante muchos años le había suplicado recibirla. A partir de aquel momento tengo mayor devoción a la Madre de Dios. Ella me ha enseñado a amar interiormente a Dios y a cumplir su santa voluntad en todo. Por medio de María, Dios ha descendido a la tierra y a mi corazón.

         Enseñanzas para nosotros en el día de hoy:
-         Si queremos conocer a Dios, tenemos que meditar en sus atributos, pues aunque no podamos llegar a su esencia, sí podemos conocerle y amarle.
-         Cuando sintamos el Purgatorio que Dios permite en este mundo para cada uno de nosotros, recostarnos sobre el pecho de Jesús y sacar de su Corazón las fuerzas, el alivio y el consuelo ante todas las pruebas.
-         Jesús, cuando quiere purificar a un alma, utiliza los instrumentos que Él quiere. Muchas veces en nuestra vida no entendemos las cosas que nos pasan, pero tenemos que confiar en Él, que todo lo permite para nuestra purificación, para nuestro bien.
-         Importancia de la vivencia de la Eucaristía, en unión al sacrificio de Cristo, para alcanzar las gracias que las almas necesitan para su salvación
-         María, la gran aliada para alcanzarnos de Dios todas las gracias que necesitamos. Unirnos mucho a Ella y confiar en su protección y en su intercesión. Pedirle todo cuanto necesitemos con una total confianza.

viernes, 6 de octubre de 2017

MEDITACIÓN DIARIO DE SANTA FAUSTINA (2)


DIARIO DE SANTA FAUSTINA 2

         Al final del primer año de noviciado, mi alma empezó a oscurecer. No sentía ningún consuelo en la oración, la meditación venía con gran esfuerzo, el miedo empezó a apoderarse de mí. Penetré más profundamente en mi interior y lo único que vi fue una gran miseria. Vi también claramente la gran santidad de Dios, no me atrevía a levantar los ojos hacia Él, pero me postré como polvo a sus pies y mendigué su misericordia. Pasaron casi seis meses y el estado de mi alma no cambió nada. El sufrimiento aumentaba cada vez más y más. Se acercaba el segundo año de noviciado. Cuando pensaba que debía hacer los votos, mi alma se estremecía. No entendía lo que leía, no podía meditar. Me parecía que mi oración no agradaba a Dios. Cuando me acercaba a los Santos Sacramentos, me parecía que ofendía aún más a Dios. Dios actuaba en mi alma de modo singular. Las sencillas verdades de la fe se me hacían incomprensibles. Hubo un momento en que me vino una fuerte idea de que era rechazada por Dios. En este sufrimiento mi alma empezó a agonizar. Quería morir pero no podía. Pensaba, ¿por qué mortificarme si todo es desagradable a Dios? ¿a qué pretender las virtudes? Al decirlo a la Madre Maestra, recibí la siguiente respuesta: Debe saber, hermana, que Dios la destina para una gran santidad. Es una señal de que Dios la quiere tener en el cielo, muy cerca de Sí mismo. Hermana, confíe mucho en el Señor Jesús.
         Esta terrible idea de ser rechazados por Dios, es un tormento que en realidad sufren los condenados.
         Me presenté delante del Santísimo Sacramento y empecé a decirle: Jesús, Tú has dicho que antes olvidará una madre a su niño recién nacido que Dios olvide a su criatura. ¿Oyes, Jesús, cómo gime mi alma? En Ti confío, porque el cielo y la tierra pasarán, pero tu palabra perdura eternamente.
         Un día, al despertarme, empezó a invadirme la desesperación, la oscuridad era total en mi alma. Empezaron a apoderarse de mí temores verdaderamente mortales, las fuerzas físicas empezaron a abandonarme. Entré apresuradamente en la celda y me puse de rodillas delante del crucifijo y empecé a implorar la misericordia. Sin embargo, Jesús no oyó mis llamamientos. Caí al suelo, sufrí realmente las penas infernales. Así permanecí durante tres cuartos de hora. Quise llamar, pero la voz me faltó. Felizmente entró en la celda una de las hermanas. Al verme en tal estado, en seguida avisó a la Maestra. La Madre vino en seguida y al entrar en la celda dijo estas palabras: En nombre de la santa obediencia, levántese del suelo. Inmediatamente alguna fuerza me levantó del suelo. La Madre me explicó que era una prueba de Dios. Hermana, me dijo, tenga una gran confianza, Dios es siempre Padre aunque somete a pruebas.
         Durante la noche me visitó la Madre de Dios con el Niño Jesús en brazos. La alegría llenó mi alma y dije: Madre mía, ¿sabes cuánto sufro? Y la Madre de Dios me contestó: Yo sé cuánto sufres, pero no tengas miedo, porque Yo comparto contigo tu sufrimiento y siempre lo compartiré.
Sonrió cordialmente y desapareció. En seguida mi alma se llenó de fuerza y de gran valor. Sin embargo, eso duró apenas un día. Como si el infierno se hubiera conjurado contra mí, un gran odio empezó a irrumpir en mi alma, odio hacia todo lo santo y divino. Me parecía que estos tormentos iban a formar parte de mi existencia por siempre. Me dirigí al Santísimo Sacramento y le dije a Jesús: Amado de mi alma, ¿no ves que mi alma está muriendo anhelándote? ¿Cómo puedes ocultarte tanto a un corazón que te ama con tanta sinceridad? Perdóname, Jesús, que se haga tu Voluntad en mí. Voy a sufrir en silencio, no voy a permitir a mi corazón ni un solo gemido.
         Así pasé mi noviciado. El sufrimiento no disminuyó en nada y las fuerzas físicas cada vez eran menos.
El Viernes Santo, Jesús llevó mi corazón al  ardor mismo del amor. De inmediato me penetró la presencia de Dios. Me olvidé de todo. Jesús me hizo conocer cuánto ha sufrido por mí. Oí en mi alma estas palabras: Tú eres mi alegría, tú eres el deleite de mi corazón. A partir de aquel momento, sentí dentro de mí a la Santísima Trinidad. De modo sensible me sentía inundada por la luz divina.
Jesús me dijo: Ve a la Madre Superiora y dile que te permita llevar el cilicio durante siete días y durante la noche te levantarás una vez y vendrás a la capilla.
Pero al decírselo a la Madre Superiora, ésta le contestó: No le permito llevar ningún cilicio. En absoluto. Si el Señor Jesús le da la fuerza de un gigante, yo le permitiré estas mortificaciones.
Entonces Jesús le dijo: Estuve aquí durante la conversación con la Superiora y sé todo. No exijo tus mortificaciones, sino la obediencia. Con ella me das una gran gloria y adquieres méritos para ti.

         Qué enseñanzas podemos sacar de estos episodios de la vida de Santa Faustina:

         Primera: Ella vivió la realidad de estas palabras: Jesucristo aprendió, sufriendo, a obedecer, como se nos dice en la epístola a los Hebreos.
Y éste es el camino que hemos de seguir nosotros: el del sufrimiento. No podemos esperar otra cosa siguiendo a tal Maestro. Si Él sufrió, nosotros debemos sufrir con Él, para entender su propio sufrimiento y entender así el nuestro, el que Dios permita en nuestra vida. Sufrimiento que puede ser físico, por una enfermedad, o moral. O puede ser sufrimiento espiritual, en la oración, incluso con dudas sobre nuestra fe, como le ocurrió a Santa Faustina.
Segundo: Medios para combatir este sufrimiento: Confiar en Dios, acudir insistentemente a Él, pidiéndole ayuda, sabiendo que son pruebas que Dios permite, cuyo fin es hacernos crecer en santidad, acercarnos al Cielo y alcanzar muchas gracias para nosotros y nuestras familias.
Y acercarnos a María, que sufre con nosotros y no nos abandona en nuestras necesidades y comparte nuestros sufrimientos para darnos las fuerzas que necesitamos.

viernes, 29 de septiembre de 2017

MEDITACIÓN DEL DIARIO DE SANTA FAUSTINA (1)

DIARIO DE SANTA FAUSTINA
29 septiembre 2017
Vamos a hacer un recorrido por el Diario de Santa Faustina durante este año.
Nos cuenta la Santa, que desde los 7 años, había sentido la llamada de Dios a la vida consagrada, pero no encontraba a nadie que se lo aclarase. Cuando cumplió los 18 años, pidió permiso a sus padres para entrar en un convento, pero se lo negaron y entonces se entregó a las vanidades de esta vida, sin hacer caso alguno a la voz de la gracia. Cuenta: “Una vez, junto con una de mis hermanas fuimos a un baile. Cuando todos se divertían mucho, mi alma sufría tormentos interiores. En el momento en que empecé a bailar, de repente ví a Jesús junto a mí. A Jesús martirizado, despojado de sus vestiduras, cubierto de heridas, diciéndome estas palabras: ¿Hasta cuándo me harás sufrir, hasta cuándo me engañarás? En aquel momento dejaron de sonar los alegres tonos de la música, desapareció de mis ojos la compañía en que me encontraba, nos quedamos Jesús y yo… Un momento después abandoné discretamente a la compañía y fui a la catedral… Me postré en cruz delante del Santísimo Sacramento y pedí al Señor que se dignara hacerme conocer qué había que hacer en adelante. Entonces oí esas palabras: Ve inmediatamente a Varsovia, allí entrarás en un convento.”
Así, sin despedirse de sus padres, con un solo vestido, llegó a Varsovia. Sin conocer a nadie, con miedo, dijo a la Madre de Dios: María, dirígeme, guíame. Y María le habló a su alma, indicándole lo que debía hacer.
Cuando llegó a las puertas del convento, salió a recibirla la Madre Superiora y tras una breve conversación, le ordenó ir al Dueño de la casa y preguntarle si la recibía. En seguida comprendió que el Dueño no era otro que el Señor Jesús y a Él fue a preguntarle. Y oyó esta voz: Te recibo, estás en mi Corazón.
Cuando se lo contó a la Madre Superiora, ella le dijo: Si el Señor te ha recibido, yo también te recibo.
Sin embargo, por diversas circunstancias, aún tardó un año en ingresar, luchando contra muchas dificultades, pero Dios no escatimaba su gracia. Comprendió cuánto la amaba Dios, cuán eterno era su amor hacia ella. Antes de entrar en el convento, ya había hecho su voto de castidad y a partir de ese momento empezó a sentir una mayor intimidad con Dios, su Esposo e hizo una celdita en su corazón, donde siempre se encontraba con Jesús.
Por fin se abrió para ella la puerta del convento, la víspera de la fiesta de la Madre de Dios de los ángeles. Le pareció entrar en la vida del paraíso.
Sin embargo, tres semanas después vio que había muy poco tiempo para la oración y deseó entrar en un convento de regla más estricta. Esta idea se clavó en su alma, pero no estaba en ella la Voluntad de Dios. Era una tentación que se hacía cada vez más fuerte. Se tiró en el suelo de su celda, llena de angustia y descontento y empezó a rezar con fervor para conocer la Voluntad de Dios. No sabía que después de las 9:00, sin autorización, no estaba permitido rezar en las celdas. Después de un momento, en su celda se hizo luz y en la cortina, vio el rostro muy dolorido del Señor Jesús. Había llagas abiertas en todo el rostro y dos grandes lágrimas caían por él. Sin saber lo que todo esto significaba, preguntó a Jesús: Jesús, ¿quién te ha causado tanto dolor? Y Jesús contestó: Tú me vas a herir dolorosamente si sales de este convento. Te llamé aquí y no a otro lugar y te tengo preparadas muchas gracias.
Entonces pidió perdón al Señor Jesús y cambió inmediatamente la decisión que había tomado y desde entonces se sintió siempre feliz y contenta. Poco después enfermó y la Madre Superiora la mandó de vacaciones muy cerquita de Varsovia.
En esos días, el Ángel de la Guarda la invitó a seguirle y se encontró en un lugar nebuloso, lleno de fuego, donde había multitud de almas sufrientes. Estas almas oraban con gran fervor, pero sin eficacia. Sólo nosotros podemos ayudar a estas almas. Las llamas que las quemaban, a Faustina no la tocaban. Preguntó a esas almas cuál era su mayor tormento y le contestaron que era la añoranza de Dios. Estaba en el Purgatorio. Vio a la Madre de Dios visitar a estas almas, donde llamaban a María la Estrella del Mar. Ella les llevaba alivio. Salió de esa cárcel de sufrimiento y oyó una voz interior que le dijo: Mi Misericordia no lo desea, pero la justicia lo exige.
A partir de ese momento, se unió más estrechamente a las almas sufrientes.
¿Qué podemos aprender de lo leído hasta aquí del Diario de Santa Faustina?
Primero, que la Voluntad de Dios no coincide muchas veces con la nuestra y para conocerla, debemos orar y orar mucho, con fervor y con constancia. Probablemente no oigamos con tanta claridad esa voz de Dios, pero seguro que nos hablará y sabremos lo que Dios quiere de cada uno de nosotros en cada momento.
Segundo, la Santísima Virgen ocupa un lugar primordial en nuestro encuentro con Dios. Ella es nuestra guía, sólo nos lleva a Dios, sólo nos quiere para Dios. De su mano no fallaremos.
Y tercero, el Purgatorio es verdad. Muchas personas cristianas en teoría, no creen en el Purgatorio ni en el Infierno, piensan que la Misericordia de Dios nos va a salvar a todos, pero como nos dice Cristo en su revelación a Santa Faustina: Mi misericordia no lo desea, pero la justicia lo exige. También nosotros debemos implorar por las almas para evitar que lleguen al Infierno y para aliviar sus penas en el Purgatorio. Es nuestro deber como cristianos. Roguemos a Santa Faustina que nos ayude a seguir sus pasos para encontrarnos como ella con la Misericordia Divina.

jueves, 28 de septiembre de 2017

viernes, 9 de junio de 2017

CONTEMPLACIÓNM PARA ALCANZAR AMOR.


EJERCICIOS ESPIRITUALES 31
         Contemplación para alcanzar amor.
Esta contemplación es la recapitulación de todo lo que hemos vivido en la experiencia de estos Ejercicios. Quien se ha dejado transformar por el conocimiento interno del Señor, quien se ha identificado con Él y se ha dejado afectar por los Misterios de la vida del Señor, vivirá la realidad de forma nueva. Será capaz de hallar a Dios en todas las cosas. Estará llamado a ser contemplativo en la acción. Éste es un nuevo modo de ser y de estar en el mundo: la de vivir en amor a Dios y servicio a los hombres, sabiendo encontrarse con Dios en cada momento de la vida. Ahora estamos capacitados para ver y hallar a Dios en todas las cosas. No me pide Dios que cambie de vida, sino que en ésta que llevo, sea capaz de descubrirle en todo y en todos.
Debo ver toda la realidad transformada por el amor.
         En estos Ejercicios hemos subido con Cristo, hemos volado con Él a través de los Misterios de su vida. Ahora nos toca tomar tierra.
El que subió y el que baja, es distinto. No puedo ser ni ver las cosas de la misma forma que antes.
Recordamos: Contigo y como Tú.
Cristo ya bajó en la Encarnación. Ahora nos toca bajar a nosotros.
Tenemos que vivir la intimidad con Él que hemos mantenido a través de todas las contemplaciones, en medio del mundo, en medio de las tareas que realizamos cada día.
La experiencia de oración nos debe haber creado una dependencia. El seguir orando nos va a permitir respirar. La vida del Espíritu nos hace equilibrados entre la vida contemplativa y la acción. Es un modo nuevo de vivir.
Mi vida debe quedar configurada en el amor a Dios y en el servicio a los hombres.
Debo ver la huella de Dios en todo.
El respeto a la naturaleza, por ejemplo, no nos viene por ecologistas, sino por ver en todo lo que contemplamos la huella de Dios. Mucho más aún en el hombre, al que hay que mirar con actitud positiva, con esperanza.
         Recordamos la meditación que tuvimos sobre el Principio y Fundamento: Hemos sido creados para amar, alabar, hacer reverencia, glorificar y servir a Dios.
Y esto lo tenemos que tener muy claro y refrescarlo de vez en cuando para no tener intenciones torcidas.
Con esta contemplación para alcanzar el amor vuelvo otra vez al Principio y Fundamento. Y así me muevo en un círculo, que no es otro que un círculo de amor. De Dios vengo por amor y a Dios voy por amor. Amo y soy amado por Él.
Y sé que el amor que comienza en el corazón, termina en las obras, pues de lo contrario no resulta creíble.
Petición: conocimiento interno de tanto bien recibido.
Vamos a seguir unos pasos para esta contemplación.   
         Primero: debo interiorizar, para comprender y agradecer todo lo que Dios ha hecho en mi vida. Hacer un repaso tranquilo y suave, para reconocer su mano en todo lo que me ha pasado, porque lo haya querido o porque lo haya permitido. Traerlo todo al presente. Hay muchas cosas que no he hecho bien, y que aún no me he perdonado. Las tengo archivadas y me sigo castigando por ellas. Pero Dios sí que las ha perdonado y olvidado incluso. Pedir la gracia de verme como Dios me ve y amarme y perdonarme como Dios me ama y me perdona.
         Esto me lleva a otro paso, que es el de sentirme interpelado, es decir, lo que yo de mi parte debo ofrecerle y darle. Los dones que Dios me da, piden mi correspondencia en amor y servicio. Porque el que ama, intercambia todo lo que tiene. El amor de Dios impacta y saca lo mejor de mí.    Y me lleva a comprometerme: entregarle mi vida.
         Otro paso es de contemplar a Dios en todas sus criaturas. Verle dándose en la Creación. Todo es don de Dios. Todo me habla de su amor por mí. Todo lo ha puesto para mí. Dios ha dejado todo vestido de su Hermosura. En sus dones está presente el mismo Dios.
Esto hace que yo también me dé y comprenda que lo importante no son las cosas que hago, sino el amor que pongo en lo que hago. Un acto de amor puro vale más que mil obras. Las cosas valen por el amor que se pone en ellas. En cada cosa tengo que poner alma, vida y corazón.
         Contemplo también que Dios trabaja en mí y por mí. Él desea y busca lo mejor de la persona a quien ama. Dios actúa para mí en cada momento. En todos los acontecimientos se manifiesta su presencia.
Comprender que las cosas no dependen de mí. Dios me lo da y me lo comunica todo desde arriba.

         Empeñarme en esta contemplación, porque de ella depende que salgamos a la vida transformados.

         Terminar con esta oración: Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. Vos me lo disteis, a Vos Señor lo torno; todo es vuestro, disponed de todo a vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.

viernes, 2 de junio de 2017

PENTECOSTÉS. Charla semanal

EJERCICIOS ESPIRITUALES 30

         Probablemente, aún el Espíritu Santo sea el gran desconocido en nuestra vida o, cuando menos, no el gran conocido, siendo el que habita en nuestras almas.
Hoy, próximos a celebrar Pentecostés, le pedimos que nos ayude a contemplarlo. Él, que ha sido durante estos Ejercicios el artífice de nuestra santificación, puesto que los Ejercicios son la obra del Espíritu Santo en nosotros. Si queremos tener vida espiritual, tenemos que dejar que el que nos habita, trabaje.
         Pedimos sentir y gustar la presencia del Espíritu de Dios en la Iglesia y en mi vida. Abrirme a sus dones transformadores, que cambian mi corazón y me fortalecen durante el camino. Tener disponibilidad, apertura, docilidad…
         Leemos el pasaje que nos narra Hch 2,1-11: “Estando todos juntos en un lugar, se produjo de repente un ruido proveniente del cielo como el de un viento que sopla impetuosamente, que invadió toda la casa… Aparecieron, como divididas, lenguas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos, quedando todos llenos del Espíritu Santo; y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según que el Espíritu les otorgaba expresarse”.
         Ya Cristo en la cruz, traspasado por nuestros pecados, entregó el Espíritu. Algunos autores interpretan ese espíritu con minúscula, como que entregó la vida. Pero otros lo interpretan y lo entienden con mayúscula, como que nos entregó el Espíritu Santo.  Con la muerte de Cristo comienza la vida del Espíritu. El mismo Jesús permanece con nosotros por medio del Espíritu Santo.
         Se representa al Espíritu Santo como un viento que sopla impetuosamente y luego como lenguas de fuego. Por medio del viento y del fuego, elementos de la naturaleza familiares al hombre, nos acercamos a la acción del Espíritu en nosotros. El Espíritu da forma y contenido a nuestra vida. Penetra en lo más hondo de nuestro corazón para destruir y arrancar las malas hierbas, las malas inclinaciones, los malos pensamientos y deseos; y para edificar y plantar las obras del Espíritu: las obras de caridad, de humildad, la obra de nuestra santificación.
Bajo el influjo del Espíritu Santo madura y se refuerza nuestra vida interior. A nosotros nos toca ser dóciles. Un cristiano maduro es el que va viviendo a impulsos del Espíritu Santo. Él hace fácil lo que para nosotros es difícil. Él nos hace digerir incluso las cosas difíciles que nos pide Dios en nuestra vida, aquello que no entendemos y que nos cuesta aceptar. Basta pedirle su intervención y ser dóciles: dejarnos guiar, dejarnos llevar por Él.
         Cuando uno vive entregado a Dios, Dios nos entrega su Espíritu.
         El Espíritu Santo es la entraña misma de nuestro ser, es el alma de nuestra alma.
Sin el Espíritu Santo, todo nos acabará cansando y desgastando.
         Si no estamos dispuestos a morir a nosotros mismos, matamos la vida del Espíritu. Él es el motor de arranque y sin Él mi vida no se mueve.
         Él modela nuestra alma según como somos cada uno, con nuestra psicología particular, con nuestro carácter peculiar, con la configuración que Dios nos ha concedido a cada uno. Por eso el camino de santidad de cada uno es único e irrepetible. El Espíritu Santo no trabaja en nosotros en serie. Santo Cura de Ars no hay más que uno. Santa Madre Teresa de Calcuta no hay más que una. Somos irrepetibles y especiales cada uno para Dios y el Espíritu Santo se empeña y se recrea en cada uno. Por eso no debemos tirar la toalla cuando vemos las virtudes y dones con que Dios ha enriquecido a los santos. El vernos lejos de ellos no es ni más ni menos que el no dejar que su gracia actúe en nosotros, porque la riqueza de sus dones no se agota y Él tiene para mí los que sólo yo necesito y Él sabe bien de lo que yo tengo necesidad. Por eso a veces la mejor oración es: Dame tu gracia, dame lo que sabes que necesito para mi santificación.
Dice San Pablo en su carta a los Romanos: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; más el mismo Espíritu aboga por nosotros con gemidos inenarrables, y el que escudriña los corazones conoce cuál es el deseo del Espíritu, porque intercede por los santos según Dios”.
Es cierto que a veces soñamos con santidades rápidas. Y la acción de Dios no funciona así. La obra de la santidad es lenta. Dios se toma su tiempo para cada cosa. Pensemos en la vida de Jesús: esperó 30 años antes de comenzar su obra apostólica.
         Entremanos nos traemos la obra de Dios y hay que dejarle que la haga a su manera: en nosotros y en el mundo, confiando en que el Espíritu está presente y obra según los designios de Dios.
Tenemos que aprender a escucharle, porque Él nos susurra: sus inspiraciones son suaves. Hay que estar atentos, orar y escuchar, pedirle humildemente su gracia y saber esperarla, porque Él, a su debido tiempo, nos la dará. Mientras tanto nos toca ser humildes y bregar con nuestras imperfecciones y pecados, pero dejándonos amasar por Él.
         Roguemos a la Santísima Virgen que nos mantenga preparados y expectantes para que, como viento impetuoso y fuego abrasador, irrumpa en nuestras vidas.

viernes, 26 de mayo de 2017

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR. Charla semanal

EJERCICIOS ESPIRITUALES 29
         Contemplamos hoy la Ascensión del Señor en Lc 24,50-53 y Hch 1,4-11. Apenas unos versículos nos lo describen: “Los llevó hasta cerca de Betania, y levantando sus manos, les bendijo, y mientras los bendecía se alejaba de ellos y era llevado al cielo. Ellos se postraron ante Él y se volvieron a Jerusalén con grande gozo. Y estaban de continuo en el templo bendiciendo a Dios”.
         En los Hechos de los Apóstoles se nos dirá que esto ocurrió en un monte llamado Olivete, el monte de los Olivos. Todos los años, en la víspera de la fiesta de la Ascensión, la cima de este monte se ve inundada de alegría. Cientos de cristianos suben a festejar el triunfo definitivo de Cristo, su marcha gloriosa a los cielos. Las laderas del monte se pueblan de cientos de tiendas de campaña para pasar la noche, de altares improvisados para las celebraciones. Arden hogueras en torno a un templete que fue hace tiempo una iglesia cristiana y que hoy es mezquita musulmana. Y a medianoche se ilumina con cánticos, incienso y diversas liturgias cristianas, aunque no todas católicas, que entrecruzan sus plegarias. En todos hay una conciencia: en este sitio, según la tradición, subió el Señor a los cielos, alejándose a la vista de los suyos.
         Pidamos que Jesús, exaltado a la derecha del Padre, nos llene de gozo y que, por medio de su Espíritu, acojamos el último encargo que nos hace: ser sus testigos, hacer presente su presencia y su obra en medio de los hombres hasta que Él vuelva.
         En este Misterio contemplamos toda la vida de Jesús, una vida gastada en amor y servicio a los hombres. Éste es el último gesto de amor que tuvo con nosotros. Su venida al mundo fue por amor, y una vez cumplido su propósito, vuelve de donde ha venido, es decir, a su Padre, el que le ha enviado. Por amor a su Padre y a los hombres viene, y por amor se va, y así entra en la gloria del Padre y está a su derecha. Así se cumple la visión del profeta Daniel, cuando dice: “A Él se le dio el imperio, el honor y el reino y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron y su dominio es dominio eterno, que no acabará y su imperio nunca desparecerá”.
         Donde ha llegado la Cabeza, que es Él, se espera que también llegue el Cuerpo, que es la Iglesia, que somos nosotros.

         Vemos en la narración de Lucas, que levantando las manos, los bendijo. Esto lo hace Jesús como sacerdote de la nueva Alianza, bendice a aquellas que ha redimido con su muerte y resurrección. Con esta bendición nos llena de sus dones.
         Como respuesta, ellos se postraron ante Él. Es el gesto de la comunidad que adora a su Señor, que le contempla, que le escucha, que le acoge.
Ante Dios, el modo de estar de un judío es tumbado, postrado en tierra, que es la postura de la humildad que le corresponde ante su Dios.
El cuerpo afecta mucho a lo espiritual. La relación cuerpo espíritu es completamente esencial. Por eso, cuando estamos cansados, cuando tenemos dolor…, la oración nos cuesta, porque nuestro cuerpo pesa mucho en nuestra relación con Dios.
Jesús ascendió en cuerpo y alma a los cielos y con nosotros se ha quedado en la Eucaristía en cuerpo, alma, sangre y divinidad, que es lo que le ofrecemos al Padre al rezar en cada Coronilla, pues es la ofrenda más agradable a Dios.
         Termina diciendo el relato de Lucas que se volvieron a Jerusalén con alegría. Vuelven a su vida con un gozo sentido y experimentado, fruto del verdadero encuentro con Cristo resucitado. ¡Qué diferente actitud de la que tenían tras la muerte de Cristo, en la que estaban escondidos, llenos de miedo, porque aún no habían tenido la experiencia de la Resurrección! Por eso nosotros, después de haberlo contemplado, de haberlo saboreado y gustado en nuestro corazón, no podemos ser los mismos. Debemos volver a la vida ordinaria, sí, con los mismos defectos, sí, con las mismas o más dificultades, pero con un gozo interior de saber que Cristo está con nosotros, resucitado, vivo, lleno de fuerza y con la promesa de que se quedará con nosotros hasta el fin. Con la certeza de que el bien es más fuerte que el mal, que la victoria de Cristo triunfa sobre el mal y sobre el pecado.

         Si pasamos a la lectura de los Hechos de los Apóstoles, escuchamos la pregunta que sus discípulos le hace: ¿es ahora cuando vas a restablecer el reino de Israel? Todavía no han entendido bien, siguen esperando un reino humano, un triunfo terreno, que colme sus expectativas humanas, sus deseos de gloria humana. Pero Cristo tiene paciencia, les irá reconduciendo con suavidad, como hizo con los discípulos de Emaús, a fin de que vayan entendiendo su camino.
Lo mismo hace con nosotros, en nuestra vida: nos va reconduciendo, a través de las circunstancias, a través de la oración. El camino hacia el cielo no es en línea recta, tiene recovecos, curvas, bajadas, subidas, pero lo importante es dejarnos reconducir y no dejarnos llevar por nuestra brújula humana, que falla continuamente, sino dejar que la iniciativa la tome Dios.
         Jesús les dice: No os toca a vosotros conocer los tiempos y los momentos que el Padre ha fijado en virtud de su poder; pero recibiréis el poder del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta el extremo de la tierra”.
Ésta es una invitación a la confianza, a dejarnos en sus manos, a abandonarnos a sus planes a través de circunstancias muchas veces desconcertantes, a confiar en la gran promesa: recibiremos la fuerza del Espíritu, que es apoyo de nuestra vida, aliento en nuestro camino. El Espíritu Santo vendrá, de parte del Señor, a enseñárnoslo todo, también lo que se nos olvida, a hacernos comprender lo  que por nuestras capacidades no podemos, a enseñarnos a cumplir la Voluntad de Dios. Él está continuamente trabajando en nosotros. Dejemos que transforme nuestro corazón.