viernes, 9 de junio de 2017

CONTEMPLACIÓNM PARA ALCANZAR AMOR.


EJERCICIOS ESPIRITUALES 31
         Contemplación para alcanzar amor.
Esta contemplación es la recapitulación de todo lo que hemos vivido en la experiencia de estos Ejercicios. Quien se ha dejado transformar por el conocimiento interno del Señor, quien se ha identificado con Él y se ha dejado afectar por los Misterios de la vida del Señor, vivirá la realidad de forma nueva. Será capaz de hallar a Dios en todas las cosas. Estará llamado a ser contemplativo en la acción. Éste es un nuevo modo de ser y de estar en el mundo: la de vivir en amor a Dios y servicio a los hombres, sabiendo encontrarse con Dios en cada momento de la vida. Ahora estamos capacitados para ver y hallar a Dios en todas las cosas. No me pide Dios que cambie de vida, sino que en ésta que llevo, sea capaz de descubrirle en todo y en todos.
Debo ver toda la realidad transformada por el amor.
         En estos Ejercicios hemos subido con Cristo, hemos volado con Él a través de los Misterios de su vida. Ahora nos toca tomar tierra.
El que subió y el que baja, es distinto. No puedo ser ni ver las cosas de la misma forma que antes.
Recordamos: Contigo y como Tú.
Cristo ya bajó en la Encarnación. Ahora nos toca bajar a nosotros.
Tenemos que vivir la intimidad con Él que hemos mantenido a través de todas las contemplaciones, en medio del mundo, en medio de las tareas que realizamos cada día.
La experiencia de oración nos debe haber creado una dependencia. El seguir orando nos va a permitir respirar. La vida del Espíritu nos hace equilibrados entre la vida contemplativa y la acción. Es un modo nuevo de vivir.
Mi vida debe quedar configurada en el amor a Dios y en el servicio a los hombres.
Debo ver la huella de Dios en todo.
El respeto a la naturaleza, por ejemplo, no nos viene por ecologistas, sino por ver en todo lo que contemplamos la huella de Dios. Mucho más aún en el hombre, al que hay que mirar con actitud positiva, con esperanza.
         Recordamos la meditación que tuvimos sobre el Principio y Fundamento: Hemos sido creados para amar, alabar, hacer reverencia, glorificar y servir a Dios.
Y esto lo tenemos que tener muy claro y refrescarlo de vez en cuando para no tener intenciones torcidas.
Con esta contemplación para alcanzar el amor vuelvo otra vez al Principio y Fundamento. Y así me muevo en un círculo, que no es otro que un círculo de amor. De Dios vengo por amor y a Dios voy por amor. Amo y soy amado por Él.
Y sé que el amor que comienza en el corazón, termina en las obras, pues de lo contrario no resulta creíble.
Petición: conocimiento interno de tanto bien recibido.
Vamos a seguir unos pasos para esta contemplación.   
         Primero: debo interiorizar, para comprender y agradecer todo lo que Dios ha hecho en mi vida. Hacer un repaso tranquilo y suave, para reconocer su mano en todo lo que me ha pasado, porque lo haya querido o porque lo haya permitido. Traerlo todo al presente. Hay muchas cosas que no he hecho bien, y que aún no me he perdonado. Las tengo archivadas y me sigo castigando por ellas. Pero Dios sí que las ha perdonado y olvidado incluso. Pedir la gracia de verme como Dios me ve y amarme y perdonarme como Dios me ama y me perdona.
         Esto me lleva a otro paso, que es el de sentirme interpelado, es decir, lo que yo de mi parte debo ofrecerle y darle. Los dones que Dios me da, piden mi correspondencia en amor y servicio. Porque el que ama, intercambia todo lo que tiene. El amor de Dios impacta y saca lo mejor de mí.    Y me lleva a comprometerme: entregarle mi vida.
         Otro paso es de contemplar a Dios en todas sus criaturas. Verle dándose en la Creación. Todo es don de Dios. Todo me habla de su amor por mí. Todo lo ha puesto para mí. Dios ha dejado todo vestido de su Hermosura. En sus dones está presente el mismo Dios.
Esto hace que yo también me dé y comprenda que lo importante no son las cosas que hago, sino el amor que pongo en lo que hago. Un acto de amor puro vale más que mil obras. Las cosas valen por el amor que se pone en ellas. En cada cosa tengo que poner alma, vida y corazón.
         Contemplo también que Dios trabaja en mí y por mí. Él desea y busca lo mejor de la persona a quien ama. Dios actúa para mí en cada momento. En todos los acontecimientos se manifiesta su presencia.
Comprender que las cosas no dependen de mí. Dios me lo da y me lo comunica todo desde arriba.

         Empeñarme en esta contemplación, porque de ella depende que salgamos a la vida transformados.

         Terminar con esta oración: Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. Vos me lo disteis, a Vos Señor lo torno; todo es vuestro, disponed de todo a vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.

viernes, 2 de junio de 2017

PENTECOSTÉS. Charla semanal

EJERCICIOS ESPIRITUALES 30

         Probablemente, aún el Espíritu Santo sea el gran desconocido en nuestra vida o, cuando menos, no el gran conocido, siendo el que habita en nuestras almas.
Hoy, próximos a celebrar Pentecostés, le pedimos que nos ayude a contemplarlo. Él, que ha sido durante estos Ejercicios el artífice de nuestra santificación, puesto que los Ejercicios son la obra del Espíritu Santo en nosotros. Si queremos tener vida espiritual, tenemos que dejar que el que nos habita, trabaje.
         Pedimos sentir y gustar la presencia del Espíritu de Dios en la Iglesia y en mi vida. Abrirme a sus dones transformadores, que cambian mi corazón y me fortalecen durante el camino. Tener disponibilidad, apertura, docilidad…
         Leemos el pasaje que nos narra Hch 2,1-11: “Estando todos juntos en un lugar, se produjo de repente un ruido proveniente del cielo como el de un viento que sopla impetuosamente, que invadió toda la casa… Aparecieron, como divididas, lenguas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos, quedando todos llenos del Espíritu Santo; y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según que el Espíritu les otorgaba expresarse”.
         Ya Cristo en la cruz, traspasado por nuestros pecados, entregó el Espíritu. Algunos autores interpretan ese espíritu con minúscula, como que entregó la vida. Pero otros lo interpretan y lo entienden con mayúscula, como que nos entregó el Espíritu Santo.  Con la muerte de Cristo comienza la vida del Espíritu. El mismo Jesús permanece con nosotros por medio del Espíritu Santo.
         Se representa al Espíritu Santo como un viento que sopla impetuosamente y luego como lenguas de fuego. Por medio del viento y del fuego, elementos de la naturaleza familiares al hombre, nos acercamos a la acción del Espíritu en nosotros. El Espíritu da forma y contenido a nuestra vida. Penetra en lo más hondo de nuestro corazón para destruir y arrancar las malas hierbas, las malas inclinaciones, los malos pensamientos y deseos; y para edificar y plantar las obras del Espíritu: las obras de caridad, de humildad, la obra de nuestra santificación.
Bajo el influjo del Espíritu Santo madura y se refuerza nuestra vida interior. A nosotros nos toca ser dóciles. Un cristiano maduro es el que va viviendo a impulsos del Espíritu Santo. Él hace fácil lo que para nosotros es difícil. Él nos hace digerir incluso las cosas difíciles que nos pide Dios en nuestra vida, aquello que no entendemos y que nos cuesta aceptar. Basta pedirle su intervención y ser dóciles: dejarnos guiar, dejarnos llevar por Él.
         Cuando uno vive entregado a Dios, Dios nos entrega su Espíritu.
         El Espíritu Santo es la entraña misma de nuestro ser, es el alma de nuestra alma.
Sin el Espíritu Santo, todo nos acabará cansando y desgastando.
         Si no estamos dispuestos a morir a nosotros mismos, matamos la vida del Espíritu. Él es el motor de arranque y sin Él mi vida no se mueve.
         Él modela nuestra alma según como somos cada uno, con nuestra psicología particular, con nuestro carácter peculiar, con la configuración que Dios nos ha concedido a cada uno. Por eso el camino de santidad de cada uno es único e irrepetible. El Espíritu Santo no trabaja en nosotros en serie. Santo Cura de Ars no hay más que uno. Santa Madre Teresa de Calcuta no hay más que una. Somos irrepetibles y especiales cada uno para Dios y el Espíritu Santo se empeña y se recrea en cada uno. Por eso no debemos tirar la toalla cuando vemos las virtudes y dones con que Dios ha enriquecido a los santos. El vernos lejos de ellos no es ni más ni menos que el no dejar que su gracia actúe en nosotros, porque la riqueza de sus dones no se agota y Él tiene para mí los que sólo yo necesito y Él sabe bien de lo que yo tengo necesidad. Por eso a veces la mejor oración es: Dame tu gracia, dame lo que sabes que necesito para mi santificación.
Dice San Pablo en su carta a los Romanos: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; más el mismo Espíritu aboga por nosotros con gemidos inenarrables, y el que escudriña los corazones conoce cuál es el deseo del Espíritu, porque intercede por los santos según Dios”.
Es cierto que a veces soñamos con santidades rápidas. Y la acción de Dios no funciona así. La obra de la santidad es lenta. Dios se toma su tiempo para cada cosa. Pensemos en la vida de Jesús: esperó 30 años antes de comenzar su obra apostólica.
         Entremanos nos traemos la obra de Dios y hay que dejarle que la haga a su manera: en nosotros y en el mundo, confiando en que el Espíritu está presente y obra según los designios de Dios.
Tenemos que aprender a escucharle, porque Él nos susurra: sus inspiraciones son suaves. Hay que estar atentos, orar y escuchar, pedirle humildemente su gracia y saber esperarla, porque Él, a su debido tiempo, nos la dará. Mientras tanto nos toca ser humildes y bregar con nuestras imperfecciones y pecados, pero dejándonos amasar por Él.
         Roguemos a la Santísima Virgen que nos mantenga preparados y expectantes para que, como viento impetuoso y fuego abrasador, irrumpa en nuestras vidas.

viernes, 26 de mayo de 2017

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR. Charla semanal

EJERCICIOS ESPIRITUALES 29
         Contemplamos hoy la Ascensión del Señor en Lc 24,50-53 y Hch 1,4-11. Apenas unos versículos nos lo describen: “Los llevó hasta cerca de Betania, y levantando sus manos, les bendijo, y mientras los bendecía se alejaba de ellos y era llevado al cielo. Ellos se postraron ante Él y se volvieron a Jerusalén con grande gozo. Y estaban de continuo en el templo bendiciendo a Dios”.
         En los Hechos de los Apóstoles se nos dirá que esto ocurrió en un monte llamado Olivete, el monte de los Olivos. Todos los años, en la víspera de la fiesta de la Ascensión, la cima de este monte se ve inundada de alegría. Cientos de cristianos suben a festejar el triunfo definitivo de Cristo, su marcha gloriosa a los cielos. Las laderas del monte se pueblan de cientos de tiendas de campaña para pasar la noche, de altares improvisados para las celebraciones. Arden hogueras en torno a un templete que fue hace tiempo una iglesia cristiana y que hoy es mezquita musulmana. Y a medianoche se ilumina con cánticos, incienso y diversas liturgias cristianas, aunque no todas católicas, que entrecruzan sus plegarias. En todos hay una conciencia: en este sitio, según la tradición, subió el Señor a los cielos, alejándose a la vista de los suyos.
         Pidamos que Jesús, exaltado a la derecha del Padre, nos llene de gozo y que, por medio de su Espíritu, acojamos el último encargo que nos hace: ser sus testigos, hacer presente su presencia y su obra en medio de los hombres hasta que Él vuelva.
         En este Misterio contemplamos toda la vida de Jesús, una vida gastada en amor y servicio a los hombres. Éste es el último gesto de amor que tuvo con nosotros. Su venida al mundo fue por amor, y una vez cumplido su propósito, vuelve de donde ha venido, es decir, a su Padre, el que le ha enviado. Por amor a su Padre y a los hombres viene, y por amor se va, y así entra en la gloria del Padre y está a su derecha. Así se cumple la visión del profeta Daniel, cuando dice: “A Él se le dio el imperio, el honor y el reino y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron y su dominio es dominio eterno, que no acabará y su imperio nunca desparecerá”.
         Donde ha llegado la Cabeza, que es Él, se espera que también llegue el Cuerpo, que es la Iglesia, que somos nosotros.

         Vemos en la narración de Lucas, que levantando las manos, los bendijo. Esto lo hace Jesús como sacerdote de la nueva Alianza, bendice a aquellas que ha redimido con su muerte y resurrección. Con esta bendición nos llena de sus dones.
         Como respuesta, ellos se postraron ante Él. Es el gesto de la comunidad que adora a su Señor, que le contempla, que le escucha, que le acoge.
Ante Dios, el modo de estar de un judío es tumbado, postrado en tierra, que es la postura de la humildad que le corresponde ante su Dios.
El cuerpo afecta mucho a lo espiritual. La relación cuerpo espíritu es completamente esencial. Por eso, cuando estamos cansados, cuando tenemos dolor…, la oración nos cuesta, porque nuestro cuerpo pesa mucho en nuestra relación con Dios.
Jesús ascendió en cuerpo y alma a los cielos y con nosotros se ha quedado en la Eucaristía en cuerpo, alma, sangre y divinidad, que es lo que le ofrecemos al Padre al rezar en cada Coronilla, pues es la ofrenda más agradable a Dios.
         Termina diciendo el relato de Lucas que se volvieron a Jerusalén con alegría. Vuelven a su vida con un gozo sentido y experimentado, fruto del verdadero encuentro con Cristo resucitado. ¡Qué diferente actitud de la que tenían tras la muerte de Cristo, en la que estaban escondidos, llenos de miedo, porque aún no habían tenido la experiencia de la Resurrección! Por eso nosotros, después de haberlo contemplado, de haberlo saboreado y gustado en nuestro corazón, no podemos ser los mismos. Debemos volver a la vida ordinaria, sí, con los mismos defectos, sí, con las mismas o más dificultades, pero con un gozo interior de saber que Cristo está con nosotros, resucitado, vivo, lleno de fuerza y con la promesa de que se quedará con nosotros hasta el fin. Con la certeza de que el bien es más fuerte que el mal, que la victoria de Cristo triunfa sobre el mal y sobre el pecado.

         Si pasamos a la lectura de los Hechos de los Apóstoles, escuchamos la pregunta que sus discípulos le hace: ¿es ahora cuando vas a restablecer el reino de Israel? Todavía no han entendido bien, siguen esperando un reino humano, un triunfo terreno, que colme sus expectativas humanas, sus deseos de gloria humana. Pero Cristo tiene paciencia, les irá reconduciendo con suavidad, como hizo con los discípulos de Emaús, a fin de que vayan entendiendo su camino.
Lo mismo hace con nosotros, en nuestra vida: nos va reconduciendo, a través de las circunstancias, a través de la oración. El camino hacia el cielo no es en línea recta, tiene recovecos, curvas, bajadas, subidas, pero lo importante es dejarnos reconducir y no dejarnos llevar por nuestra brújula humana, que falla continuamente, sino dejar que la iniciativa la tome Dios.
         Jesús les dice: No os toca a vosotros conocer los tiempos y los momentos que el Padre ha fijado en virtud de su poder; pero recibiréis el poder del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta el extremo de la tierra”.
Ésta es una invitación a la confianza, a dejarnos en sus manos, a abandonarnos a sus planes a través de circunstancias muchas veces desconcertantes, a confiar en la gran promesa: recibiremos la fuerza del Espíritu, que es apoyo de nuestra vida, aliento en nuestro camino. El Espíritu Santo vendrá, de parte del Señor, a enseñárnoslo todo, también lo que se nos olvida, a hacernos comprender lo  que por nuestras capacidades no podemos, a enseñarnos a cumplir la Voluntad de Dios. Él está continuamente trabajando en nosotros. Dejemos que transforme nuestro corazón.

viernes, 19 de mayo de 2017

APARICIÓN DEL RESUCITADO A LA VIRGEN MARÍA. Charla semanl

EJERCICIOS ESPIRITUALES 28

         Hoy vamos a contemplar la aparición a María, su Madre. Esta aparición no tiene apoyos en la Escritura. Nosotros podemos suponerla y así lo cree la fe de la Iglesia y vivir por medio de ella, una nueva experiencia de Cristo resucitado.
         Sabemos, por la propia narración del Evangelio de San Juan, que María se fue a vivir con el discípulo amado, hasta su paso de este mundo al Padre. Dice en su Evangelio: Desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.
         Pedimos como siempre la gracia para alegrarnos y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo Nuestro Señor.
         San Ignacio, como la Iglesia misma, reflexiona sobre esto: ¿Cómo no iba Jesús a aparecerse a su Madre? Ella nunca perdió la esperanza en la Resurrección de su Hijo.
         María se encuentra con su Hijo resucitado. Usar todos los sentidos interiores para contemplar este encuentro. Ya lo había recibido en la Encarnación, pero ahora lo hace en la madurez de la fe, experimentando así un gozo que nadie le podrá arrebatar. Ella había pasado por la noche oscura del alma, la noche de los sentidos, cuando tuvo en sus brazos a su hijo muerto y tuvo que sepultarlo.
         En este reencuentro del Hijo con la Madre, es Cristo quien lleva la voz cantante. Cristo es el que se aparece, como en el resto de las apariciones, es Él el que tiene la iniciativa. Jesús es quien comienza la obra nueva y será quien la lleve a término.
         Estos textos del Cantar de los Cantares nos pueden ayudar a comprender el encuentro de Jesús con su Madre: “¡Levántate ya amada mía, hermosa mía y ven! Que ya se ha pasado el invierno y han cesado las lluvias. Ya se muestran en la tierra los brotes floridos, ya ha llegado el tiempo de la poda y se deja oír en nuestra tierra el arrullo de la tórtola. ¡Levántate amada mía, hermosa mía y ven! Paloma mía, dame a ver tu rostro, hazme oír tu voz. Que tu voz es dulce y encantador tu rostro.”
A lo que la esposa responde: Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado. En mi lecho por la noche, busqué al amado de mi alma y no lo hallé. Me levanté y di vueltas por la ciudad, buscando al amado de mi alma. Y cuando lo hallé, lo así para no soltarlo.
¿Adónde fue tu amado, oh tú, la más hermosa de las mujeres?
Eres, amada mía, hermosa como Tirsa, encantadora como Jerusalén. Es única mi paloma, mi inmaculada, es la única hija de su madre, la predilecta de quien la engendró. ¡Qué hermosa eres, qué amada!”
         Bueno…, es parte de un diálogo de enamorados, del amor que suscita en nuestras almas la dulzura de Jesucristo. Se trata de desplegar nuestro corazón para que beba de este amor y lo disfrute.

         A la luz de su Hijo resucitado, María vuelve a ver toda su vida con una mirada nueva. Y desde la presencia de su Hijo, vuelve a revivirlo todo y ahora lo ve de un modo nuevo.
Y repite las palabras que ya dijo en la Anunciación: “He aquí a la esclava del Señor; hágase en Mí según tu Palabra. Mi alma engrandece al Señor”.
En Ella se vuelve a cumplir el elogio de las gentes: Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron. Y Él les dijo: Más bien dichosos los que oyen la Palabra de Dios y la guardan.
Porque eso hizo María en toda su vida y ahora se ve colmada de gozo por ello.
         Desde esta nueva situación, María es confirmada en la nueva misión que se le ha encomendado: He ahí a tu hijo.
         Y será bendecida, como nos dice el profeta Isaías: “Verán las naciones tu justicia y todos los reyes tu gloria y se te dará un nombre nuevo, que la boca de Yavhé determinará; serás en la mano de Yavhé corona de gloria, real diadema en la palma de tu Dios. En Ti se complacerá Yavhé y tu tierra tendrá esposo, a ti te llamarán mi favorita.”

         Por su total adhesión a la Voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad.
         María permanece desde el principio con los apóstoles a la espera de Pentecostés y a través de las generaciones está presente en la Iglesia peregrina, como modelo de esperanza.
         María siempre creyó que se cumpliría lo que le había dicho el Señor. Creyó que concebiría y daría a luz un hijo, aunque era virgen, y su Hijo sería Hijo de Dios.
         Como esclava del Señor, permaneció perfectamente fiel a la persona y a la misión de este Hijo.
         Por estos motivos, María, con razón, es honrada por la Iglesia, ya desde todos los tiempos, como Madre de Dios, a cuyo amparo acudimos con súplicas en todos nuestros peligros y necesidades.
         Hoy, la que llevó en su seno a su propio Salvador, reposa en el Templo del Señor. La que ha hecho brotar para todos la verdadera vida, ¿cómo iba a caer en poder de la muerte? Es justo que sea elevada hasta Él.
Puesto que Cristo, que es la Vida, dijo: Donde Yo estoy, estará también mi servidor, ¿cómo no iba a participar de su morada, con mayor razón su Madre? Era menester que la Madre se reuniese con el Hijo.

         Que toda esta contemplación de María, pasándola por el corazón, haga que nos  alimentemos de deseos de gratitud y correspondencia con quien aboga por nosotros ante el Padre, por toda la eternidad y nos alegremos con Ella y gocemos de ese abrazo mutuo de Cristo y su Madre, dos almas purísimas.

viernes, 12 de mayo de 2017

La pesca milagrosa con Jesús resucitado. Charla semanal


EJERCICIOS ESPIRITUALES 27
Todas estas meditaciones son para afianzarnos en el seguimiento de Jesucristo, contemplando a Cristo resucitado.
Cristo ha sufrido por mí, ha muerto por mí, pero también ha resucitado por mí.
Vamos a leer despacio el capítulo 21 de San Juan. Teológicamente es un capítulo añadido, porque ya vemos una despedida por parte de San Juan en el capítulo 20, cuando dice: “Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos, que no están escritas en este libro; y éstas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre”.
Y ya después viene un apéndice, que es el capítulo 21, en el que narra la postrera aparición a los discípulos. Este capítulo se incorporó después.
Nos situamos en el lago de Genesaret o de Tiberíades, como también se le conoce. Este lago es una depresión que retiene las aguas del Jordán. Su agua es potable y es abundante en pesca.
El lago había sido escenario de una gran actividad de Jesús: Allí llama a los primeros discípulos, ocurre el milagro de la tempestad calmada, en sus orillas sucede la multiplicación de los panes y ahora se les aparece para confirmarles en la misión que les había encomendado.
Pedimos, como siempre, la gracia de alegrarme y gozarme de tanta gloria y gozo de Cristo resucitado.
Este relato tiene un sentido marcadamente eclesial. Primero confirma a Pedro en una experiencia personal de la fe y luego le abre a una dimensión comunitaria.


Ocurren tres escenas:
En la primera, el Señor se hace presente cuando Simón Pedro les dice a los demás apóstoles: Voy a pescar. Y nosotros le dijeron: Vamos también nosotros contigo. Y salieron y entraron en la barca y en aquella noche no pescaron nada. Pero llegada la mañana, se hallaba Jesús en la playa, aunque ellos no se dieron cuenta de que era Jesús.
Primero, vemos que el trabajo de la pesca lo realizan juntos, a pesar de las dificultades. Aquí se manifiesta la misión, una misión que es pescar, a la que nos envía la Iglesia, y que debemos realizarla juntos, como comunidad.
Jesús les dice después: Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis. Y ellos obedecen, son fieles a las indicaciones que les da Jesús. Esto nos transmite la obediencia que debemos a nuestros pastores, a la Iglesia, pues en esta fidelidad y en esta obediencia está el fruto: La echaron, pues y ya no podían arrastrar la red por la muchedumbre de los peces.
Cuando bajaron de la barca, vieron unas brasas encendidas y un pez puesto sobre ellas y pan y a Jesús diciéndoles: Venid y comed. Esta imagen representa la reunión de la comunidad en torno a la Eucaristía, en torno a Cristo. Siempre, el centro es el Señor.
Misión, pescar y unión con Dios en la Eucaristía: Somos activos y contemplativos. Y el Y es importante, porque si nos quedamos sólo en la acción o sólo en la contemplación, estamos viviendo de una manera incompleta y no daremos el fruto deseado. Estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Por eso vivimos en el mundo, pero tenemos que ser contemplativos.

En la segunda escena contemplamos un diálogo entrañable de Jesús con Pedro y un proceso desconcertante para él.
¿Me amas más que éstos?, le pregunta Jesús. ¿Me amas?, le pregunta por segunda vez. Y de nuevo ¿me amas? Es una triple pregunta con una triple respuesta que implica madurar en el seguimiento de Cristo. Vuelve a conquistar el corazón de Pedro, que había dudado en la Pasión, y por eso le dice: Señor, Tú sabes que te amo. De nuevo, Sí Señor, Tú sabes que te amo. Y de nuevo, Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo. Y a cada respuesta, a cada paso en esta maduración de su entrega, de su seguimiento, de su compromiso, le va encomendando una misión: apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas.
Pedro responde con un amor abnegado, que va a formar parte a partir de ahora de su condición de discípulo. Jesús, a quienes ama, les confía una misión. Ahora debo mantener yo mi propio diálogo con Cristo. Dejar que me pregunte a mí y responderle con generosidad, sin miedo, poniendo nuestra debilidad y nuestra miseria en sus manos: Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo. Porque Él me pregunta: ¿Me amas más que éstos? Y lo importante es ese Más. Porque Él quiere sacar lo mejor de mí. En el amor nunca llegamos al tope, siempre podemos amar más.
Y en la tercera escena, Jesús le vaticina el futuro a Pedro: Cuando eras joven, tú te ceñías e ibas donde querías, cuando envejezcas, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras.
Será mártir, será testigo, tendrá que sellar su fe con su vida si fuere preciso.
El seguimiento de Cristo está abierto a caminos insospechados. Tenemos que ser dóciles y dejarnos llevar por donde Dios quiera. Por eso Cristo le añade: Sígueme.
Contigo y como Tú.
Dios muchas veces nos rompe los planes. Los caminos de Dios no son nuestros caminos, son inescrutables. Tendremos descensos, pasaremos por túneles oscuros…, no sabemos, pero forman parte del camino de Dios. Iremos descubriendo la Voluntad de Dios según nos la vaya revelando, sin prisa, Él tiene su tiempo y sus planes para nosotros. Yo le tengo que entregar mi vida de verdad y dejarme hacer por Él. Hace falta mucha fe para fiarse y dejarse llevar. La confianza nos hace fuertes. No se trata de hacer yo mi proyecto, sino dejar que Dios haga el suyo en mí.

viernes, 5 de mayo de 2017

JESUS RESUCITADO. Charla semanal

EJERCICIOS ESPIRITUALES 26
         Seguimos pidiendo la gracia para alegrarme y gozarme de tanta alegría y gozo de Cristo resucitado.
         Hoy conoceremos y recordaremos cómo Cristo se hace presente en el mundo de la duda para iluminarla.
         Leemos en Jn 20, 19-29 una aparición que tiene lugar en Jerusalén y la narran los cuatro evangelistas.
En la primera escena, en la misma tarde del primer día de la semana, Cristo se aparece a los discípulos estando Tomás ausente. El primer día de la semana nos manifiesta que es el comienzo de la nueva creación, del nuevo pueblo que surge de la Pascua. Es el día primero, en los primeros momentos de esa nueva comunidad que surge y que tanto van a influir después en su vida, donde se están tomando las primeras decisiones y se inician los primeros proyectos. Y serán una comunidad, porque Cristo está presente en medio de ellos.
         Estando cerradas las puertas por temor a los judíos, vino Jesús y puesto en medio de ellos, dijo: La paz sea con vosotros.
Es más que un simple saludo. Es el don de la Pascua. Es el fruto del Espíritu de Dios en el creyente. Es la paz que surge del Cordero que ha sido inmolado.
         Y diciendo esto les mostró las manos y el costado. Sus llagas son el símbolo de su amor.
         Y volvió a decirles: La paz sea con vosotros. Como me envió mi Padre, así os envío Yo. Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.
Es el Espíritu el que los recrea de nuevo, el que los capacita para la misión. El que culmina y lleva a cabo la obra iniciada en nosotros. El que nos asiste para conducir y ayudar a los hombres al encuentro con el Padre y crear una fraternidad entre nosotros.
         Pero Tomás no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y cuando se lo contaron, les dijo: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.
Nos adentramos en el mundo de la duda. Tomás había seguido a Jesús, pero no se había identificado con Él. No comprendía que la muerte era el camino de la vida. No aceptó las palabras de sus compañeros y exigía pruebas.
         Entonces, pasados ocho días, otra vez estando dentro los discípulos y Tomás con ellos, Jesús se puso en medio y volvió a decirles: La paz sea con vosotros.
Jesús da los primeros pasos ante nuestras dudas y dificultades, ante nuestras luchas. Se pone en el centro y se acerca a cada uno, allí donde está y revelarle lo que más necesita en cada situación concreta de nuestra vida.
Y por eso se acerca a Tomás, a sus dudas, y le dice: Alarga tu dedo y mira mis manos y tiende tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel.
         Y entonces Tomás le responde: Señor mío y Dios mío.
Es la gran afirmación sobre Jesús. Son palabras de adoración y de servicio, de rendirnos ante lo evidente y lo maravilloso al descubrir a Cristo en nuestra vida.
         Y Jesús proclama: Dichosos los que creen sin haber visto.
Así se dirige Jesús a todos los que vamos a creer y nos llama dichosos. Porque la fe es el gran don que puede recibir el hombre. Es el gozo que recoge San Pedro en su carta: Sin haberle visto le amáis. Aunque no le veis creéis en Él y os alegráis con un gozo inefable e intenso.
         Por eso en la carta a los Romanos se nos dirá: Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros… Pues sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos suspirando por la redención de nuestro cuerpo… El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque no sabemos pedir lo que nos conviene, más el mismo Espíritu aboga por nosotros con gemidos inenarrables… e intercede por los santos según Dios.
Ahora bien, sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman, de los que según sus designios son llamados.
Por tanto, si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos ha de dar con Él todas las cosas?
Cristo Jesús, el que murió, aún más, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, es quien intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo?
En todas las cosas vencemos por Aquel que nos amó.
         Todo esto lo podemos encontrar en el capítulo 8 de la carta a los Romanos. Se trata de leerla con el corazón y saborearla. Y encontrar a este Cristo, que se apareció y se situó en medio de sus discípulos, ocupando el puesto central, el que le correspondía por derecho y el que encuentra en el corazón de la historia del mundo. Jesús ha deseado, traído y creado la paz para todos los hombres de todos los pueblos y de todos los tiempos.
         Señor Jesús, que te apareciste a Tomás para confirmarlo en su fe, no dejes de renovarnos cada día para que podamos encontrarnos Contigo aun en medio de nuestras dudas y dificultades.

viernes, 28 de abril de 2017

LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS. Charla semanal

EJERCICIOS ESPIRITUALES 25
         Contemplamos hoy la aparición a los discípulos de Emaús en Lc 24, 13-35
Pedimos la gracia para alegrarnos y gozarnos intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo resucitado y especialmente hoy con esta contemplación, pedimos la gracia de conocerle a Él y el poder de su resurrección. El amor ha triunfado sobre la muerte. Dios ha dejado en el mundo su poder para cambiarlo todo.
         Esta aparición sucede al atardecer del mismo día de la Resurrección.
         El relato está contenido entre dos expresiones: “sus ojos estaban cerrados” y “sus ojos se abrieron”.
Esta misma experiencia le sucedió a la Magdalena: Lo tenía delante y no lo reconocía, pensaba que era el jardinero.
Antes de la Resurrección, todos sus amigos reconocían a Jesús. Ahora, tienen que recibir una gracia para reconocerle después de la Resurrección. Si no se da la gracia primero, no se puede reconocer a Cristo después. Depende de Dios, pero es necesaria nuestra colaboración para que pueda tener efecto su gracia.
Necesitamos ser humildes para pedir esta gracia y dóciles para corresponder a ella.
En nuestra vida ocurre que queremos actuar sin haber recibido primero la gracia y así no funciona la vida de Dios en nosotros. Primero siempre tiene que ser su gracia para que nuestra labor no sea en vano.
Que se puedan abrir nuestros ojos o los ojos de los demás para poder reconocer a Cristo, es sólo fruto de la presencia de Dios y de su gracia.
         Seguimos contemplando esta aparición: Jesús escucha a los discípulos de Emaús. Se hace presente mientras ellos caminan.
Ellos van tristes. Se habían alejado del grupo. Iban a una aldea distante de Jerusalén, llamada Emaús. Hablaban entre sí de todos los acontecimientos ocurridos los días atrás. Iban hablando y razonando de una manera humana, sin ver más allá de los acontecimientos. Y es entonces cuando Jesús se les acerca y va con ellos, pero sus ojos no podían reconocerle. Llegan hasta preguntarle: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no conoce los sucesos en ella ocurridos estos días? Nosotros esperábamos que sería Jesús quien rescataría a Israel, pero hace tres días que fue crucificado. Nos dejaron estupefactos ciertas mujeres de las nuestras que, yendo al monumento no encontraron su cuerpo y vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles que les dijeron que vivía. Algunos de los nuestros fueron pero a Él no le vieron.
         Entonces Jesús, en vez de echarles en cara: ¿No os lo había dicho? ¿Por qué no me habéis creído?
Al contrario, les consuela, comienza a explicarles. Comienza por Moisés y por todos los profetas. Les va declarando cuanto de Él se habla en todas las Escrituras. Antes de darse a conocer, les va preparando. Es la pedagogía de Jesús: no reprocha, camina con nosotros, suavemente. Les hace volver sobre sí mismos, para que puedan encontrar el punto en el que se apartaron de Él: el escándalo de la cruz.
         Jesús les enseña: ¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria? Les hace comprender el nexo entre muerte y resurrección. Parecen dos cosas contrarias, pero están íntimamente unidas. La Pasión forma parte del camino de la vida. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo, pero si muere, da mucho fruto. Esto no falla. Donde hay muerte, hay vida. Empezar por la Resurrección no funciona. El camino es la Pasión, es la muerte. Pero nosotros no somos seguidores de un Crucificado solamente, sino de un Crucificado resucitado.
         Entonces ellos, al irles abriendo los ojos, sus corazones se llenan de gozo. Dirán después: ¿No ardían nuestros corazones dentro de nosotros mientras en el camino nos hablaba y nos explicaba las Escrituras?
La Escritura contemplada y meditada se hace vida. La Palabra de Dios es insustituible y cuanto más se medita, más vida nos da. Es el fundamento de la conversión y la experiencia de Cristo. Por eso el texto base de los Ejercicios Espirituales es la Sagrada Escritura.
La Escritura revela al hombre el deseo de Dios sobre nosotros, su destino y le hace comprender cómo la Resurrección es verdaderamente el sello de Dios sobre todo lo bueno que aparece en la historia de los hombres.
         Entonces los discípulos le obligan a quedarse, cuando Él finge seguir adelante.
Puesto con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Y entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron y a partir de ahí se convirtieron en testigos de su resurrección. En el mismo instante se levantaron y volvieron a Jerusalén.
Esta es la fuerza y el poder de la Eucaristía. Cristo tiene poder para transformarnos en Ella, cada día lo hace y es imposible que no lo haga si la recibimos con deseo. Cada día Cristo nos da la gracia para que su presencia nos transforme.
         Cuando los discípulos encuentran en Jerusalén a los once y a sus compañeros, les cuentan lo que les ha pasado en el camino y cómo lo reconocieron en la fracción del pan. Confrontan su experiencia con la del grupo. El grupo es la Iglesia, que es la que verifica la acción del Espíritu en el interior.
         Han pasado de la tristeza al gozo. De la experiencia sensorial de Cristo a la experiencia en la fe. Y de la experiencia personal a la experiencia comunitaria.
         Iban tristes y vuelven gozosos.
         Salieron desalentados y vuelven inflamados por la esperanza.
         Ignoraban las Escrituras y ahora las comprenden.
         Que sea nuestra oración: Quédate con nosotros, Señor Jesús, porque atardece; sé nuestro compañero de camino, levanta nuestros corazones, reanima nuestra débil esperanza; así nosotros, junto con nuestros hermanos, podremos reconocerte en las Escrituras y en el partir el pan.