viernes, 19 de mayo de 2017

APARICIÓN DEL RESUCITADO A LA VIRGEN MARÍA. Charla semanl

EJERCICIOS ESPIRITUALES 28

         Hoy vamos a contemplar la aparición a María, su Madre. Esta aparición no tiene apoyos en la Escritura. Nosotros podemos suponerla y así lo cree la fe de la Iglesia y vivir por medio de ella, una nueva experiencia de Cristo resucitado.
         Sabemos, por la propia narración del Evangelio de San Juan, que María se fue a vivir con el discípulo amado, hasta su paso de este mundo al Padre. Dice en su Evangelio: Desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.
         Pedimos como siempre la gracia para alegrarnos y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo Nuestro Señor.
         San Ignacio, como la Iglesia misma, reflexiona sobre esto: ¿Cómo no iba Jesús a aparecerse a su Madre? Ella nunca perdió la esperanza en la Resurrección de su Hijo.
         María se encuentra con su Hijo resucitado. Usar todos los sentidos interiores para contemplar este encuentro. Ya lo había recibido en la Encarnación, pero ahora lo hace en la madurez de la fe, experimentando así un gozo que nadie le podrá arrebatar. Ella había pasado por la noche oscura del alma, la noche de los sentidos, cuando tuvo en sus brazos a su hijo muerto y tuvo que sepultarlo.
         En este reencuentro del Hijo con la Madre, es Cristo quien lleva la voz cantante. Cristo es el que se aparece, como en el resto de las apariciones, es Él el que tiene la iniciativa. Jesús es quien comienza la obra nueva y será quien la lleve a término.
         Estos textos del Cantar de los Cantares nos pueden ayudar a comprender el encuentro de Jesús con su Madre: “¡Levántate ya amada mía, hermosa mía y ven! Que ya se ha pasado el invierno y han cesado las lluvias. Ya se muestran en la tierra los brotes floridos, ya ha llegado el tiempo de la poda y se deja oír en nuestra tierra el arrullo de la tórtola. ¡Levántate amada mía, hermosa mía y ven! Paloma mía, dame a ver tu rostro, hazme oír tu voz. Que tu voz es dulce y encantador tu rostro.”
A lo que la esposa responde: Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado. En mi lecho por la noche, busqué al amado de mi alma y no lo hallé. Me levanté y di vueltas por la ciudad, buscando al amado de mi alma. Y cuando lo hallé, lo así para no soltarlo.
¿Adónde fue tu amado, oh tú, la más hermosa de las mujeres?
Eres, amada mía, hermosa como Tirsa, encantadora como Jerusalén. Es única mi paloma, mi inmaculada, es la única hija de su madre, la predilecta de quien la engendró. ¡Qué hermosa eres, qué amada!”
         Bueno…, es parte de un diálogo de enamorados, del amor que suscita en nuestras almas la dulzura de Jesucristo. Se trata de desplegar nuestro corazón para que beba de este amor y lo disfrute.

         A la luz de su Hijo resucitado, María vuelve a ver toda su vida con una mirada nueva. Y desde la presencia de su Hijo, vuelve a revivirlo todo y ahora lo ve de un modo nuevo.
Y repite las palabras que ya dijo en la Anunciación: “He aquí a la esclava del Señor; hágase en Mí según tu Palabra. Mi alma engrandece al Señor”.
En Ella se vuelve a cumplir el elogio de las gentes: Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron. Y Él les dijo: Más bien dichosos los que oyen la Palabra de Dios y la guardan.
Porque eso hizo María en toda su vida y ahora se ve colmada de gozo por ello.
         Desde esta nueva situación, María es confirmada en la nueva misión que se le ha encomendado: He ahí a tu hijo.
         Y será bendecida, como nos dice el profeta Isaías: “Verán las naciones tu justicia y todos los reyes tu gloria y se te dará un nombre nuevo, que la boca de Yavhé determinará; serás en la mano de Yavhé corona de gloria, real diadema en la palma de tu Dios. En Ti se complacerá Yavhé y tu tierra tendrá esposo, a ti te llamarán mi favorita.”

         Por su total adhesión a la Voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad.
         María permanece desde el principio con los apóstoles a la espera de Pentecostés y a través de las generaciones está presente en la Iglesia peregrina, como modelo de esperanza.
         María siempre creyó que se cumpliría lo que le había dicho el Señor. Creyó que concebiría y daría a luz un hijo, aunque era virgen, y su Hijo sería Hijo de Dios.
         Como esclava del Señor, permaneció perfectamente fiel a la persona y a la misión de este Hijo.
         Por estos motivos, María, con razón, es honrada por la Iglesia, ya desde todos los tiempos, como Madre de Dios, a cuyo amparo acudimos con súplicas en todos nuestros peligros y necesidades.
         Hoy, la que llevó en su seno a su propio Salvador, reposa en el Templo del Señor. La que ha hecho brotar para todos la verdadera vida, ¿cómo iba a caer en poder de la muerte? Es justo que sea elevada hasta Él.
Puesto que Cristo, que es la Vida, dijo: Donde Yo estoy, estará también mi servidor, ¿cómo no iba a participar de su morada, con mayor razón su Madre? Era menester que la Madre se reuniese con el Hijo.

         Que toda esta contemplación de María, pasándola por el corazón, haga que nos  alimentemos de deseos de gratitud y correspondencia con quien aboga por nosotros ante el Padre, por toda la eternidad y nos alegremos con Ella y gocemos de ese abrazo mutuo de Cristo y su Madre, dos almas purísimas.

viernes, 12 de mayo de 2017

La pesca milagrosa con Jesús resucitado. Charla semanal


EJERCICIOS ESPIRITUALES 27
Todas estas meditaciones son para afianzarnos en el seguimiento de Jesucristo, contemplando a Cristo resucitado.
Cristo ha sufrido por mí, ha muerto por mí, pero también ha resucitado por mí.
Vamos a leer despacio el capítulo 21 de San Juan. Teológicamente es un capítulo añadido, porque ya vemos una despedida por parte de San Juan en el capítulo 20, cuando dice: “Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos, que no están escritas en este libro; y éstas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre”.
Y ya después viene un apéndice, que es el capítulo 21, en el que narra la postrera aparición a los discípulos. Este capítulo se incorporó después.
Nos situamos en el lago de Genesaret o de Tiberíades, como también se le conoce. Este lago es una depresión que retiene las aguas del Jordán. Su agua es potable y es abundante en pesca.
El lago había sido escenario de una gran actividad de Jesús: Allí llama a los primeros discípulos, ocurre el milagro de la tempestad calmada, en sus orillas sucede la multiplicación de los panes y ahora se les aparece para confirmarles en la misión que les había encomendado.
Pedimos, como siempre, la gracia de alegrarme y gozarme de tanta gloria y gozo de Cristo resucitado.
Este relato tiene un sentido marcadamente eclesial. Primero confirma a Pedro en una experiencia personal de la fe y luego le abre a una dimensión comunitaria.


Ocurren tres escenas:
En la primera, el Señor se hace presente cuando Simón Pedro les dice a los demás apóstoles: Voy a pescar. Y nosotros le dijeron: Vamos también nosotros contigo. Y salieron y entraron en la barca y en aquella noche no pescaron nada. Pero llegada la mañana, se hallaba Jesús en la playa, aunque ellos no se dieron cuenta de que era Jesús.
Primero, vemos que el trabajo de la pesca lo realizan juntos, a pesar de las dificultades. Aquí se manifiesta la misión, una misión que es pescar, a la que nos envía la Iglesia, y que debemos realizarla juntos, como comunidad.
Jesús les dice después: Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis. Y ellos obedecen, son fieles a las indicaciones que les da Jesús. Esto nos transmite la obediencia que debemos a nuestros pastores, a la Iglesia, pues en esta fidelidad y en esta obediencia está el fruto: La echaron, pues y ya no podían arrastrar la red por la muchedumbre de los peces.
Cuando bajaron de la barca, vieron unas brasas encendidas y un pez puesto sobre ellas y pan y a Jesús diciéndoles: Venid y comed. Esta imagen representa la reunión de la comunidad en torno a la Eucaristía, en torno a Cristo. Siempre, el centro es el Señor.
Misión, pescar y unión con Dios en la Eucaristía: Somos activos y contemplativos. Y el Y es importante, porque si nos quedamos sólo en la acción o sólo en la contemplación, estamos viviendo de una manera incompleta y no daremos el fruto deseado. Estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Por eso vivimos en el mundo, pero tenemos que ser contemplativos.

En la segunda escena contemplamos un diálogo entrañable de Jesús con Pedro y un proceso desconcertante para él.
¿Me amas más que éstos?, le pregunta Jesús. ¿Me amas?, le pregunta por segunda vez. Y de nuevo ¿me amas? Es una triple pregunta con una triple respuesta que implica madurar en el seguimiento de Cristo. Vuelve a conquistar el corazón de Pedro, que había dudado en la Pasión, y por eso le dice: Señor, Tú sabes que te amo. De nuevo, Sí Señor, Tú sabes que te amo. Y de nuevo, Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo. Y a cada respuesta, a cada paso en esta maduración de su entrega, de su seguimiento, de su compromiso, le va encomendando una misión: apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas.
Pedro responde con un amor abnegado, que va a formar parte a partir de ahora de su condición de discípulo. Jesús, a quienes ama, les confía una misión. Ahora debo mantener yo mi propio diálogo con Cristo. Dejar que me pregunte a mí y responderle con generosidad, sin miedo, poniendo nuestra debilidad y nuestra miseria en sus manos: Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo. Porque Él me pregunta: ¿Me amas más que éstos? Y lo importante es ese Más. Porque Él quiere sacar lo mejor de mí. En el amor nunca llegamos al tope, siempre podemos amar más.
Y en la tercera escena, Jesús le vaticina el futuro a Pedro: Cuando eras joven, tú te ceñías e ibas donde querías, cuando envejezcas, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras.
Será mártir, será testigo, tendrá que sellar su fe con su vida si fuere preciso.
El seguimiento de Cristo está abierto a caminos insospechados. Tenemos que ser dóciles y dejarnos llevar por donde Dios quiera. Por eso Cristo le añade: Sígueme.
Contigo y como Tú.
Dios muchas veces nos rompe los planes. Los caminos de Dios no son nuestros caminos, son inescrutables. Tendremos descensos, pasaremos por túneles oscuros…, no sabemos, pero forman parte del camino de Dios. Iremos descubriendo la Voluntad de Dios según nos la vaya revelando, sin prisa, Él tiene su tiempo y sus planes para nosotros. Yo le tengo que entregar mi vida de verdad y dejarme hacer por Él. Hace falta mucha fe para fiarse y dejarse llevar. La confianza nos hace fuertes. No se trata de hacer yo mi proyecto, sino dejar que Dios haga el suyo en mí.

viernes, 5 de mayo de 2017

JESUS RESUCITADO. Charla semanal

EJERCICIOS ESPIRITUALES 26
         Seguimos pidiendo la gracia para alegrarme y gozarme de tanta alegría y gozo de Cristo resucitado.
         Hoy conoceremos y recordaremos cómo Cristo se hace presente en el mundo de la duda para iluminarla.
         Leemos en Jn 20, 19-29 una aparición que tiene lugar en Jerusalén y la narran los cuatro evangelistas.
En la primera escena, en la misma tarde del primer día de la semana, Cristo se aparece a los discípulos estando Tomás ausente. El primer día de la semana nos manifiesta que es el comienzo de la nueva creación, del nuevo pueblo que surge de la Pascua. Es el día primero, en los primeros momentos de esa nueva comunidad que surge y que tanto van a influir después en su vida, donde se están tomando las primeras decisiones y se inician los primeros proyectos. Y serán una comunidad, porque Cristo está presente en medio de ellos.
         Estando cerradas las puertas por temor a los judíos, vino Jesús y puesto en medio de ellos, dijo: La paz sea con vosotros.
Es más que un simple saludo. Es el don de la Pascua. Es el fruto del Espíritu de Dios en el creyente. Es la paz que surge del Cordero que ha sido inmolado.
         Y diciendo esto les mostró las manos y el costado. Sus llagas son el símbolo de su amor.
         Y volvió a decirles: La paz sea con vosotros. Como me envió mi Padre, así os envío Yo. Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.
Es el Espíritu el que los recrea de nuevo, el que los capacita para la misión. El que culmina y lleva a cabo la obra iniciada en nosotros. El que nos asiste para conducir y ayudar a los hombres al encuentro con el Padre y crear una fraternidad entre nosotros.
         Pero Tomás no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y cuando se lo contaron, les dijo: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.
Nos adentramos en el mundo de la duda. Tomás había seguido a Jesús, pero no se había identificado con Él. No comprendía que la muerte era el camino de la vida. No aceptó las palabras de sus compañeros y exigía pruebas.
         Entonces, pasados ocho días, otra vez estando dentro los discípulos y Tomás con ellos, Jesús se puso en medio y volvió a decirles: La paz sea con vosotros.
Jesús da los primeros pasos ante nuestras dudas y dificultades, ante nuestras luchas. Se pone en el centro y se acerca a cada uno, allí donde está y revelarle lo que más necesita en cada situación concreta de nuestra vida.
Y por eso se acerca a Tomás, a sus dudas, y le dice: Alarga tu dedo y mira mis manos y tiende tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel.
         Y entonces Tomás le responde: Señor mío y Dios mío.
Es la gran afirmación sobre Jesús. Son palabras de adoración y de servicio, de rendirnos ante lo evidente y lo maravilloso al descubrir a Cristo en nuestra vida.
         Y Jesús proclama: Dichosos los que creen sin haber visto.
Así se dirige Jesús a todos los que vamos a creer y nos llama dichosos. Porque la fe es el gran don que puede recibir el hombre. Es el gozo que recoge San Pedro en su carta: Sin haberle visto le amáis. Aunque no le veis creéis en Él y os alegráis con un gozo inefable e intenso.
         Por eso en la carta a los Romanos se nos dirá: Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros… Pues sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos suspirando por la redención de nuestro cuerpo… El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque no sabemos pedir lo que nos conviene, más el mismo Espíritu aboga por nosotros con gemidos inenarrables… e intercede por los santos según Dios.
Ahora bien, sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman, de los que según sus designios son llamados.
Por tanto, si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos ha de dar con Él todas las cosas?
Cristo Jesús, el que murió, aún más, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, es quien intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo?
En todas las cosas vencemos por Aquel que nos amó.
         Todo esto lo podemos encontrar en el capítulo 8 de la carta a los Romanos. Se trata de leerla con el corazón y saborearla. Y encontrar a este Cristo, que se apareció y se situó en medio de sus discípulos, ocupando el puesto central, el que le correspondía por derecho y el que encuentra en el corazón de la historia del mundo. Jesús ha deseado, traído y creado la paz para todos los hombres de todos los pueblos y de todos los tiempos.
         Señor Jesús, que te apareciste a Tomás para confirmarlo en su fe, no dejes de renovarnos cada día para que podamos encontrarnos Contigo aun en medio de nuestras dudas y dificultades.

viernes, 28 de abril de 2017

LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS. Charla semanal

EJERCICIOS ESPIRITUALES 25
         Contemplamos hoy la aparición a los discípulos de Emaús en Lc 24, 13-35
Pedimos la gracia para alegrarnos y gozarnos intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo resucitado y especialmente hoy con esta contemplación, pedimos la gracia de conocerle a Él y el poder de su resurrección. El amor ha triunfado sobre la muerte. Dios ha dejado en el mundo su poder para cambiarlo todo.
         Esta aparición sucede al atardecer del mismo día de la Resurrección.
         El relato está contenido entre dos expresiones: “sus ojos estaban cerrados” y “sus ojos se abrieron”.
Esta misma experiencia le sucedió a la Magdalena: Lo tenía delante y no lo reconocía, pensaba que era el jardinero.
Antes de la Resurrección, todos sus amigos reconocían a Jesús. Ahora, tienen que recibir una gracia para reconocerle después de la Resurrección. Si no se da la gracia primero, no se puede reconocer a Cristo después. Depende de Dios, pero es necesaria nuestra colaboración para que pueda tener efecto su gracia.
Necesitamos ser humildes para pedir esta gracia y dóciles para corresponder a ella.
En nuestra vida ocurre que queremos actuar sin haber recibido primero la gracia y así no funciona la vida de Dios en nosotros. Primero siempre tiene que ser su gracia para que nuestra labor no sea en vano.
Que se puedan abrir nuestros ojos o los ojos de los demás para poder reconocer a Cristo, es sólo fruto de la presencia de Dios y de su gracia.
         Seguimos contemplando esta aparición: Jesús escucha a los discípulos de Emaús. Se hace presente mientras ellos caminan.
Ellos van tristes. Se habían alejado del grupo. Iban a una aldea distante de Jerusalén, llamada Emaús. Hablaban entre sí de todos los acontecimientos ocurridos los días atrás. Iban hablando y razonando de una manera humana, sin ver más allá de los acontecimientos. Y es entonces cuando Jesús se les acerca y va con ellos, pero sus ojos no podían reconocerle. Llegan hasta preguntarle: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no conoce los sucesos en ella ocurridos estos días? Nosotros esperábamos que sería Jesús quien rescataría a Israel, pero hace tres días que fue crucificado. Nos dejaron estupefactos ciertas mujeres de las nuestras que, yendo al monumento no encontraron su cuerpo y vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles que les dijeron que vivía. Algunos de los nuestros fueron pero a Él no le vieron.
         Entonces Jesús, en vez de echarles en cara: ¿No os lo había dicho? ¿Por qué no me habéis creído?
Al contrario, les consuela, comienza a explicarles. Comienza por Moisés y por todos los profetas. Les va declarando cuanto de Él se habla en todas las Escrituras. Antes de darse a conocer, les va preparando. Es la pedagogía de Jesús: no reprocha, camina con nosotros, suavemente. Les hace volver sobre sí mismos, para que puedan encontrar el punto en el que se apartaron de Él: el escándalo de la cruz.
         Jesús les enseña: ¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria? Les hace comprender el nexo entre muerte y resurrección. Parecen dos cosas contrarias, pero están íntimamente unidas. La Pasión forma parte del camino de la vida. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo, pero si muere, da mucho fruto. Esto no falla. Donde hay muerte, hay vida. Empezar por la Resurrección no funciona. El camino es la Pasión, es la muerte. Pero nosotros no somos seguidores de un Crucificado solamente, sino de un Crucificado resucitado.
         Entonces ellos, al irles abriendo los ojos, sus corazones se llenan de gozo. Dirán después: ¿No ardían nuestros corazones dentro de nosotros mientras en el camino nos hablaba y nos explicaba las Escrituras?
La Escritura contemplada y meditada se hace vida. La Palabra de Dios es insustituible y cuanto más se medita, más vida nos da. Es el fundamento de la conversión y la experiencia de Cristo. Por eso el texto base de los Ejercicios Espirituales es la Sagrada Escritura.
La Escritura revela al hombre el deseo de Dios sobre nosotros, su destino y le hace comprender cómo la Resurrección es verdaderamente el sello de Dios sobre todo lo bueno que aparece en la historia de los hombres.
         Entonces los discípulos le obligan a quedarse, cuando Él finge seguir adelante.
Puesto con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Y entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron y a partir de ahí se convirtieron en testigos de su resurrección. En el mismo instante se levantaron y volvieron a Jerusalén.
Esta es la fuerza y el poder de la Eucaristía. Cristo tiene poder para transformarnos en Ella, cada día lo hace y es imposible que no lo haga si la recibimos con deseo. Cada día Cristo nos da la gracia para que su presencia nos transforme.
         Cuando los discípulos encuentran en Jerusalén a los once y a sus compañeros, les cuentan lo que les ha pasado en el camino y cómo lo reconocieron en la fracción del pan. Confrontan su experiencia con la del grupo. El grupo es la Iglesia, que es la que verifica la acción del Espíritu en el interior.
         Han pasado de la tristeza al gozo. De la experiencia sensorial de Cristo a la experiencia en la fe. Y de la experiencia personal a la experiencia comunitaria.
         Iban tristes y vuelven gozosos.
         Salieron desalentados y vuelven inflamados por la esperanza.
         Ignoraban las Escrituras y ahora las comprenden.
         Que sea nuestra oración: Quédate con nosotros, Señor Jesús, porque atardece; sé nuestro compañero de camino, levanta nuestros corazones, reanima nuestra débil esperanza; así nosotros, junto con nuestros hermanos, podremos reconocerte en las Escrituras y en el partir el pan.

viernes, 21 de abril de 2017

EL TRIUNFO DE LA RESURRECCIÓN. Charla semanal

EJERCICIOS ESPIRITUALES 24
         Este Cristo a quien hemos acompañado en la Pasión, vive y vive para siempre. Suya es la victoria, y nosotros, que hemos sufrido y muerto con Él, también ahora participamos de su triunfo, que es el triunfo sobre el pecado, sobre nuestro pecado.
         Pedir la gracia de alegrarme y gozarme intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo Nuestro Señor.
Esta alegría es la que brota de la fe, la esperanza y la caridad. No siempre esta alegría se siente sensiblemente. Pero  no debe fallar y debemos vivir habitualmente con ella. Y es el fruto de la convicción de que Jesús saca siempre adelante su plan, a pesar de las dificultades y esto nos debe producir una gran satisfacción. Podemos tener problemas, pero el estado permanente de nuestra alma debe ser la alegría y el gozo. Una alegría que viene de lo Alto, que es total y completa. Porque las alegrías del mundo, hoy son y mañana dejan de serlo; son alegrías ficticias y hacen que vivamos momentos alegres, pero superficiales. Pero cuando la alegría viene de Dios, nada de este mundo me la puede quitar. Es la alegría profunda de saber que Cristo ha vencido al pecado. Y si está vivo, no hay dificultad que no se pueda superar.
La Resurrección de Jesús es ya la nuestra: vivimos el tiempo de espera, de oración, de crecimiento.
Leemos el pasaje de Jn 20, 1-18, donde se narran las primeras apariciones a María Magdalena, Pedro y Juan.
         Las apariciones tienen dos matices:
O se aparece a personas concretas y lo que se vive es el encuentro personal.
O se aparece al Colegio de los Apóstoles, que son los que han de continuar predicando el Evangelio y el Reino.
         La Resurrección ocurre el primer día de la semana. Es el amanecer de una Humanidad nueva.
En este día nos encontramos a: Pedro, el discípulo que ha negado a su Maestro. Juan, el que permaneció fiel a su Señor. Y la Magdalena, la mujer que busca apasionadamente. En esta búsqueda, se ayudan unos a otros para encontrar al Señor.
Juan llega antes que Pedro, no porque estuviera en mejor forma física, no porque fuera más joven, sino porque amaba más.
El amor saca lo mejor de nosotros mismos. Un amor que nos va configurando y nos capacita para amar cada vez más. Hemos sido creados por amor y para amar. La única vocación que Dios nos ha ofrecido es la del amor y si no vivimos para amar, estamos viviendo por debajo de nuestro umbral, vivimos una vida a medio gas. El mayor fracaso es haber sido creados para el amor y no amar. Amar a Dios y amarnos entre nosotros. La Resurrección nos confirma que el amor ha vencido al pecado. Subió a la cruz por amor y vive resucitado por amor.
María Magdalena fue la primera a quien se le apareció porque buscaba al amor de su alma. Ella corrió en la noche sola a buscarle, porque el amor hace locuras. Dice la secuencia de ella: Resucitó de veras mi amor y mi esperanza. Su encuentro con Cristo marcó su vida. ¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?, le dijo Jesús. Al principio no lo reconoció. Él la fue preparando suavemente para este encuentro, como siempre lo hace, sin forzar, sin imponer, con la suavidad de quien sabe que el amor conquista.
Ella, creyendo que era el hortelano, le dice: Señor, si te lo has llevado tú, dime donde le has puesto y yo lo tomaré. Y entonces le dice Jesús: ¡María! La llama por su nombre. ¡Es tan importante el nombre que tenemos cada uno para Dios! Cuando nos bautizan, preguntan el nombre con el que nos van a llamar. Por ese nombre nos llama Dios. Un nombre que lleva tatuado en la palma de su mano. Que está escrito en el Libro de la Vida, el Libro que sólo el Cordero tiene poder para abrir.
María se identifica con Él y le corresponde: ¡Rabboni!, que quiere decir: ¡Maestro!
Aquella experiencia marcó su vida y le siguió buscando desde entonces. Ahora lo contempla todo a la luz de la Pascua. Ha dado el paso de las tinieblas a la luz. Ella se encuentra con Él, con su Palabra. Y se convierte en el modelo del creyente.
Escuchar en este clima mi nombre. También yo me iré encontrando con él por medio de su Palabra. Y así Jesús me irá educando en la fe, como a María. Y nuestra relación será cada vez más personal. Y me irá conduciendo a una confianza plena en el Padre, pues para eso ha venido, para que conozcamos al Padre y le amemos tanto como le ama Él.
         Terminamos con este texto de Balduino de Ford: “El amor con que Dios nos ha amado ha desatado los lazos con que la muerte nos tenía prisioneros. En adelante, éste nada más que nos puede retener un instante a los que se le permite tocar. Porque Cristo ha resucitado como primicias de los que duermen. Nos confirma en la certeza de que nosotros resucitaremos, por el misterio, el ejemplo y el testimonio de su propia resurrección, como por la palabra de su promesa.
Es fuerte la muerte, capaz de quitarnos el don de la vida; es más fuerte el amor, que puede darnos una vida mejor. Es fuerte la muerte, su poder puede despojarnos de nuestro cuerpo; es más fuerte el amor: tiene poder para arrancar a la muerte su botín y devolvérnoslo. Es fuerte la muerte, ningún hombre puede resistirle; pero es más fuerte el amor, hasta el punto que triunfa de la muerte, quiebra su aguijón, detiene su ambición y arruina su victoria”
         Pidámosle a Jesucristo que nos ponga, como un sello, sobre su corazón resucitado.

MATERIALES PARA LA FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA

MATERIALES PARA LA FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA


Triduo preparatorio a la fiesta de la Divina Misericordia

OH HOSTIA SANTA, CONFÍO EN TI. Cantos Divina Misericordia - VIDEO

  OH SANGRE Y AGUA. CANTOS DIVINA MISERICORDIA - VIDEO

In te confido, Iesu
Viacrucis con Santa Faustina  

lunes, 10 de abril de 2017

JESÚS ANTE PILATO


El otro día contemplábamos el proceso judío de Jesús y hoy vamos a contemplar el proceso romano. Lo hacemos en Jn 18,28 hasta Jn 19,16.
         El juicio se realiza en el palacio de Pilato, construido por Herodes el Grande el año 30 a.C. en la parte alta de la ciudad, cerca del Templo. Aunque Pilato tenía su residencia habitual en Cesarea Marítima, cuando venía a Jerusalén, utilizaba este palacio.
         La sentencia de muerte correspondía sólo al Procurador Romano, por eso le llevan a Jesús a primera hora de la mañana.
Dice el Evangelio: “Desde casa de Caifás llevan a Jesús al Pretorio. Era muy de mañana.” Y le dicen a Pilato: “Es que nosotros no estamos autorizados para dar muerte a nadie”. Pilato, para ganar tiempo y contentar al Sanedrín, manda flagelar a Jesús antes de dar la sentencia definitiva, pensando que el pueblo, al verle flagelado, se iba a compadecer. Se usaba el fragelum, que tenía por objeto dar un máximo de 36 golpes. El reo permanecía atado a la columna por las muñecas, de tal modo que quedaba la espalda expuesta al castigo. Esta tortura formaba parte de la pena de morir crucificado.
         En el Pretorio, el relato del Evangelio de Juan se desarrolla en tres ambientes: El exterior, donde estaban los jefes y el pueblo y donde, en el patio había una tribuna, en el lugar llamado Litóstrotos, en hebreo Gabbatá. Esta tribuna era la sede del poder judicial del pretor.
Una sala interior donde Jesús fue interrogado.
Y un patio interior donde Jesús fue flagelado y donde los soldados hicieron de Él una parodia burlesca y cruel, colocándole una corona que habían entretejido con espinas y vistiéndole con un manto de púrpura y dándole bofetadas.
         Petición: Dolor con Cristo doloroso. Pedir al Señor permanecer fiel a pesar de las dificultades.
         Pasemos ahora a contemplar cada una de las escenas:
En el exterior, estaban los sumos sacerdotes, los ancianos y el pueblo. Allí se establece un diálogo entre el poder civil y el religioso. Pilato quiere mantener su puesto. La gente es una masa manipulada, ciega y cruel, que no piensa y está deseosa de espectáculo y sangre. Y los jefes judíos, rebosantes de odio, que buscan ejecutar a Jesús y no pararán hasta que lo consigan. “Pilato salió fuera, hacia ellos y les dijo: ¿Qué acusación traéis contra este hombre?”
         En el interior está Jesús, donde está siendo interrogado. ”¿Eres Tú el rey de los judíos?“ Y Jesús contesta: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis guardias habrían luchado para que no fuera yo entregado a los judíos”. Manifiesta un orden nuevo en la justicia, en el amor y en la paz.
         También fuera hay una canalla, Barrabás, preferido a Jesús. “¿Queréis pues que os suelte al rey de los judíos?. Ellos gritaron nuevamente: A éste no, sino a Barrabás”. La Buena Nueva personalizada en Cristo, la esperanza de los hombres…, es rechazada, prefiriendo a un malhechor. Allí están presentes: Jesús, quien entrega su vida, el que ha pasado haciendo el bien, el que ha venido a servir. Y Barrabás, un salteador, un delincuente, un ladrón.
         Dentro, se ejecuta la flagelación. “Entonces Pilato tomó a Jesús y mandó que lo azotaran”. Los evangelios narran el hecho sin describir la escena. Contemplar y admirar. Todo esto es por mí. Porque me ama. Dice La Puente: “Quedó desnudo aquel cuerpo virginal y el arca del Testamento, descubierta a los ojos de los hombres profanos y, puesto a la vergüenza aquel hombre, padeciendo la confusión de la desnudez, que había merecido nuestra culpa”.
         Fuera, muestra Pilato a Jesús: “Mirad, os lo traigo fuera, para que sepáis que no encuentro en él ningún delito”. Y salió llevando la corona de espinas y el manto de púrpura que le habían colocado los soldados. “Aquí tenéis al Hombre”. Es el siervo que había profetizado Isaías, el Rey del Universo. El Hijo del Hombre. Miradle.
         Y dentro, Pilato oye de Jesús que se declara Hijo de Dios y se llena de miedo y pide a Jesús explicaciones. ”¿De dónde eres tú? Pero Jesús no le dio respuesta alguna. Contemplar nuevamente su silencio, tan elocuente para nosotros, para los que sabemos escucharle aunque no diga palabra alguna.
Entonces Pilato lo saca fuera y lo presenta: “Aquí tenéis a vuestro rey”. Y se lleva a cabo la verdadera realeza de Cristo, que desde su humillación, está siendo juez de la Humanidad.
Y por fin se lo entregó para ser crucificado.
        
         Dice un autor: “No podemos acercarnos a contemplar la Pasión del Señor sin ofrecernos a Él, que sufrió de una manera que jamás podremos comprender; ni sin intentar ofrecerle, con toda la delicadeza de nuestro corazón, un poco de amor gratuito, un poco de valor en la oración, un poco más de generosidad en el deseo y aceptación del sufrimiento y de la cruz”.