viernes, 28 de abril de 2017

LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS. Charla semanal

EJERCICIOS ESPIRITUALES 25
         Contemplamos hoy la aparición a los discípulos de Emaús en Lc 24, 13-35
Pedimos la gracia para alegrarnos y gozarnos intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo resucitado y especialmente hoy con esta contemplación, pedimos la gracia de conocerle a Él y el poder de su resurrección. El amor ha triunfado sobre la muerte. Dios ha dejado en el mundo su poder para cambiarlo todo.
         Esta aparición sucede al atardecer del mismo día de la Resurrección.
         El relato está contenido entre dos expresiones: “sus ojos estaban cerrados” y “sus ojos se abrieron”.
Esta misma experiencia le sucedió a la Magdalena: Lo tenía delante y no lo reconocía, pensaba que era el jardinero.
Antes de la Resurrección, todos sus amigos reconocían a Jesús. Ahora, tienen que recibir una gracia para reconocerle después de la Resurrección. Si no se da la gracia primero, no se puede reconocer a Cristo después. Depende de Dios, pero es necesaria nuestra colaboración para que pueda tener efecto su gracia.
Necesitamos ser humildes para pedir esta gracia y dóciles para corresponder a ella.
En nuestra vida ocurre que queremos actuar sin haber recibido primero la gracia y así no funciona la vida de Dios en nosotros. Primero siempre tiene que ser su gracia para que nuestra labor no sea en vano.
Que se puedan abrir nuestros ojos o los ojos de los demás para poder reconocer a Cristo, es sólo fruto de la presencia de Dios y de su gracia.
         Seguimos contemplando esta aparición: Jesús escucha a los discípulos de Emaús. Se hace presente mientras ellos caminan.
Ellos van tristes. Se habían alejado del grupo. Iban a una aldea distante de Jerusalén, llamada Emaús. Hablaban entre sí de todos los acontecimientos ocurridos los días atrás. Iban hablando y razonando de una manera humana, sin ver más allá de los acontecimientos. Y es entonces cuando Jesús se les acerca y va con ellos, pero sus ojos no podían reconocerle. Llegan hasta preguntarle: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no conoce los sucesos en ella ocurridos estos días? Nosotros esperábamos que sería Jesús quien rescataría a Israel, pero hace tres días que fue crucificado. Nos dejaron estupefactos ciertas mujeres de las nuestras que, yendo al monumento no encontraron su cuerpo y vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles que les dijeron que vivía. Algunos de los nuestros fueron pero a Él no le vieron.
         Entonces Jesús, en vez de echarles en cara: ¿No os lo había dicho? ¿Por qué no me habéis creído?
Al contrario, les consuela, comienza a explicarles. Comienza por Moisés y por todos los profetas. Les va declarando cuanto de Él se habla en todas las Escrituras. Antes de darse a conocer, les va preparando. Es la pedagogía de Jesús: no reprocha, camina con nosotros, suavemente. Les hace volver sobre sí mismos, para que puedan encontrar el punto en el que se apartaron de Él: el escándalo de la cruz.
         Jesús les enseña: ¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria? Les hace comprender el nexo entre muerte y resurrección. Parecen dos cosas contrarias, pero están íntimamente unidas. La Pasión forma parte del camino de la vida. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo, pero si muere, da mucho fruto. Esto no falla. Donde hay muerte, hay vida. Empezar por la Resurrección no funciona. El camino es la Pasión, es la muerte. Pero nosotros no somos seguidores de un Crucificado solamente, sino de un Crucificado resucitado.
         Entonces ellos, al irles abriendo los ojos, sus corazones se llenan de gozo. Dirán después: ¿No ardían nuestros corazones dentro de nosotros mientras en el camino nos hablaba y nos explicaba las Escrituras?
La Escritura contemplada y meditada se hace vida. La Palabra de Dios es insustituible y cuanto más se medita, más vida nos da. Es el fundamento de la conversión y la experiencia de Cristo. Por eso el texto base de los Ejercicios Espirituales es la Sagrada Escritura.
La Escritura revela al hombre el deseo de Dios sobre nosotros, su destino y le hace comprender cómo la Resurrección es verdaderamente el sello de Dios sobre todo lo bueno que aparece en la historia de los hombres.
         Entonces los discípulos le obligan a quedarse, cuando Él finge seguir adelante.
Puesto con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Y entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron y a partir de ahí se convirtieron en testigos de su resurrección. En el mismo instante se levantaron y volvieron a Jerusalén.
Esta es la fuerza y el poder de la Eucaristía. Cristo tiene poder para transformarnos en Ella, cada día lo hace y es imposible que no lo haga si la recibimos con deseo. Cada día Cristo nos da la gracia para que su presencia nos transforme.
         Cuando los discípulos encuentran en Jerusalén a los once y a sus compañeros, les cuentan lo que les ha pasado en el camino y cómo lo reconocieron en la fracción del pan. Confrontan su experiencia con la del grupo. El grupo es la Iglesia, que es la que verifica la acción del Espíritu en el interior.
         Han pasado de la tristeza al gozo. De la experiencia sensorial de Cristo a la experiencia en la fe. Y de la experiencia personal a la experiencia comunitaria.
         Iban tristes y vuelven gozosos.
         Salieron desalentados y vuelven inflamados por la esperanza.
         Ignoraban las Escrituras y ahora las comprenden.
         Que sea nuestra oración: Quédate con nosotros, Señor Jesús, porque atardece; sé nuestro compañero de camino, levanta nuestros corazones, reanima nuestra débil esperanza; así nosotros, junto con nuestros hermanos, podremos reconocerte en las Escrituras y en el partir el pan.

viernes, 21 de abril de 2017

EL TRIUNFO DE LA RESURRECCIÓN. Charla semanal

EJERCICIOS ESPIRITUALES 24
         Este Cristo a quien hemos acompañado en la Pasión, vive y vive para siempre. Suya es la victoria, y nosotros, que hemos sufrido y muerto con Él, también ahora participamos de su triunfo, que es el triunfo sobre el pecado, sobre nuestro pecado.
         Pedir la gracia de alegrarme y gozarme intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo Nuestro Señor.
Esta alegría es la que brota de la fe, la esperanza y la caridad. No siempre esta alegría se siente sensiblemente. Pero  no debe fallar y debemos vivir habitualmente con ella. Y es el fruto de la convicción de que Jesús saca siempre adelante su plan, a pesar de las dificultades y esto nos debe producir una gran satisfacción. Podemos tener problemas, pero el estado permanente de nuestra alma debe ser la alegría y el gozo. Una alegría que viene de lo Alto, que es total y completa. Porque las alegrías del mundo, hoy son y mañana dejan de serlo; son alegrías ficticias y hacen que vivamos momentos alegres, pero superficiales. Pero cuando la alegría viene de Dios, nada de este mundo me la puede quitar. Es la alegría profunda de saber que Cristo ha vencido al pecado. Y si está vivo, no hay dificultad que no se pueda superar.
La Resurrección de Jesús es ya la nuestra: vivimos el tiempo de espera, de oración, de crecimiento.
Leemos el pasaje de Jn 20, 1-18, donde se narran las primeras apariciones a María Magdalena, Pedro y Juan.
         Las apariciones tienen dos matices:
O se aparece a personas concretas y lo que se vive es el encuentro personal.
O se aparece al Colegio de los Apóstoles, que son los que han de continuar predicando el Evangelio y el Reino.
         La Resurrección ocurre el primer día de la semana. Es el amanecer de una Humanidad nueva.
En este día nos encontramos a: Pedro, el discípulo que ha negado a su Maestro. Juan, el que permaneció fiel a su Señor. Y la Magdalena, la mujer que busca apasionadamente. En esta búsqueda, se ayudan unos a otros para encontrar al Señor.
Juan llega antes que Pedro, no porque estuviera en mejor forma física, no porque fuera más joven, sino porque amaba más.
El amor saca lo mejor de nosotros mismos. Un amor que nos va configurando y nos capacita para amar cada vez más. Hemos sido creados por amor y para amar. La única vocación que Dios nos ha ofrecido es la del amor y si no vivimos para amar, estamos viviendo por debajo de nuestro umbral, vivimos una vida a medio gas. El mayor fracaso es haber sido creados para el amor y no amar. Amar a Dios y amarnos entre nosotros. La Resurrección nos confirma que el amor ha vencido al pecado. Subió a la cruz por amor y vive resucitado por amor.
María Magdalena fue la primera a quien se le apareció porque buscaba al amor de su alma. Ella corrió en la noche sola a buscarle, porque el amor hace locuras. Dice la secuencia de ella: Resucitó de veras mi amor y mi esperanza. Su encuentro con Cristo marcó su vida. ¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?, le dijo Jesús. Al principio no lo reconoció. Él la fue preparando suavemente para este encuentro, como siempre lo hace, sin forzar, sin imponer, con la suavidad de quien sabe que el amor conquista.
Ella, creyendo que era el hortelano, le dice: Señor, si te lo has llevado tú, dime donde le has puesto y yo lo tomaré. Y entonces le dice Jesús: ¡María! La llama por su nombre. ¡Es tan importante el nombre que tenemos cada uno para Dios! Cuando nos bautizan, preguntan el nombre con el que nos van a llamar. Por ese nombre nos llama Dios. Un nombre que lleva tatuado en la palma de su mano. Que está escrito en el Libro de la Vida, el Libro que sólo el Cordero tiene poder para abrir.
María se identifica con Él y le corresponde: ¡Rabboni!, que quiere decir: ¡Maestro!
Aquella experiencia marcó su vida y le siguió buscando desde entonces. Ahora lo contempla todo a la luz de la Pascua. Ha dado el paso de las tinieblas a la luz. Ella se encuentra con Él, con su Palabra. Y se convierte en el modelo del creyente.
Escuchar en este clima mi nombre. También yo me iré encontrando con él por medio de su Palabra. Y así Jesús me irá educando en la fe, como a María. Y nuestra relación será cada vez más personal. Y me irá conduciendo a una confianza plena en el Padre, pues para eso ha venido, para que conozcamos al Padre y le amemos tanto como le ama Él.
         Terminamos con este texto de Balduino de Ford: “El amor con que Dios nos ha amado ha desatado los lazos con que la muerte nos tenía prisioneros. En adelante, éste nada más que nos puede retener un instante a los que se le permite tocar. Porque Cristo ha resucitado como primicias de los que duermen. Nos confirma en la certeza de que nosotros resucitaremos, por el misterio, el ejemplo y el testimonio de su propia resurrección, como por la palabra de su promesa.
Es fuerte la muerte, capaz de quitarnos el don de la vida; es más fuerte el amor, que puede darnos una vida mejor. Es fuerte la muerte, su poder puede despojarnos de nuestro cuerpo; es más fuerte el amor: tiene poder para arrancar a la muerte su botín y devolvérnoslo. Es fuerte la muerte, ningún hombre puede resistirle; pero es más fuerte el amor, hasta el punto que triunfa de la muerte, quiebra su aguijón, detiene su ambición y arruina su victoria”
         Pidámosle a Jesucristo que nos ponga, como un sello, sobre su corazón resucitado.

MATERIALES PARA LA FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA

MATERIALES PARA LA FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA


Triduo preparatorio a la fiesta de la Divina Misericordia

OH HOSTIA SANTA, CONFÍO EN TI. Cantos Divina Misericordia - VIDEO

  OH SANGRE Y AGUA. CANTOS DIVINA MISERICORDIA - VIDEO

In te confido, Iesu
Viacrucis con Santa Faustina  

lunes, 10 de abril de 2017

JESÚS ANTE PILATO


El otro día contemplábamos el proceso judío de Jesús y hoy vamos a contemplar el proceso romano. Lo hacemos en Jn 18,28 hasta Jn 19,16.
         El juicio se realiza en el palacio de Pilato, construido por Herodes el Grande el año 30 a.C. en la parte alta de la ciudad, cerca del Templo. Aunque Pilato tenía su residencia habitual en Cesarea Marítima, cuando venía a Jerusalén, utilizaba este palacio.
         La sentencia de muerte correspondía sólo al Procurador Romano, por eso le llevan a Jesús a primera hora de la mañana.
Dice el Evangelio: “Desde casa de Caifás llevan a Jesús al Pretorio. Era muy de mañana.” Y le dicen a Pilato: “Es que nosotros no estamos autorizados para dar muerte a nadie”. Pilato, para ganar tiempo y contentar al Sanedrín, manda flagelar a Jesús antes de dar la sentencia definitiva, pensando que el pueblo, al verle flagelado, se iba a compadecer. Se usaba el fragelum, que tenía por objeto dar un máximo de 36 golpes. El reo permanecía atado a la columna por las muñecas, de tal modo que quedaba la espalda expuesta al castigo. Esta tortura formaba parte de la pena de morir crucificado.
         En el Pretorio, el relato del Evangelio de Juan se desarrolla en tres ambientes: El exterior, donde estaban los jefes y el pueblo y donde, en el patio había una tribuna, en el lugar llamado Litóstrotos, en hebreo Gabbatá. Esta tribuna era la sede del poder judicial del pretor.
Una sala interior donde Jesús fue interrogado.
Y un patio interior donde Jesús fue flagelado y donde los soldados hicieron de Él una parodia burlesca y cruel, colocándole una corona que habían entretejido con espinas y vistiéndole con un manto de púrpura y dándole bofetadas.
         Petición: Dolor con Cristo doloroso. Pedir al Señor permanecer fiel a pesar de las dificultades.
         Pasemos ahora a contemplar cada una de las escenas:
En el exterior, estaban los sumos sacerdotes, los ancianos y el pueblo. Allí se establece un diálogo entre el poder civil y el religioso. Pilato quiere mantener su puesto. La gente es una masa manipulada, ciega y cruel, que no piensa y está deseosa de espectáculo y sangre. Y los jefes judíos, rebosantes de odio, que buscan ejecutar a Jesús y no pararán hasta que lo consigan. “Pilato salió fuera, hacia ellos y les dijo: ¿Qué acusación traéis contra este hombre?”
         En el interior está Jesús, donde está siendo interrogado. ”¿Eres Tú el rey de los judíos?“ Y Jesús contesta: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis guardias habrían luchado para que no fuera yo entregado a los judíos”. Manifiesta un orden nuevo en la justicia, en el amor y en la paz.
         También fuera hay una canalla, Barrabás, preferido a Jesús. “¿Queréis pues que os suelte al rey de los judíos?. Ellos gritaron nuevamente: A éste no, sino a Barrabás”. La Buena Nueva personalizada en Cristo, la esperanza de los hombres…, es rechazada, prefiriendo a un malhechor. Allí están presentes: Jesús, quien entrega su vida, el que ha pasado haciendo el bien, el que ha venido a servir. Y Barrabás, un salteador, un delincuente, un ladrón.
         Dentro, se ejecuta la flagelación. “Entonces Pilato tomó a Jesús y mandó que lo azotaran”. Los evangelios narran el hecho sin describir la escena. Contemplar y admirar. Todo esto es por mí. Porque me ama. Dice La Puente: “Quedó desnudo aquel cuerpo virginal y el arca del Testamento, descubierta a los ojos de los hombres profanos y, puesto a la vergüenza aquel hombre, padeciendo la confusión de la desnudez, que había merecido nuestra culpa”.
         Fuera, muestra Pilato a Jesús: “Mirad, os lo traigo fuera, para que sepáis que no encuentro en él ningún delito”. Y salió llevando la corona de espinas y el manto de púrpura que le habían colocado los soldados. “Aquí tenéis al Hombre”. Es el siervo que había profetizado Isaías, el Rey del Universo. El Hijo del Hombre. Miradle.
         Y dentro, Pilato oye de Jesús que se declara Hijo de Dios y se llena de miedo y pide a Jesús explicaciones. ”¿De dónde eres tú? Pero Jesús no le dio respuesta alguna. Contemplar nuevamente su silencio, tan elocuente para nosotros, para los que sabemos escucharle aunque no diga palabra alguna.
Entonces Pilato lo saca fuera y lo presenta: “Aquí tenéis a vuestro rey”. Y se lleva a cabo la verdadera realeza de Cristo, que desde su humillación, está siendo juez de la Humanidad.
Y por fin se lo entregó para ser crucificado.
        
         Dice un autor: “No podemos acercarnos a contemplar la Pasión del Señor sin ofrecernos a Él, que sufrió de una manera que jamás podremos comprender; ni sin intentar ofrecerle, con toda la delicadeza de nuestro corazón, un poco de amor gratuito, un poco de valor en la oración, un poco más de generosidad en el deseo y aceptación del sufrimiento y de la cruz”.

viernes, 31 de marzo de 2017

JESÚS JUZGADO. Charla Semanal

EJERCICIOS ESPIRITUALES 22
         Hemos contemplado a Jesús en esta semana pasada en el prendimiento y ahora Jesús es sometido a dos procesos: el judío ante Herodes y el romano ante Poncio Pilato y sufrirá dos condenas.
         Hoy vamos a contemplar el proceso judío en Mc 14,53-72: Jesús ante el Sanedrín.
         Nos situamos: De noche, Jesús es conducido por el mismo camino que horas antes, Él mismo había recorrido con sus discípulos. Cruzando el torrente Cedrón y subiendo a la ciudad de Jerusalén, es llevado al Palacio del Sumo Sacerdote. Ocupaba el cargo Caifás, quien había sucedido a su suegro Anás. El juicio celebrado contra Jesús era completamente arbitrario, no se ajustaba a la jurisprudencia de la ley. Buscaban un testimonio contra Jesús para hacerle morir y no lo hallaban. Porque muchos testificaban falsamente contra Él y no eran acordes sus testimonios.
         Pedimos dolor con Cristo doloroso, lágrimas, pena interna de tanto como Cristo pasó por mí. Pedir la gracia de comprender algo de su Pasión, a fin de comenzar a descubrir cómo la vida que vivimos es fruto de su amor. Pedir fortaleza en la tentación para no sucumbir a ella.
         El proceso ante el Sanedrín no era más que la consecuencia, de lo que Cristo ya había venido sufriendo por parte de los príncipes de los sacerdotes, los ancianos y los escribas durante su vida pública. Su doctrina era rechazada. Y esa situación es la misma que se produce en el juicio.
Los falsos testigos surgen de la multitud. Entre ellos seguramente había gente que en otro tiempo le aclamaba o incluso había sido beneficiada por la multitud de milagros que Jesús realizaba. Habría otros indiferentes y otros muchos enemigos. El poder de las tinieblas los había oscurecido a todos, volviéndoles mentirosos e incoherentes. Lo peor de todo es vivir de noche en el corazón. El pecado ciega. Se apodera de nosotros el mal espíritu.
Es una terrible recompensa para quien había pasado haciendo el bien.
         Contemplemos a Jesús: Él se callaba y no respondía palabra alguna ante las acusaciones.
Hay que gastar mucho tiempo contemplando esta escena: el silencio de Jesús. Cristo no se defiende. Externamente está atado, pero interiormente es libre. Es oprimido, ultrajado y maltratado. Comenzaron a escupirle y le cubrían el rostro y le abofeteaban. Y Él aparece sereno y manso.
         Los soldados convierten a Jesús en juguete de sus desórdenes, con los gestos más insultantes para un judío como escupirle en pleno rostro. Este era el gesto más vejatorio para un judío.
         Pero… ¿y Pedro? Estando abajo, en el atrio, una de las siervas del pontífice le dijo: Tú también estabas con el Nazareno, con Jesús. Él lo negó: Ni sé ni entiendo lo que tú dices.
Salió fuera y la sierva siguió diciendo: Éste es de ellos. Él de nuevo lo negó.
Y pasando, uno de los presentes le dijo: Efectivamente, tú eres de ellos, porque eres galileo. Pero él se puso a maldecir y a jurar: No conozco a ese hombre que vosotros decís.
El hombre impetuoso y bravo que corta la oreja en el Huerto, se muestra ahora cobarde y niega a Jesús. Externamente aparece libre, pero internamente está atado.
En sus negaciones se da un proceso: No entiendo lo que dices, no conozco a ese hombre y maldice.
También en su conversión se dará el proceso contrario: Se quedó en el atrio, salió fuera y lloró amargamente. Si fue capaz de llorar por Cristo, es porque realmente le amaba.
         Es muy importante que leamos estos versículos varias veces. Que dejemos que las escenas me hablen. Que pidamos su gracia. Si la mano de Dios no nos conduce, nos perderemos toda la Pasión. No tiene que ser un espectáculo para mí. Sólo entrando en el interior puedo contemplarla. Se trata de aproximarnos a la vivencia interior de Jesucristo. Aplicar todos mis sentidos interiores para tener un conocimientos más perfecto de lo que está sucediendo.
Gastar mi tiempo contemplándolo. Entrar en el “sin tiempo”. Nuestro enemigo principal es el tiempo. Las cosas de Dios tienen que ser en un tiempo “sin tiempo”. Porque si no, la persona no levanta vuelo. Sin tiempo podemos tener hondura y altura. Madre de la oración elevada es la oración prolongada.
Contemplar a Cristo como si le tuviéramos presente, sintiendo en nosotros todo lo que Él padeció. Agradeciendo tantos beneficios, presentando nuestras necesidades, pidiendo el remedio para ellas, acusándonos de haber sido la causa de tan dolorosa Pasión por nuestros pecados.

domingo, 26 de marzo de 2017

EL PRENDIMIENTO DE JESÚS. Charla semanal


EJERCICIOS ESPIRITUALES 21

         Hoy vamos a contemplar el Prendimiento de Jesús en Mt 26,47-56
Petición: Dolor, sentimiento y compasión porque, por mis pecados, va el Señor a la Pasión. Este dolor, sentimiento y compasión han de ser interiores. No tienen por qué coincidir con sentimientos sensibles, a veces sí, pero si no coinciden han de ser ante todo experiencias interiores. Han de venir de la meditación de que mis pecados producen su Pasión.
Pensemos que lo único realmente mío son mis pecados. Porque todo lo bueno que hago, no es mío, todo es gracia de Dios, Él lo hace en mí. Realmente lo único mío son mis pecados, ésos no son de Dios, pero Dios los permite para sacar algo bueno y mejor.
Nosotros nos alejamos de Él cuando pecamos y Él, cuando peco, se acerca más a mí para perdonarme. ¡Bendita culpa que mereció tal Redentor!
         Contemplemos ahora la experiencia de abandono que vive Jesús. Dice el Evangelio: “Entonces todos los discípulos le abandonaron y huyeron”.
Le traicionan y a cambio, Él se entrega.
Judas lo entrega a los Sumos Sacerdotes. Ellos, a su vez, lo entregan al Procurador. Y él lo entrega al pueblo. Jesús es entregado y abandonado. Es una escena dura. No hay derramamiento de sangre aún. Pero hay en Cristo un gran dolor interior, un gran sufrimiento. Sufrimiento interior, moral, el más grande que un hombre puede padecer.
Tener una actitud de profundo agradecimiento por la entrega de Cristo. Agradecérselo profunda y vivamente.
         Contemplemos a Judas: es de los elegidos personalmente por Cristo después de pasar una noche en oración.
Judas había comido y bebido con Él. Había entablado con Él una relación de amistad. Era su íntimo, su amigo. Pero a Judas le puede más el dinero que el amor interior. Las cosas externas tienen la capacidad de cegar al hombre.
Judas lo besó con un beso traicionero, un beso falso. El beso siempre es un lenguaje de comunicación afectiva, expresa lo que hay en el corazón. Judas emplea un signo de afecto y de amor para la traición.
         Contemplemos ahora a Jesús: Jesús es el amor que se entrega. Esto hay que contemplarlo mucho, despacito, volver sobre ello cuantas veces sea necesario. Nos va a ayudar a entender toda la Pasión que va a venir después.
Dice Jesús a Judas: “Amigo, ¿a qué vienes?” En Jesús no hay rechazo, no hay repulsa hacia Judas. Jesús sufre la traición de alguien a quien quiere y aún así le quiere hacer recapacitar, le ofrece hasta el último momento la oportunidad de arrepentirse.
         Contemplemos a Pedro: Sacando una espada, hirió a un siervo del pontífice, cortándole una oreja. Y Jesús entonces le dice: Vuelve tu espada a su lugar, pues quien toma la espada a espada morirá. Jesús le hace ver que ése no es el camino. La violencia llama a la violencia. Lo único que puede parar la violencia es la mansedumbre.
Jesús le dice: ¿o crees que no puedo rogar a mi Padre, quien pondría a mi disposición al punto más de doce legiones de ángeles? Esto nos da pie para entender que el personaje invisible de toda la Pasión es el Padre. Es el que le sostiene. Sin Él, Jesús se desploma. El Padre, con sus manos, sostiene al Hijo. Por eso el Hijo está seguro. Hay que descubrir estas manos del Padre en la Pasión de Cristo y en nuestra propia pasión. Sin estas manos del Padre, Jesús no tiene fuerzas para soportar la Pasión. El amor del Padre no le deja nunca solo. La cruz es sujeción, porque está colgada del amor del Padre que nunca falla.
Dios no perdonó a su Hijo, lo entregó por nosotros. Cristo aprendió sufriendo, a obedecer. Así se aprende a ser hijo.
Del Padre vengo y al Padre voy. Cristo vive una línea ininterrumpida en su entrega al Padre, en su vida no existe ruptura. Puede sentir abatimientos o cualquier otro sentimiento de abandono, pero Él vive con serenidad todos los momentos, sostenido por las manos amorosas del Padre. Este amor lo sostiene, no se rompe nunca. No se explica este drama de la Pasión sin la confianza absoluta en el Padre. Cristo va libremente hacia su muerte: Nadie me quita la vida, Yo la doy libremente.
Experimenta el vértigo de todos los horrores, pero nunca vacila.  Siempre le sostiene el Padre.
Pensemos que cuando se renueva el sacrificio de Cristo en la Santa Misa, cuando el sacerdote levanta la Hostia y el Cáliz, no es el sacerdote quien los sostiene, sino Cristo quien sostiene al sacerdote.
         Contemplemos ahora a los discípulos: todos le abandonaron y huyeron. No le abandonan los extraños, sino los íntimos. Vino a los suyos y los suyos no le recibieron.
         Si después de contemplar todo esto, la cruz me sabe a amargura y a peso, es que todavía hay poco amor en mí. Recrearme en esta contemplación de Cristo, caminando voluntariamente hacia la Pasión por mí.

viernes, 17 de marzo de 2017

La oración en el Huerto de los olivos. Charla semanal

Continuamos contemplando a Cristo en su Pasión. Esta vez emprendemos el camino desde el Cenáculo al Huerto de los Olivos. Lo encontramos en Mt 26,36-46
         Después de haber concluido la Cena, salen hacia el Monte de los Olivos, alrededor de la media noche. Es una noche larga, triste y oscura. Salen de Jerusalén y bajan hasta el torrente Cedrón, también conocido como arroyo Negro y suben hacia el Huerto de Getsemaní, donde Jesús solía retirarse con los suyos.
         Pedimos dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas, pena, sentimiento y compasión, porque por mis pecados va el Señor a la Pasión; todo esto, Cristo lo hace por mí.
         Contemplamos la oscuridad de la noche. La oscuridad siempre está asociada a miedo, incertidumbre, momento que el demonio siempre aprovecha para la tentación.
         “Triste está mi alma hasta la muerte”. Esta escena de Getsemaní es el reverso de la Transfiguración. Allí se reveló lo que era el final de una vida; aquí se manifiesta el camino que conduce hacia ese final. Y aparece en esta escena el aspecto profundamente humano de Jesús. Siente soledad, miedo y angustia en su propia alma ante la Pasión. Aprende nuestro lenguaje de sufrimiento, sufriendo Él el primero. Tiene las sensaciones propias de cualquier hombre.
         Dice el Evangelio: “Comenzó a entristecerse y angustiarse”.
         El mayor punto de sufrimiento del hombre es sentir la tristeza del alma.
         Siente miedo, temor ante lo que aún no ha llegado, pero que va a suceder. Siente hastío, repugnancia hacia todo aquello que le viene. “Padre mío, si es posible, pase de Mí este Cáliz”
         Sintió la ausencia de Dios, la noche oscura de la fe. Cristo se sintió solo. Sus discípulos, o le abandonan o no le entienden. Pero Él sabe que el Padre es el único que le sostiene. Cristo no tiene ninguna contradicción interior, aunque pide que pase de Él el Cáliz. Por eso inmediatamente dice: “Sin embargo, no se haga como Yo quiero, sino como quieres Tú”, “Hágase Tu Voluntad”. Él experimenta la sensibilidad humana del abandono, pero secunda en todo a su Padre. Acepta libremente todo lo que le viene para cumplir su misión. Busca activamente cumplir en todo la Voluntad de Dios.
En su oración al Padre quedan recogidas todas las súplicas de todos los hombres oprimidos por el dolor y el sufrimiento injusto de la vida. En su sufrimiento estoy yo también y todos mis sufrimientos.

Jesús se dirige a sus discípulos: “Vigilad y orad para que no caigáis en tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil”.
Antes, los discípulos no habían entendido la Pasión. Ahora, que la están viviendo, la entienden menos. Por eso Jesús les invita a la vigilancia, para que estén atentos y comprendan la asociación a su cruz que tenemos cada uno.
Hay que estar  con disposiciones de atención interior. No cansarnos de escuchar, de seguir las mociones del Espíritu Santo. Dios no puede actuar en nosotros sin una adhesión real de nuestra voluntad a sus designios y sin esta adhesión no hay progreso. La colaboración con la acción de Dios es absolutamente necesaria. No se trata ya de evitar el pecado, que eso se da por supuesto, sino de una adhesión a Él para poder avanzar en la vida espiritual. Hay que conectar la moción del Espíritu Santo con nuestra voluntad humana. La acción de Dios no falla, lo que falta es nuestra colaboración. Si quiero que mi vida llegue a la plenitud, es indispensable esta colaboración. Esto nos evita ser  mediocres.
Sin un verdadero amor a Cristo, no podemos ser verdaderos discípulos suyos. Y no podemos amarle si nuestro corazón no se siente movido por la gratitud hacia Él; repetirme: Cristo va hacia su Pasión por mí, todo sufrimiento lo sufre gustoso por mí. Sentir vivamente sus sufrimientos, pedírselo al Espíritu Santo: dolor con su dolor, angustia con su angustia, sentimiento de soledad y abandono con el que Cristo siente, tristeza con su tristeza… Pensar en los amargos dolores que padece por mí. Mis pecados le causan dolor.
Sé muy bien y espero no olvidarlo nunca, que el sentimiento aquí no basta, que no basta sentir sin más, pues sentir dolor al pensar en los sufrimientos de Cristo, sin obedecerle, no es verdadero amor, sino una burla – dice Newman. El verdadero amor siente con justicia y obra con justicia.
Un cristiano que ante la Pasión, no tenga sentimientos en su corazón de adhesión a Cristo sufriente, se tiene que preguntar si verdaderamente vive una vida cristiana, porque el amor genera sentimientos y en ellos está la flor de la acción de Dios en nuestra vida.
Es muy importante que la contemplación del Señor ilumine nuestra vida.
Terminemos con esta oración:
Señor Jesús, Tú me enseñas, de bruces sobre el suelo, que no siempre caminaré animoso y que me encontraré con las dificultades. Un día u otro me desanimaré, me sentiré sin fuerzas. Haz que entonces me acuerde de Ti y sepa, como Tú, ponerme en manos del Padre.