miércoles, 15 de noviembre de 2017

DIARIO DE SANTA FAUSTINA 8



DIARIO DE SANTA FAUSTINA 8

         Escribe esto, le dijo la Divina Misericordia: “Antes de venir como Juez Justo, vengo como el Rey de la Misericordia. Antes de que llegue el día de la justicia, les será dado a los hombres este signo en el cielo. Se apagará toda luz en el cielo y habrá una gran oscuridad en toda la tierra. Entonces, en el cielo aparecerá el signo de la cruz y de los orificios donde fueron clavadas las manos y los pies del Salvador, saldrán grandes luces que durante algún tiempo iluminarán la tierra. Eso sucederá poco tiempo antes del último día”.

         Santa Faustina le corresponde con esta oración:
Oh Sangre y Agua que brotaste del Corazón de Jesús, como Fuente de Misericordia para nosotros, en Ti confío.
Jesús, Divino Prisionero del Amor, cuando considero tu amor y cómo te has anonadado por mí, mis sentidos desfallecen. Encubres tu majestad inconcebible y te humillas rebajándote a mí, un ser miserable. Oh Rey de la gloria, aunque ocultas tu hermosura, el ojo de mi alma desgarra el velo. Veo a los coros de ángeles que te honran incesantemente y a todas las potencias celestiales que te alaban sin cesar y que te dicen continuamente: Santo, Santo, Santo.
¿Quién comprenderá tu amor y tu misericordia hacia nosotros? Oh prisionero del amor, encierra mi pobre corazón en este tabernáculo para adorarte sin cesar día y noche. Aunque estoy físicamente lejos de Ti, mi corazón está siempre Contigo. Nada puede impedir mi amor hacia Ti. No existe ningún obstáculo para mí. Te consolaré por todas las ingratitudes, por las blasfemias, por la tibieza, por el odio de los impíos, por los sacrilegios. Deseo arder como víctima pura delante del trono de tu escondite.
No me dejaré arrebatar por el trabajo hasta el punto de olvidarme de Dios. Pasaré todos los momentos a los pies del Maestro.

         En otra ocasión, Jesús le dijo: “Deseo que esta imagen sea expuesta en público el primer domingo después de Pascua de Resurrección. Ese domingo es la Fiesta de la Misericordia. A través del Verbo Encarnado doy a conocer el abismo de mi Misericordia”.
         Sucedió tal y como el Señor lo había pedido: el primer acto de veneración a esta imagen por parte del público, tuvo lugar el primer domingo después de Pascua. Durante tres días, la imagen estuvo expuesta al público y recibió la veneración pública porque había sido colocada en Ostra Brama, en un ventanal, en lo alto, por eso se la veía desde muy lejos. Durante estos tres días, fue celebrada con solemnidad la clausura del Jubileo de la Redención del Mundo, el 19 Centenario de la Pasión del Salvador. Ahora veo que la obra de la Redención está ligada a la obra de la misericordia que reclama el Señor.

         Nos habla ahora Santa Faustina de la experiencia mística del conocimiento de Dios:
Al principio, Dios se hace conocer como santidad, justicia y bondad, es decir, misericordia. El alma no conoce todo esto a la vez, sino singularmente en relámpagos, es decir, en los acercamientos de Dios. Eso no dura mucho tiempo, porque no podría soportar esta luz. Durante la oración, el alma recibe un relámpago de esta luz, que le imposibilita orar como hasta entonces. Puede esforzarse cuanto quiera, y esforzarse a orar como antes, todo en vano, se hace absolutamente imposible continuar rezando como se rezaba antes de recibir esta luz. La luz que tocó al alma es viva en ella y nada la puede extinguir ni obscurecer. Este relámpago de conocimiento de Dios arrastra su alma y la incendia de amor hacia Él. Pero a la vez este mismo relámpago permite al alma conocer cómo es ella y ve todo su interior en una luz superior y se levanta horrorizada y asustada. Sin embargo, no permanece en aquel espanto, sino que empieza a purificarse y a humillarse y a postrarse ante el Señor y estas luces se hacen más fuertes y más frecuentes; cuanto más cristalina se hace el alma, tanto más penetrantes son estas luces. Sin embargo, si el alma ha respondido fiel y resueltamente a estas primeras gracias, Dios la llena con sus consuelos y se entrega a ella de modo sensible. Entonces el alma entra casi en relación de intimidad con Dios y se alegra enormemente; piensa que ya ha alcanzado el grado designado de perfección, ya que los errores y los defectos están dormidos en ella y piensa que ya no los tiene. Nada le parece difícil, está preparada para todo. Empieza a sumergirse en Dios y a disfrutar de las delicias de Dios. Es llevada por la gracia y no se da cuenta en absoluto de que puede llegar el momento de la prueba y de la lucha. Y en realidad, este estado no dura mucho tiempo. Llegarán otros momentos, pero debo mencionar que el alma responde con más fidelidad a la gracia de Dios si tiene un confesor experimentado a quien confía todo.

         Y ahora nos habla de las pruebas enviadas por Dios a un alma particularmente amada, de las tentaciones y oscuridades, de Satanás.
         El amor del alma no es todavía como Dios lo desea. De repente el alma pierde la presencia de Dios. Se manifiestan en ella distintas faltas y errores, con los cuales tiene que llevar a cabo una lucha encarnizada. Todos los errores levantan la cabeza, pero su vigilancia es grande. En el lugar de la anterior presencia de Dios, ha entrado la aspereza y la sequía espiritual, no encuentra satisfacción en los ejercicios espirituales, no puede rezar, ni como antes, ni como oraba ahora. Lucha por todas partes y no encuentra satisfacción. Dios se le ha escondido y ella no encuentra satisfacción en las criaturas y ninguna criatura sabe consolarla. El alma desea a Dios apasionadamente, pero ve su propia miseria, empieza a sentir la justicia de Dios. Ve como si hubiera perdido todos los dones de Dios, su mente está como nublada, la oscuridad envuelve toda su alma, empieza un tormento inconcebible. El alma se hunde en la inquietud. Satanás comienza su obra.

viernes, 10 de noviembre de 2017

DIARIO DE SANTA FAUSTINA 7

DIARIO DE SANTA FAUSTINA 7
         Un día Jesús me dijo: “No vives para ti, sino para las almas. Otras almas se beneficiarán de tus sufrimientos. Tus prolongados sufrimientos les darán luz y fuerza para aceptar mi Voluntad.”
         El sufrimiento más grande para mí era la impresión de que mis oraciones y mis buenas obras no agradaban al Señor. No me atrevía a mirar hacia el cielo. Eso me producía un sufrimiento tan grande que la Madre Superiora me decía: Pida a Dios, hermana, gracia y consolación, porque usted suscita compasión, no sé qué hacer con usted. Le ordeno no afligirse por nada.
Sin embargo, esto no me daba alivio. Una oscuridad aún más densa me ocultaba a Dios. Perdí la esperanza. La noche era cada vez más oscura. Aun así, mi confesor me dijo: Yo veo en usted, hermana, unas gracias particulares y estoy  completamente tranquilo por usted. ¿Por qué pues, se atormenta tanto? Encontrándose en ese estado agrada más a Dios que si estuviera inundada de las más grandes consolaciones. Qué gracia tan grande de Dios que usted, en el actual estado de tormentos espirituales en que se encuentra, no ofenda a Dios, sino que trate de ejercitarse en las virtudes. Yo observo su alma, veo en ella grandes planes de Dios y gracias especiales y doy gracias al Señor.
Yo no entendía nada por aquel momento. Mi alma se encontraba en suplicios y tormentos inexpresables. Imitaba al ciego que se fía de su guía y agarra con fuerza su mano y ni por un momento me alejaba de la obediencia, que era mi tabla de salvación en la prueba de fuego.
Sólo Jesús sabe cuán pesado y difícil es cumplir con sus deberes cuando el alma se encuentra en ese estado de tormentos interiores, las fuerzas físicas están debilitadas y la mente ofuscada. Y me repetía en el silencio de mi corazón: No retrasaré ni un solo paso para seguirte, aunque las espinas hieran mis pies.

         Jesús, Verdad Eterna, Vida nuestra, te suplico e imploro tu misericordia para los pobres pecadores. Dulcísimo Corazón de mi Señor, lleno de piedad y de misericordia, de donde brotaron rayos y gracias inconcebibles sobre toda la raza humana, te pido luz para los pobres pecadores. Recuerda tu amarga Pasión y no permitas que se pierdan almas redimidas con tan Preciosa y Santísima Sangre tuya. Cuando considero el alto precio de tu Sangre, me regocijo en su inmensidad, porque una sola gota habría bastado para salvar a todos los pecadores. Aunque el pecado es un abismo de maldad e ingratitud, el precio pagado por nosotros jamás podrá ser igualado. Por lo tanto, haz que cada alma confíe en la Pasión del Señor y que ponga su esperanza en su misericordia. Dios no le negará su misericordia a nadie. El cielo y la tierra podrán cambiar, pero jamás se agotará la misericordia de Dios.
A pesar de la noche oscura en torno mío y de las nubes sombrías que me cubren el horizonte, sé que el sol no se apaga. Señor, aunque no te puedo comprender ni entiendo tu actuación, confío en tu misericordia. Si es tu Voluntad, Señor, que yo viva siempre en tal oscuridad, seas bendito. Te pido una sola cosa: no dejes que te ofenda de ningún modo. Jesús mío, sólo Tú conoces las añoranzas y los sufrimientos de mi corazón. Me alegro de poder sufrir, aunque sea un poco, por Ti. Cuando siento que el sufrimiento supera mis fuerzas, entonces me refugio en el Señor en el Santísimo Sacramento y un profundo silencio es mi oración.
         Mi mente estaba extrañamente oscurecida, ninguna verdad me parecía clara. Cuando me hablaban de Dios, mi corazón era como una roca. No lograba sacar de él ni un solo sentimiento de amor hacia Él. Cuando con un acto de voluntad trataba de permanecer junto a Dios, experimentaba grandes tormentos y me parecía que con ello causaba una ira mayor de Dios. No podía absolutamente meditar tal y como meditaba anteriormente. Sentía un gran vacío en mi alma y no conseguía llenarlo con nada. Empecé a sentir el hambre y el anhelo de Dios, pero veía toda mi impotencia. Trataba de leer despacio para meditar, pero no comprendía nada de lo que leía. Delante de los ojos de mi alma estaba constantemente todo el abismo de mi miseria. Cuando iba a la capilla, experimentaba aún más tormentos y tentaciones. A veces, durante toda la Santa Misa, luchaba con los pensamientos blasfemos que trataban de salir de mis labios. Sentía aversión por los Santos Sacramentos, me parecía que no sacaba de ellos ningún beneficio. Me acercaba al confesor solamente por obediencia y esa ciega obediencia era para mí el único camino que debía seguir, mi tabla de salvación. Y él me decía que Dios me amaba inmensamente y por la confianza que tenía en mí, me visitaba con esas pruebas. Pero sus palabras no me consolaban. Me parecía agonizar con aquellos dolores. El pensamiento que más me atormentaba era que yo era rechazada por Dios. Luego me venían otros pensamientos: ¿Para qué empeñarme en las virtudes y en buenas obras? ¿Para qué mortificarme y anonadarme? ¿Para qué hacer votos? ¿Para qué rezar?
Terriblemente atormentada por estos sufrimientos, entré en la capilla y le dije: Jesús, haz conmigo lo que te plazca. Yo te adoraré en todas partes.
De repente, vi a Jesús que me dijo: “Yo estoy siempre en tu corazón”. Un gozo inconcebible inundó mi alma e inflamó de amor mi pobre corazón. Veo que Dios nunca permite sufrimientos por encima de lo que podemos soportar. No temo nada; si manda al alma grandes tribulaciones, la sostiene con una gracia aún mayor, aunque no la notamos para nada. Un solo acto de confianza en tal momento, da más gloria a Dios que muchas horas pasadas en el gozo de consolaciones durante la oración. Ahora veo que si Dios quiere mantener a un alma en la oscuridad, no la iluminará nada.

viernes, 3 de noviembre de 2017

DIARIO DE SANTA FAUSTINA 6


 DIARIO DE SANTA FAUSTINA 6
         A propósito de haber celebrado recientemente el día de los fieles difuntos, nos viene muy bien esta parte del Diario de Santa Faustina:
         “Una noche vino a visitarme una de nuestras hermanas que había muerto hacía dos meses. Era una de las hermanas del coro. La vi en un estado terrible. Toda en llamas, con la cara dolorosamente torcida. La visión duró un breve instante y desapareció. Un escalofrío traspasó mi alma y aunque no sabía dónde sufría, en el purgatorio o en el infierno, no obstante redoblé mis plegarias por ella. La noche siguiente vino de nuevo, pero la vi en un estado aún más espantoso, entre llamas más terribles, en su cara se notaba la desesperación. Me sorprendí mucho de que después de las plegarias que había ofrecido por ella, estuviera en un estado más espantoso y le pregunté: ¿No te han ayudado mis oraciones? Me contestó que no le habían ayudado nada y que no le iban a ayudar. Y le pregunté: Y las oraciones que toda la Congregación ofreció por ti, ¿tampoco te ha ayudado? Me contestó que no, que aquellas oraciones habían aprovechado a otras almas. Y le dije: Si mis plegarias no te ayudan nada, hermana, te ruego que no vengas a verme. Y desapareció inmediatamente. Sin embargo, yo no dejé de rezar. Después de algún tiempo volvió a visitarme de noche, pero en un estado distinto. No estaba entre llamas como antes y su rostro era radiante, los ojos le brillaban de alegría y me dijo que yo tenía un amor verdadero al prójimo, que muchas almas se habían aprovechado de mis plegarias y me animó a no dejar de interceder por las almas que sufrían en el Purgatorio y me dijo que ella no iba a permanecer ya mucho tiempo en él. ¡Verdaderamente los juicios de Dios son misteriosos!

         Otra vez oí en mi alma esta voz: Haz una novena por la patria. La novena consistirá en las letanías de todos los santos. Pide el permiso al confesor.
Durante la confesión siguiente obtuve el permiso y por la noche empecé en seguida la novena.
Terminando las letanías vi una gran claridad y en ella a Dios Padre. Entre la luz y la tierra vi a Jesús clavado en la cruz, de tal forma que Dios, deseando mirar hacia la tierra, tenía que mirar a través de las heridas de Jesús. Y entendía que Dios bendecía la tierra en consideración a Jesús.

         La primera enseñanza que podemos sacar es la constancia en rezar por las almas, en este caso por las del Purgatorio. Sólo Dios sabe el alcance de nuestras oraciones y lo que cuenta con ellas para salvar a las almas. En nuestras manos está el poder ayudar a tantas… En esto consiste el amor verdadero al prójimo: en hacerles un bien para toda la eternidad.
         Y si nuestra oración se la ofrecemos al Padre a través de Nuestro Señor Jesucristo, su Hijo muy amado, Él la recibirá a través de sus heridas, que para Él son tan preciosas y por las que lo da todo por nosotros y nada nos puede negar.

         Sigue diciéndonos Santa Faustina: ¡Oh vida gris y monótona, cuántos tesoros encierras! Ninguna hora se parece a la otra, pues la tristeza y la monotonía desaparecen cuando miro todo con los ojos de la fe. La gracia que hay para mí en esta hora no se repetirá en la hora siguiente. Me será dada en la hora siguiente, pero no será ya la misma. El  tiempo pasa y no vuelve nunca. Lo que contiene en sí no cambiará jamás; lo sella con el sello para la eternidad.

         Y fijaos bien en el relato que viene, para que aprendamos cómo Dios nos manifiesta su Voluntad, pero tenemos que abrir bien los ojos para descubrirla:
         Un día la Madre Superiora, deseando complacerme, me dio permiso de ir, en compañía de otra hermana a hacer el llamado “paseo de los caminitos”. Me alegré mucho. Debíamos ir en barco a pesar de que estaba tan cerca. Por la noche me dijo Jesús: “Yo deseo que te quedes en casa”. Le contesté: Jesús, ya está todo preparado, debemos salir por la mañana, ¿qué voy a hacer ahora? Y el Señor me contestó: “Esta excursión causará daño a tu alma”. Le dije: Tú puedes remediarlo siempre, dispón las circunstancias de tal forma, que se haga tu Voluntad.
En ese momento se oyó la campanilla para el descanso. Con una mirada, saludé a Jesús y fui a la celda.
Por la mañana hacía un día hermoso. Mi compañera se alegraba pensando que tendríamos una gran satisfacción, que podríamos visitar todo, pero yo estaba segura de que no saldríamos, aunque hasta el momento no había ningún obstáculo que nos lo impidiera. Primero debíamos recibir la Santa Comunión y salir en seguida después de la acción de gracias.
De repente, durante la Santa Comunión, la espléndida mañana que hacía cambió completamente. Sin saber de dónde, vinieron las nubes y cubrieron todo el cielo y empezó una lluvia torrencial. Todos se extrañaban, ya que había amanecido un día tan hermoso. ¿Quién podría esperar la lluvia y que cambiara así en tan poco tiempo?
La Madre Superiora me dijo: Cuánto siento que uds., hermanas, no puedan ir. Contesté: Querida Madre, no importa que no podamos ir, la Voluntad de Dios es que nos quedemos en casa. Sin embargo, nadie sabía que era un claro deseo de Jesús que yo me quedara en casa. Pasé todo el día en el recogimiento y la meditación, agradeciendo al Señor por haberme hecho quedar en casa. En aquel día, Dios me concedió muchas consolaciones celestiales.

         ¡Estos son los caminos de Dios! Él sabe lo que nos conviene y aunque no nos hable tan directamente como a Santa Faustina, dispone de igual forma las cosas para evitar aquello que nos pueden hacer daño a nuestras almas, aunque nosotros ni siquiera lo sospechemos y, por el contrario, favorece aquello que nos pueda hacer el bien. Sólo tenemos que confiar y dejarnos llevar por Él.

viernes, 27 de octubre de 2017

DIARIO DE SANTA FAUSTINA 5

DIARIO DE SANTA FAUSTINA 5
En esta parte del Diario, Santa Faustina escribe los consejos espirituales que recibió de su confesor en diferentes confesiones:
Hermana, ud. no debe evitar estas inspiraciones interiores, sino que debe decir siempre todo al confesor. Si reconoce que estas inspiraciones interiores son provechosas para su alma o para otras almas, sígalas y no las descuide.
Si estas inspiraciones no concuerdan con la fe y con el espíritu de la Iglesia, se deben rechazar inmediatamente, porque vienen del espíritu maligno.
Dios está preparándole muchas gracias especiales, pero procure que su vida sea pura como las lágrimas delante del Señor, sin hacer caso a lo que puedan pensar de ud. Que le baste Dios. Sólo Él.
Camine por la vida haciendo el bien para que yo pueda escribir en las páginas de su vida: Vivió haciendo el bien.
Procure que quien trate con ud., se aleje feliz. Difunda a su alrededor la fragancia de la felicidad, porque de Dios ha recibido mucho y por eso sea generosa con los demás. Que todos puedan alejarse de ud. felices, aunque hayan apenas rozado el borde de su túnica.
Permita que el Señor empuje la barca de su vida a la profundidad insondable de la vida interior.
Quizá hasta aquí podríamos hacer una reflexión, partiendo de esta última idea. El núcleo de nuestra vida, de donde parta todo, debe ser nuestra vida interior. Sin ella, estaremos secos, nada tendremos que ofrecer a los demás.
Debemos interiorizar, llegar a lo más profundo de nuestro ser, donde habita Dios de una manera permanente, porque es allí donde Dios se nos va a comunicar, donde nos va a hablar. Lógicamente, el clima para hacer esto es la oración, aunque también a lo largo del día, si vivimos en un tono de recogimiento de los sentidos, si no queremos escucharlo todo, verlo todo, hablarlo todo…, Dios nos seguirá inspirando para que conozcamos en todo momento el camino por el que Él nos quiere llevar. Y ante la duda de aquello que sintamos como inspiración, podemos seguir estos criterios: si las inspiraciones nos resultan provechosas para nuestra alma o para la de los demás; si concuerdan con la fe y el espíritu de la Iglesia.
Dios nos quiere hacer ricos en gracias para nosotros y para los demás, pero para ello tenemos que ofrecerle un corazón puro y limpio, porque sólo los limpios de corazón pueden ver a Dios.
Sólo así podremos vivir haciendo el bien, sólo así podremos vivir una vida feliz; sólo así podremos conseguir que los que se acerquen al borde de nuestra túnica queden contagiados con esta felicidad que viene de Dios.

         Continuamos con otro de los consejos que recibió Santa Faustina:
Que su alma, hermana, se distinga particularmente por la sencillez y la humildad. Camine por la vida como una niña, siempre confiada, siempre llena de sencillez y humildad, contenta de todo, feliz de todo. Allí donde otras almas se asustan, usted, hermana, pase tranquilamente gracias a la sencillez y la humildad. Recuerde para toda la vida que como las aguas descienden de las montañas a los valles, las gracias del Señor descienden sólo sobre las almas humildes.

         Respecto a esta virtud de la humildad, dice Santa Faustina:
Sé bien lo que soy por mí misma, porque Jesús descubrió a los ojos de mi alma todo el abismo de mi miseria y por lo tanto, me doy cuenta perfectamente de que todo lo que hay de bueno en mi alma es sólo su santa gracia. El conocimiento de mi miseria me permite conocer al mismo tiempo el abismo de Tu misericordia.
Oh Dios, cuanto más te conozco, tanto menos te puedo entender, pero esa incapacidad de comprenderte, me permite conocer lo grande que eres. Y esa incapacidad de comprenderte incendia mi corazón hacia Ti como una nueva llama. Desde el momento que permitiste sumergir la mirada de mi alma en Ti, descanso y no deseo nada más. He encontrado mi destino. Tú eres el objeto de mi amor. Todo es nada en comparación Contigo. Los sufrimientos, las contrariedades, las humillaciones, los fracasos…, son espinas que incendian mi amor hacia Ti, Jesús.
         Es la misma experiencia que tuvo San Pablo y que le llevó a decir: ¿Quién me separará del amor de Cristo?
         Y la misma experiencia de María a los pies de Jesús, que supo dejar las demás cosas para ocuparse de la única que es importante.
         Ay Marta, Marta, ¡cuántas Martas hay en mi vida! Cuántas preocupaciones inútiles que nos quitan la paz del alma, que enturbian nuestra imaginación y no nos dejan entrar en lo profundo de nuestra alma, donde sumergiendo la mirada encontraremos a Cristo, el único que vale la pena, el único que merece que lo dejemos todo por Él.
Cuando descubramos así a Cristo en nuestra vida, entenderemos como Santa Faustina, que todo lo demás son espinas que incendian mi amor hacia Jesús. Y podremos decir con ella:
Locos e irrealizables son mis anhelos. Deseo ocultarte que estoy sufriendo. No quiero ser recompensada jamás por mis esfuerzos y mis buenas obras. Oh Jesús, Tú mismo eres mi recompensa. Tú me bastas, oh tesoro de mi corazón. Deseo compartir los sufrimientos del prójimo, esconder mis sufrimientos en mi corazón. Porque el sufrimiento es una gracia. A través del sufrimiento el alma se hace semejante al Salvador, el amor se cristaliza en el sufrimiento. Cuanto más grande es el sufrimiento, tanto más puro se hace el amor.
         Pidamos, pues, que Dios no escatime en los sufrimientos que permita en nuestras vidas, que nos dé la gracia para que tales sufrimientos no nos hagan renegar ni alejarnos de Dios, sino que por el contrario, nos dé las fuerzas para soportarlos con paciencia y con amor y podamos sacar el provecho para el que Dios nos los envía.

viernes, 20 de octubre de 2017

DIARIO DE SANTA FAUSTINA 4


DIARIO DE SANTA FAUSTINA 4
         Una vez vi a un siervo de Dios en peligro de caer en pecado grave. Empecé a pedir a Dios que me cargara con todos los tormentos del infierno, todos los sufrimientos que quisiera, pero que liberase a ese sacerdote y lo alejara del peligro de cometer el pecado. Jesús escuchó mi súplica y en un momento sentí en la cabeza la corona de espinas. Las espinas de la corona penetraron hasta mi cerebro. Esto duró tres horas. El siervo de Dios fue liberado de aquel pecado y Dios fortaleció su alma con una gracia especial.
A menudo sentía la Pasión del Señor Jesús en mi cuerpo; aunque esto era invisible y me alegro de eso, porque Jesús quiere que sea así. Eso duraba muy poco tiempo. Estos sufrimientos incendiaban mi alma con un fuego de amor hacia Dios y hacia las almas inmortales. El amor soportará todo, el amor continuará después de la muerte, el amor no teme a nada…

         Al anochecer, estando en mi celda, vi al Señor Jesús vestido con una túnica blanca. Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho. De la abertura de la túnica en el pecho salían dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido. En silencio, atentamente miraba al Señor; mi alma estaba llena de temor, pero también de una gran alegría. Después de un momento Jesús me dijo: “Pinta una imagen según el modelo que ves y firma: Jesús, en Ti confío. Deseo que esta imagen sea venerada primero en la capilla y luego en el mundo entero.
Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. También prometo, ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos y sobre todo a la hora de la muerte. Yo mismo la defenderé como mi Gloria”.
Cuando se lo conté al confesor, él me dio como respuesta que Cristo se refería a que pintara la imagen de Dios en mi alma. Pero cuando salí del confesionario, oí nuevamente estas palabras: “Mi imagen está en tu alma.  Deseo que haya fiesta de la Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel, sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la fiesta de la Misericordia.
Deseo que los sacerdotes proclamen esta gran misericordia que tengo hacia las almas pecadoras. Que el pecador no tenga miedo de acercarse a Mí. Me queman las llamas de la misericordia, deseo derramarlas sobre las almas humanas.
La desconfianza de las almas desgarra mis entrañas. Aún más me duele la desconfianza de las almas elegidas; a pesar de mi amor inagotable no confían en Mí. Ni siquiera mi muerte ha sido suficiente para ellas. ¡Ay de las almas que abusen de ella!”
Cuando le conté a la Madre Superiora lo que Dios me pedía, me contestó que Jesús debía explicarlo más claramente a través de alguna señal.
Cuando pedí al Señor Jesús alguna señal como prueba de que verdaderamente Él era Dios y Señor mío y de que de Él venían estas peticiones, entonces dentro de mí oí esta voz: “Lo haré conocer a las Superioras a través de las gracias que concederé por medio de esta imagen”.
Cansadísima por las múltiples dificultades que tenía por el hecho de que Jesús me hablaba y exigía que fuese pintada la imagen, decidí pedir a mi director espiritual que me dispensara de estas inspiraciones interiores y de la obligación de pintar la imagen. Pero al escucharme en confesión, me dio la siguiente respuesta: No la dispenso de nada, hermana y no le está permitido sustraerse a estas inspiraciones interiores, sino que debe decir todo al confesor, eso es necesario, absolutamente necesario, porque de lo contrario se desviará a pesar de estas grandes gracias del Señor. De momento usted se confiesa conmigo, pero ha de saber que debe tener un confesor permanente, es decir, un director espiritual.
Me afligí muchísimo. Pensaba poder liberarme de todo y había pasado todo lo contrario: una orden clara de seguir las demandas de Jesús. Le pido a Jesús que conceda estas gracias a otra persona, porque yo no sé aprovecharlas y solamente las malgasto. Jesús, ten compasión de mí, no me encomiendes cosas tan grandes, ves que soy un puñado de polvo inútil.

         ¿Qué podemos aprender hoy del Diario de Santa Faustina?
Primero, la importancia del ofrecimiento del sufrimiento para colaborar con Cristo en la salvación de las almas y hacerles llegar los méritos y gracias que nos alcanzó a todos con su Pasión. Seguramente no tengamos la visión del alma que necesita de nuestro sufrimiento y oración en ese momento, y mucho menos podamos ver el cambio de actitud que pueden experimentar gracias a nuestro ofrecimiento, pero sí es seguro que Dios, a través nuestro, puede salvar a muchas almas de la condenación eterna. Él sí sabe el caso particular de cada uno, y sabe distribuir las gracias según las necesidades de cada uno.
Por otra parte, el relato de la visión donde Jesús le pide a Faustina que pinte el cuadro, nos desvela que Él desea que nos salvemos, desea darnos a conocer su infinita misericordia. Así se lo expresó a Santa Faustina, así es la imagen con la que quiso inmortalizar esa expresión de su infinito amor. Pero requiere nuestra colaboración. Él quiere que esos rayos que llevan infinidad de gracias para cada uno, lleguen a través nuestro. Por muchas dificultades que encontremos, igual que las encontró Santa Faustina, debemos perseverar, hacer conocer al mundo que no hay perdición si nos agarramos a Cristo, que hay esperanza, que el pecado y la muerte no tienen la última palabra, que Cristo ha muerto para que nosotros vivamos, que sufre indeciblemente porque las almas se empecinan en darle la espalda, como el mal ladrón, que teniendo la oportunidad tan cerca no la supo aprovechar. Le queman las llamas de misericordia, como Él mismo dice. Ojalá que Santa Faustina nos ayude a ser apóstoles de la misericordia cada uno en nuestro entorno y así apaguemos estas llamas de su Corazón.

sábado, 14 de octubre de 2017

MEDITACIÓN SOBRE EL DIARIO DE SANTA FAUSTINA 3



DIARIO DE SANTA FAUSTINA 3

         Una vez estaba yo reflexionando sobre la Santísima Trinidad, sobre la esencia divina. Quería penetrar y conocer quién era este Dios. En un instante, mi espíritu fue llevado como al otro mundo, vi un resplandor inaccesible y en él como tres fuentes de caridad que no llegaba a comprender. De este resplandor salían palabras en forma de rayos y rodeaban el cielo y la tierra. De repente, del mar del resplandor salió nuestro amado Salvador, de una belleza inconcebible, con las llagas resplandecientes. Y se oyó la voz: “Quién es Dios en su esencia, nadie lo sabrá, ni una mente angélica, ni humana. Trata de conocer a Dios a través de meditar sus atributos.” Después Jesús trazó con la mano la señal de la cruz y desapareció.
         En otra ocasión, fui llamada al juicio de Dios. Me presenté delante del Señor, a solas. Jesús se veía como durante la Pasión. Después de un momento, estas heridas desaparecieron y quedaron sólo cinco: en las manos, en los pies y en el costado. Inmediatamente vi todo el estado de mi alma tal y como Dios la ve. Vi claramente todo lo que no agrada a Dios. No sabía que hay que rendir cuentas ante el Señor, incluso de las faltas más pequeñas. ¡Qué momento! ¿Quién podrá describirlo? Presentarse delante del tres veces Santo. Jesús me preguntó: ¿Quién eres? Contesté: Soy tu sierva, Señor. “Tienes la deuda de un día de fuego en el Purgatorio”. Quise arrojarme inmediatamente a las llamas del fuego del Purgatorio, pero Jesús me detuvo y me dijo: “¿Qué prefieres, sufrir ahora durante un día o durante un breve tiempo en la tierra?” Contesté: Jesús, quiero sufrir en el Purgatorio y quiero sufrir en la tierra los más grandes tormentos, aunque sea hasta el fin del mundo. Jesús dijo: “Es suficiente una cosa. Bajarás a la tierra y sufrirás mucho, pero durante poco tiempo y cumplirás mi Voluntad y mis deseos. Un fiel siervo mío te ayudará a cumplirla. Ahora, pon la cabeza sobre mi pecho, sobre mi Corazón y de Él toma fuerza y fortaleza para todos los sufrimientos, porque no encontrarás alivio, ni ayuda, ni consuelo en ninguna otra parte. Debes saber, que vas a sufrir mucho, mucho, pero que esto no te asuste. Yo estoy contigo.”
Poco después de este suceso, enfermé. Las dolencias físicas fueron para mí una escuela de paciencia. Sólo Jesús sabe cuántos esfuerzos de voluntad tuve que hacer para cumplir los deberes.
Jesús, cuando quiere purificar un alma, utiliza los instrumentos que Él quiere. Mi alma se siente completamente abandonada por las criaturas. A veces, la intención más pura es interpretada mal por las hermanas. Este sufrimiento es muy doloroso, pero Dios lo permite y hay que aceptarlo, ya que a través de ello nos hacemos más semejantes a Jesús.
Yo les informaba de todo a mis Superioras y ellas no creían en mis palabras.
Sin embargo, la gracia de Dios me perseguía a cada paso, y cuando menos lo esperaba, Dios me hablaba.
         Un día, Jesús me dijo que iba a castigar una ciudad, la más bonita de mi patria, con un castigo semejante al de Sodoma y Gomorra. Vi la gran ira de Dios y un escalofrío traspasó mi corazón. Rogué en silencio. Un momento después, Jesús me dijo: “Niña mía, durante el sacrificio, únete estrechamente Conmigo y ofrece al Padre Celestial mi Sangre y mis Llagas como expiación de los pecados de esta ciudad. Repítelo ininterrumpidamente durante toda la Santa Misa. Hazlo durante siete días”. Al séptimo día vi a Jesús en una nube clara y me puse a pedir que Jesús mirara a aquella ciudad y todo nuestro país. Jesús me miró con bondad y me dijo: “Por ti bendigo al país entero”. Y con la mano hizo una gran señal de la cruz encima de nuestra patria.
         Cuando renové mis votos, el Señor Jesús se puso a mi lado, vestido con una túnica blanca, ceñido con un cinturón de oro y me dijo: “Te concedo el amor eterno, para que tu pureza sea intacta y para confirmar que nunca experimentarás tentaciones impuras”. Jesús se quitó el cinturón de oro y ciñó con él mis caderas. Desde entonces no experimento ninguna turbación contraria a la virtud, ni en el corazón ni en la mente. Después comprendí que era una de las gracias más grandes que la Santísima Virgen María obtuvo para mí, ya que durante muchos años le había suplicado recibirla. A partir de aquel momento tengo mayor devoción a la Madre de Dios. Ella me ha enseñado a amar interiormente a Dios y a cumplir su santa voluntad en todo. Por medio de María, Dios ha descendido a la tierra y a mi corazón.

         Enseñanzas para nosotros en el día de hoy:
-         Si queremos conocer a Dios, tenemos que meditar en sus atributos, pues aunque no podamos llegar a su esencia, sí podemos conocerle y amarle.
-         Cuando sintamos el Purgatorio que Dios permite en este mundo para cada uno de nosotros, recostarnos sobre el pecho de Jesús y sacar de su Corazón las fuerzas, el alivio y el consuelo ante todas las pruebas.
-         Jesús, cuando quiere purificar a un alma, utiliza los instrumentos que Él quiere. Muchas veces en nuestra vida no entendemos las cosas que nos pasan, pero tenemos que confiar en Él, que todo lo permite para nuestra purificación, para nuestro bien.
-         Importancia de la vivencia de la Eucaristía, en unión al sacrificio de Cristo, para alcanzar las gracias que las almas necesitan para su salvación
-         María, la gran aliada para alcanzarnos de Dios todas las gracias que necesitamos. Unirnos mucho a Ella y confiar en su protección y en su intercesión. Pedirle todo cuanto necesitemos con una total confianza.

viernes, 6 de octubre de 2017

MEDITACIÓN DIARIO DE SANTA FAUSTINA (2)


DIARIO DE SANTA FAUSTINA 2

         Al final del primer año de noviciado, mi alma empezó a oscurecer. No sentía ningún consuelo en la oración, la meditación venía con gran esfuerzo, el miedo empezó a apoderarse de mí. Penetré más profundamente en mi interior y lo único que vi fue una gran miseria. Vi también claramente la gran santidad de Dios, no me atrevía a levantar los ojos hacia Él, pero me postré como polvo a sus pies y mendigué su misericordia. Pasaron casi seis meses y el estado de mi alma no cambió nada. El sufrimiento aumentaba cada vez más y más. Se acercaba el segundo año de noviciado. Cuando pensaba que debía hacer los votos, mi alma se estremecía. No entendía lo que leía, no podía meditar. Me parecía que mi oración no agradaba a Dios. Cuando me acercaba a los Santos Sacramentos, me parecía que ofendía aún más a Dios. Dios actuaba en mi alma de modo singular. Las sencillas verdades de la fe se me hacían incomprensibles. Hubo un momento en que me vino una fuerte idea de que era rechazada por Dios. En este sufrimiento mi alma empezó a agonizar. Quería morir pero no podía. Pensaba, ¿por qué mortificarme si todo es desagradable a Dios? ¿a qué pretender las virtudes? Al decirlo a la Madre Maestra, recibí la siguiente respuesta: Debe saber, hermana, que Dios la destina para una gran santidad. Es una señal de que Dios la quiere tener en el cielo, muy cerca de Sí mismo. Hermana, confíe mucho en el Señor Jesús.
         Esta terrible idea de ser rechazados por Dios, es un tormento que en realidad sufren los condenados.
         Me presenté delante del Santísimo Sacramento y empecé a decirle: Jesús, Tú has dicho que antes olvidará una madre a su niño recién nacido que Dios olvide a su criatura. ¿Oyes, Jesús, cómo gime mi alma? En Ti confío, porque el cielo y la tierra pasarán, pero tu palabra perdura eternamente.
         Un día, al despertarme, empezó a invadirme la desesperación, la oscuridad era total en mi alma. Empezaron a apoderarse de mí temores verdaderamente mortales, las fuerzas físicas empezaron a abandonarme. Entré apresuradamente en la celda y me puse de rodillas delante del crucifijo y empecé a implorar la misericordia. Sin embargo, Jesús no oyó mis llamamientos. Caí al suelo, sufrí realmente las penas infernales. Así permanecí durante tres cuartos de hora. Quise llamar, pero la voz me faltó. Felizmente entró en la celda una de las hermanas. Al verme en tal estado, en seguida avisó a la Maestra. La Madre vino en seguida y al entrar en la celda dijo estas palabras: En nombre de la santa obediencia, levántese del suelo. Inmediatamente alguna fuerza me levantó del suelo. La Madre me explicó que era una prueba de Dios. Hermana, me dijo, tenga una gran confianza, Dios es siempre Padre aunque somete a pruebas.
         Durante la noche me visitó la Madre de Dios con el Niño Jesús en brazos. La alegría llenó mi alma y dije: Madre mía, ¿sabes cuánto sufro? Y la Madre de Dios me contestó: Yo sé cuánto sufres, pero no tengas miedo, porque Yo comparto contigo tu sufrimiento y siempre lo compartiré.
Sonrió cordialmente y desapareció. En seguida mi alma se llenó de fuerza y de gran valor. Sin embargo, eso duró apenas un día. Como si el infierno se hubiera conjurado contra mí, un gran odio empezó a irrumpir en mi alma, odio hacia todo lo santo y divino. Me parecía que estos tormentos iban a formar parte de mi existencia por siempre. Me dirigí al Santísimo Sacramento y le dije a Jesús: Amado de mi alma, ¿no ves que mi alma está muriendo anhelándote? ¿Cómo puedes ocultarte tanto a un corazón que te ama con tanta sinceridad? Perdóname, Jesús, que se haga tu Voluntad en mí. Voy a sufrir en silencio, no voy a permitir a mi corazón ni un solo gemido.
         Así pasé mi noviciado. El sufrimiento no disminuyó en nada y las fuerzas físicas cada vez eran menos.
El Viernes Santo, Jesús llevó mi corazón al  ardor mismo del amor. De inmediato me penetró la presencia de Dios. Me olvidé de todo. Jesús me hizo conocer cuánto ha sufrido por mí. Oí en mi alma estas palabras: Tú eres mi alegría, tú eres el deleite de mi corazón. A partir de aquel momento, sentí dentro de mí a la Santísima Trinidad. De modo sensible me sentía inundada por la luz divina.
Jesús me dijo: Ve a la Madre Superiora y dile que te permita llevar el cilicio durante siete días y durante la noche te levantarás una vez y vendrás a la capilla.
Pero al decírselo a la Madre Superiora, ésta le contestó: No le permito llevar ningún cilicio. En absoluto. Si el Señor Jesús le da la fuerza de un gigante, yo le permitiré estas mortificaciones.
Entonces Jesús le dijo: Estuve aquí durante la conversación con la Superiora y sé todo. No exijo tus mortificaciones, sino la obediencia. Con ella me das una gran gloria y adquieres méritos para ti.

         Qué enseñanzas podemos sacar de estos episodios de la vida de Santa Faustina:

         Primera: Ella vivió la realidad de estas palabras: Jesucristo aprendió, sufriendo, a obedecer, como se nos dice en la epístola a los Hebreos.
Y éste es el camino que hemos de seguir nosotros: el del sufrimiento. No podemos esperar otra cosa siguiendo a tal Maestro. Si Él sufrió, nosotros debemos sufrir con Él, para entender su propio sufrimiento y entender así el nuestro, el que Dios permita en nuestra vida. Sufrimiento que puede ser físico, por una enfermedad, o moral. O puede ser sufrimiento espiritual, en la oración, incluso con dudas sobre nuestra fe, como le ocurrió a Santa Faustina.
Segundo: Medios para combatir este sufrimiento: Confiar en Dios, acudir insistentemente a Él, pidiéndole ayuda, sabiendo que son pruebas que Dios permite, cuyo fin es hacernos crecer en santidad, acercarnos al Cielo y alcanzar muchas gracias para nosotros y nuestras familias.
Y acercarnos a María, que sufre con nosotros y no nos abandona en nuestras necesidades y comparte nuestros sufrimientos para darnos las fuerzas que necesitamos.