jueves, 27 de diciembre de 2018

IMPORTANCIA DE LA ORACIÓN (5)

IMPORTANCIA DE LA ORACIÓN: 5
Cuáles son las disposiciones de corazón que debemos llevar a la oración para que sea fructuosa:
Para hablar con Dios es preciso despegarse de las criaturas; no hablaremos dignamente al Padre celestial, si las criaturas: personas, cosas, afectos…, ocupan  la imaginación, el espíritu, y, lo que es más, el corazón; de ahí que lo primero, lo más necesario, lo esencial para poder hablar con Dios, es este dejar todo a un lado para ocuparse sólo de Dios.
Además debemos procurar orar con recogimiento. El alma ligera, disipada y siempre distraída, el alma que no sabe ni quiere esforzarse por atar a la loca de la casa, es decir, reprimir los desvaríos de la imaginación, no será nunca un alma de oración. Cuando oramos, no nos han de turbar las distracciones que nos asalten, pero sí se ha de enderezar de nuevo el espíritu llevándole dulcemente y sin violencia al tema que debe ocuparnos, ayudándonos si es preciso de un libro.
¿Por qué son tan necesarios a la oración esta soledad, aun física, y ese desasimiento interior del alma? porque es el Espíritu Santo quien ora en nosotros y por nosotros. Y como su acción en el alma es sumamente delicada, en nada la debemos contrariar, so pena de «contristar al Espíritu Santo», porque de otro modo el Espíritu divino terminará por callarse. Al abandonarnos a Él, debemos, por el contrario, apartar cuantos estorbos puedan oponerse a la libertad de su acción; debemos decirle: «Habla Señor, que tu siervo escucha». Y esa su voz no se oirá bien si no es en el silencio interior.
Hemos de permanecer además, en aquellas disposiciones fundamentales de no rehusar a Dios nada de cuanto nos pidiere, de estar siempre dispuestos, como lo estaba Jesús, a dar en todo gusto a su Padre. «Hago siempre lo que es de su agrado» (Jn 8,29). Disposición excelente, por cuanto pone al alma a merced del divino querer.
Cuando decimos a Dios en la oración: «Señor, tú sólo mereces toda gloria y todo amor, por ser sumamente bueno y perfecto; a ti me entrego, y porque te amo, me abrazo con tu santa voluntad», entonces responde el Espíritu divino, indicándonos alguna imperfección que corregir, algún sacrificio que aceptar, alguna obra que realizar; y, amando, llegaremos a desarraigar todo cuanto pudiera ofender la vista del Padre celestial y a obrar siempre según su agrado.
Para esto, se ha de entrar en la oración con aquella reverencia que conviene en presencia del Padre de la Majestad. Aunque hijos adoptivos de Dios, somos simples hechuras suyas, y aun cuando se digne comunicarse a nosotros, no por eso deja de ser Dios, el Señor de todo, el Ser infinitamente soberano. La adoración es la actitud que cuadra mejor al alma delante de su Dios. «El Padre gusta de aquellos que le adoran en espíritu y en verdad». Notad el sentido íntimo de estas dos palabras: «Padre…y adoran». ¿Qué otra cosa nos quiere decir sino que, si bien llegamos a ser hijos de Dios, no dejamos por eso de ser criaturas suyas?
Dios quiere, además, que, mediante ese respeto humilde y profundo, reconozcamos lo nada que somos y valemos. Subordina la concesión de sus dones a esta confesión, que es a la vez un homenaje a su poder y a su bondad. «Resiste Dios a los soberbios, mas a los humildes otorga su gracia». Bien a las claras nos enseñó el Señor esta doctrina en la parábola del fariseo y del publicano.
Más todavía debe abundar en mayores sentimientos de humildad el alma que ofende a Dios por el pecado; en este caso, es preciso que manifieste la compunción interior con que lamenta sus extravíos, y que caiga de rodillas ante el Señor, igual que la Magdalena pecadora.
Pero nuestros pecados pasados y actuales miserias, no nos han de alejar atemorizados de Dios. Porque estábamos muy alejados del Padre, pero ya nos acercó a Él Jesús, con su preciosa Sangre, con la que nos ha devuelto toda la  hermosura perdida por el pecado. Porque Cristo, y sólo Él, es quien suple nuestro alejamiento, nuestra miseria, nuestra indignidad… En Él nos hemos de apoyar cuando oramos. Nadie va al Padre sino por Mí, Yo soy el camino, el único camino. Cristo es quien puede ponernos en contacto con Dios.
Hay que unir, pues, nuestras plegarias a las que Jesús elevaba desde este suelo. Pasaba las noches en oración con Dios. Jesús oró por Sí mismo cuando pidió al Padre que lo glorificara, oró por sus discípulos, no para que fueran sacados de este mundo, sino para que se viesen libres del mal, y oró por todos cuantos habíamos de creer en Él.
Jesús nos dejó, además, una fórmula admirable de oración en el Padrenuestro, donde se pide todo cuanto un hijo de Dios puede pedir a su Padre que está en los cielos.- «¡Oh Padre!, santificado sea tu nombre. «Venga a nosotros tu reino», a mí y a todas vuestras criaturas; se Tú siempre el verdadero amo y señor de mi corazón, y que en todo, sea para mí agradable o adverso, se cumpla tu voluntad; que yo pueda decir, como tu Hijo Jesús, que vivo para Ti. Todas nuestras súplicas, dice San Agustín, debieran reducirse esencialmente a esos actos de amor, a esas aspiraciones, a esos santos deseos que Cristo Jesús puso en nuestros labios, y que su Espíritu, el Espíritu de adopción, repite en nosotros. Es la oración por excelencia de todo hijo de Dios.
Además, no sólo santificó Nuestro Señor con su ejemplo nuestras oraciones, sino que las apoya con su crédito divino e infalible. Él mismo nos tiene dicho que todo cuanto pidamos al Padre en su nombre, nos será otorgado.
Y así nuestro gozo será completo. Porque el alma que de veras se da a la oración, se va desasiendo más y más de todo lo terreno, para penetrar más profundamente en la vida de Dios.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Importancia de la Oración. Charla semanal


IMPORTANCIA DE LA ORACION 4
Si todos los días reservamos algún ratito, largo o breve, según nuestras aptitudes y los deberes de nuestro estado, para conversar con el Padre celestial, para recoger sus inspiraciones y escuchar los llamamientos del Espíritu, sucederá entonces que las palabras de Cristo, como dice San Agustín, serán cada vez más frecuentes e inundarán el alma con raudales de luz, abriendo en ella fuentes inagotables de vida.
El alma, a su vez, traduce constantemente sus sentimientos en actos de fe, de dolor y compunción, de confianza y de amor, o de complacencia y de entrega a la voluntad del Padre celestial; se mueve en un ambiente del todo divino; la oración llega a ser su respiración y como su vida; en ella vive habitualmente, y, por tanto, no tiene que hacer esfuerzo para encontrar a Dios, aun en medio de las ocupaciones más absorbentes.
Los momentos que dedica diariamente al ejercicio formal de la oración, no son sino la intensificación de ese estado habitual de dulce reposo y unión con Dios en que le habla interiormente y ella misma escucha la voz del Altísimo. Ese estado es la misma presencia de Dios, en un coloquio interior y amoroso, en que el alma habla a Dios a veces con los labios, pero ordinariamente con el corazón, permaneciendo siempre unida a Él, a pesar de los múltiples quehaceres diarios. Hay no pocas almas sencillas, pero rectas, que, fieles al llamamiento del Espíritu Santo, alcanzan ese estado tan deseable.
El alma prescinde de todo cuanto los sentidos, la imaginación y aun la misma inteligencia le representaban, para atender únicamente a lo que la fe le dicta sobre Dios. El alma ha progresado, toca ya el velo del Santo de los Santos; sabe que Dios se le oculta tras ese velo como tras una nube; casi le toca, pero aun no le ve. En este estado de la oración de fe, el alma se acoge a Dios con quien se siente unida, a pesar de las tinieblas que sólo la luz beatífica será capaz de disipar; gusta de Dios, a quien tiene la dicha de poseer. Como dice la esposa en el Cantar de los Cantares: «Como el manzano entre los árboles silvestres, tal es mi amado entre los mancebos. A su sombra anhelo sentarme y su fruto es dulce a mi paladar».
El alma ha entrado ya en la oración de quietud, adonde se puede asegurar que llegan muchas almas cuando son fieles a la gracia. Entonces el alma encuentra, en esa simple adhesión de fe, en ese abrazo de amor…, el valor de la elevación interior, la libertad de corazón, la humildad y la entrega al beneplácito divino, que le son necesarios en el largo caminar hacia la plenitud de Dios. «Una cosa son las muchas palabras y otra, el afecto firme y constante», dice San Agustín en su Epístola.
Luego, si así le place a la Bondad Suprema, Dios mismo hará traspasar a esa alma las lindes ordinarias de lo sobrenatural para darse a ella en misteriosas comunicaciones, en que las facultades naturales, elevadas por la acción divina, reciben, bajo el influjo de los dones del Espíritu Santo, y, sobre todo, de los de entendimiento y sabiduría, un modo de operación superior. Los místicos lo describen como el éxtasis.
No podemos en modo alguno, subir por nuestros propios esfuerzos a tal grado de oración y de unión con Dios, porque dependen únicamente de su libre y soberana voluntad. ¿Se podrá al menos desearlo? Si se trata de los fenómenos accidentales que acompañan a la oración, como son las revelaciones, el éxtasis y los estigmas, desde luego que no; pues habría en ello temeridad y presunción; pero tratándose del conocimiento puro, simple y perfecto, que Dios da en ella de sus perfecciones, del amor encendido que se sigue de ello en el alma, ¡ah!, entonces os diré, que deseéis con todas vuestras fuerzas un alto grado de oración y el gozar de la contemplación perfecta. Porque Dios es el autor principal de nuestra santidad; y en estas comunicaciones es cuando precisamente trabaja con mayor empeño; luego no desearlas sería no desear «amar a Dios con toda nuestra alma, con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas y con todo nuestro corazón». Además, ¿qué da a nuestra vida todo su valor, quién determina los grados de nuestra santidad? -Ya os he dicho que es la intensidad del amor con que vivimos y obramos. Y esta pureza e intensidad de la caridad se obtienen con abundancia en la oración. Veis por qué nos es tan útil, y por qué asimismo debemos aspirar legítimamente a alcanzar un alto grado de oración?
Claro está que en esto como en todo, hemos de someter nuestros deseos a la voluntad de Dios, pues sólo Él sabe lo que más conviene a nuestras almas; y aun cuando trabajemos siempre por ser fieles, generosos y humildes, para obedecer en todo momento a la gracia, aun cuando suspiremos por llegar a la cima de la perfección, con todo, conviene y mucho no perder nunca la paz del alma, seguros de que Dios es harto bueno y sabio para darnos lo que más nos conviene.
Por tanto digamos: «¡Señor, enséñanos a orar!»…

viernes, 9 de noviembre de 2018

IMPORTANCIA DE LA ORACION 3


IMPORTANCIA DE LA ORACION 3
Otro punto muy importante es el de no confundir la esencia de la oración con los métodos de que nos sirvamos para hacerla. Hay almas que creen que si no siguen tal o cual método, no hacen oración; hay en esto una confusión de ideas que puede acarrear graves consecuencias. Por haber confundido la esencia de la oración con el empleo del método, esas almas no se atreven a cambiarlo, aun cuando reconocen que les es completamente inútil; o bien, lo que ocurre con más frecuencia, que no encontrando el método adecuado, lo abandonan y, junto con él, la oración, y esto con gran detrimento de su alma.- Una cosa es el método y otra la oración: aquél debe variar según las disposiciones y necesidades de las almas; mientras que la oración ha de ser siempre la misma para todas las almas: conversación mediante la cual el corazón del hijo de Dios se explaya ante su Padre celestial. y le escucha para agradarle. El método ayuda al alma en su unión con Dios; es un medio, pero no debe llegar a ser un obstáculo. Si tal método ilumina la inteligencia, enardece la voluntad y la lleva a entregarse a las inspiraciones divinas y a derramarse íntimamente en presencia de Dios, será buen método, pero no debe seguirse cuando contraria realmente la inclinación del alma, cuando la agita y priva de todo progreso en la vida espiritual; ni tampoco cuando, a causa de los progresos del alma, viene a resultar ya inútil.
Vamos a ver otro elemento: el estado del alma, que son las distintas fases de la vida de perfección. Nuestra alma no está siempre en el mismo estado.
La tradición ascética distingue tres grados o estados de perfección: la vía purgativa, que recorren los principiantes; la vía iluminativa, en la que avanzan los fervorosos, y la vía unitiva, propia de las almas perfectas.
Debemos, para unirnos plenamente a Dios, conocerlo tan perfectamente como nos sea posible. Hay que dedicarse durante cierto tiempo, ayudándose de algún libro, a la meditación continuada sobre la Revelación. Ese trabajo no debe confundirse con la oración; no es más que un preámbulo útil y necesario para iluminar, disponer y sostener la inteligencia. La oración no comienza en realidad, sino cuando, caldeada la voluntad, entra sobrenaturalmente en contacto, mediante el afecto, con el divino Bien, y se abandona a El por amor, para agradarle, para cumplir sus mandatos y deseos. El asiento propio de la oración es el corazón; por eso se dijo de María que conservaba las palabras de Jesús en su corazón (Lc 2,51); pues es de él es de donde arranca esencialmente la oración.
La súplica es la parte capital de la oración, o mejor dicho, la oración empieza con ella. Mientras el alma no se vuelve a Dios para hablarle -para alabarle, bendecirle, glorificarle; para deleitarse en sus perfecciones, para dirigirle sus súplicas, para entregarse a sus inspiraciones- puede, en verdad meditar, pero no ora ni hace oración. Se encuentran personas que se engañan y pasan la media hora del ejercicio de a meditación reflexionando, sí, pero sin decir nada a Dios: y aun cuando hayan juntado deseos piadosos y generosos propósitos, con todo, no han hecho verdadera oración; sin duda alguna, no sólo ha obrado el entendimiento, sino que también se ha conmovido el corazón, y se ha sentido impulsado hacia el bien con ímpetu y ardor, pero no se ha derramado en el corazón de Dios. Tales meditaciones, aunque no son  del todo inútiles, pronto producen cansancio y con frecuencia desaliento y abandono. De aquí resulta que se encuentran almas, aun entre los principiantes, que sacan más fruto de una simple lectura con afectos y suspiros del corazón, que de un ejercicio en el cual únicamente se ejercita la razón.
La experiencia demuestra que a medida que un alma progresa en los caminos de la vida espiritual, el esfuerzo de la razón va siendo menos necesario porque el alma, que ya conoce las verdades cristianas, no precisa más conocimientos sobre la fe; ya los posee, y no tiene que hacer otra cosa más que conservarlos y renovarlos por medio de lecturas santas.
De aquí resulta que el alma, así empapada y poseída de las verdades divinas, sin otra preparación, puede entrar en conversación con Dios.
Esta ley fundada en la experiencia tiene excepciones que es preciso respetar cuidadosamente. Hay almas muy aventajadas en los caminos de la vida espiritual que ni saben ni pueden ponerse en oración sin ayuda de un libro y no deben, por tanto, abandonarlo. Otras almas no saben conversar con Dios si no recurren a la oración vocal y se les perjudicaría si se les lanzara por otro camino.
La palabra de Cristo está contenida en los Evangelios, los cuales encierran, juntamente con las Epístolas de San Pablo y de San Juan, la exposición más sobrenatural, por ser inspirada, de los misterios de Cristo. El camino más directo para llegar a conocer a Dios es, pues, el mirar a Nuestro Señor y contemplar sus acciones. El alma que sigue paso a paso a Nuestro Señor, dispone, de todos los elementos materiales que le son necesarios para la oración. El Espíritu Santo es quien nos hace comprender la fecundidad de las palabras de Jesús. ¿Qué dijo Jesús a sus discípulos antes de subir al cielo? «Os enviaré el Espíritu Santo, y El os recordará cuanto os he dicho» (Jn 14,26). Así ocurre a veces que, un día cualquiera, tal palabra que habíamos leído y releído cien veces, sin que nos hubiera llamado la atención, cobra de repente a nuestros ojos un relieve y sentido sobrenatural totalmente nuevo; es como un rayo de luz que el Espíritu Santo alumbra en el fondo de nuestra alma.  El Espíritu Santo, a quien la liturgia llama «el dedo de Dios», graba y esculpe en el alma esa palabra divina, que perdurará en ella como luz esplendorosa, como un principio de acción; y si el alma es humilde y dócil, esa palabra divina va poco a poco obrando silenciosa pero eficazmente.

viernes, 26 de octubre de 2018

IMPORTANCIA DE LA ORACION 2

IMPORTANCIA DE LA ORACION 2
Decíamos el otro día que la oración es un medio que nos dejó Nuestro Señor para entregarse a nosotros. Y que practicado asiduamente, tiene una poderosa eficacia en nuestro progreso espiritual. Y además, que nos ayuda a sacar más provecho de los Sacramentos. Continuamos entonces:
De la oración saca el alma gozos que son como el presagio de la unión celestial, de esa herencia eterna que nos espera. En esto consiste la oración como dice Santa Teresa: en el trato íntimo de corazón a corazón entre Dios y el alma, «estando muchas veces a solas con quien sabemos que nos ama» (Santa Teresa, ib. cap.8).
Este trato se establece cuando el alma, elevada por la fe y el amor, apoyada en Jesucristo, se entrega a Dios, a su voluntad, por un movimiento del Espíritu Santo. Ningún esfuerzo puramente natural puede producir este contacto: «Nadie puede decir: Señor Jesús, si no es movido por la gracia del Espíritu Santo» (1Cor 12,3).
En una conversación se escucha y se habla; el alma se entrega a Dios y Dios se comunica al alma.
Para escuchar a Dios, para recibir sus luces, basta con que el corazón se halle penetrado por sentimientos de fe, de reverencia, de humildad, de ardiente confianza, de amor generoso.
Para hablarle, es preciso tener algo que decirle. ¿Cuál será el tema de la conversación? Este depende principalmente de dos factores: la medida de la gracia que Jesucristo da al alma y el estado de la misma alma.
Jesucristo, en cuanto Dios, es dueño absoluto de sus dones: otorga su gracia al alma, cómo y cuándo lo juzga oportuno. Por eso los maestros de la vida espiritual siempre han respetado santamente esta soberanía de Cristo en la dispensación de sus favores y de sus luces y esto explica su extrema reserva al tratar de las relaciones del alma con su Dios.
San Benito, que fue un eminente contemplativo, favorecido con gracias extraordinarias de oración y maestro en el conocimiento de las almas, exhorta a sus discípulos a «entregarse con frecuencia a la oración y deja claramente entender claramente que la vida de oración es de absoluta necesidad para encontrar a Dios. Pero cuando se trata de reglamentar el modo de darse a la oración, lo hace con particular discreción. Presupone, naturalmente, que ya se ha adquirido cierto conocimiento habitual de las cosas divinas por medio de la lectura asidua de las Sagradas Escrituras y de las obras de los Santos Padres de la Iglesia. Y respecto a la oración, se limita a indicar en primer lugar cuál debe ser la disposición con que el alma debe acercarse a la presencia de Dios: profunda reverencia y humildad y quiere que el alma permanezca en presencia de Dios en espíritu de gran arrepentimiento y de perfecta sencillez. Esta disposición es la mejor para escuchar la voz de Dios con fruto. En cuanto a la oración misma, San Benito la hace consistir en impulsos cortos y fervorosos del corazón a Dios. «El alma, dice, siguiendo el consejo del mismo Cristo debe evitar el mucho hablar; no prolongará el ejercicio de la oración a menos de ser arrastrada a ello por los movimientos del Espíritu Santo, que mora en ella por la gracia».
Otro gran maestro de la vida espiritual, elevado a un alto grado de contemplación, y lleno de luces de gracia y experiencia, San Ignacio de Loyola, enseña que se debe dejar a Dios el cuidado de indicar a cada alma el mejor modo y manera de tratar con El.
Santa Teresa, en varios pasajes de sus Obras, inculca el mismo pensamiento: «Esto importa mucho a cualquier alma que tenga oración, poca o mucha, que no la arrincone ni apriete. Déjela andar por estas moradas arriba y abajo y a los lados» (Moradas, 1ª, cap.2). Dice que Dios conduce a las almas por caminos y sendas muy distintas.
San Francisco de Sales dice: «No penséis, hijas mías, que la oración sea obra del espíritu humano, es un don especial del Espíritu Santo, que eleva las potencias del alma sobre las fuerzas naturales, para unirse a Dios por sentimientos y comunicaciones de que son incapaces el raciocinio y la sabiduría de los hombres.- Los caminos por los cuales conduce El a las almas santas en este ejercicio (que es, sin duda alguna, el ejercicio más divino de una criatura razonable) son sorprendentes en su variedad y dignos de toda alabanza, pues nos llevan a Dios y bajo su guía; pero no debemos inquietarnos por seguirlos todos, ni siquiera escoger alguno según nuestro propio parecer; lo que importa es reconocer el efecto de la gracia en nosotros, y serle fieles» Podríamos multiplicar citas y testimonios parecidos, pero estos bastan para demostrarnos, que si bien los maestros de la vida espiritual ponen especial empeño en invitar a las almas a darse a la oración, por ser un elemento esencial para la perfección espiritual, sin embargo se guardan bien de imponer a todas las almas un camino preferente para hacerla. Recomiendan métodos particulares, pero querer imponer indistintamente a todas las almas el mismo método sería desconocer la libertad divina, según la cual Jesucristo distribuye sus gracias, y las inclinaciones que hace nacer en nosotros su Espíritu.
Cada alma, pues, ha de examinarse. Por una parte,  debe apreciar sus aptitudes, sus disposiciones, sus gustos, sus aspiraciones, su género de vida; por otra, tratar de conocer el impulso del Espíritu Santo y tener en cuenta sus progresos en la vida espiritual. Debe ser dócil y responder con generosidad a la gracia de Cristo y a la acción del Espíritu Santo. Y encontrado el camino que más le conviene, el alma debe seguirlo fielmente, hasta que el Espíritu Santo la conduzca a otro camino. Esto es una garantía de fecundidad.

viernes, 5 de octubre de 2018

IMPORTANCIA DE LA ORACIÓN 1


IMPORTANCIA DE LA ORACIÓN 1
Tan grande es el deseo que tiene Nuestro Señor de darse a nosotros, que multiplicó los medios de llevarlo a cabo: juntamente con los distintos Sacramentos, nos ha señalado la oración, como fuente de gracia.
Los Sacramentos producen la gracia por el hecho mismo de ser aplicados al alma si el alma no pone impedimentos.
La oración no tiene la misma eficacia, pero no por eso es menos necesaria que los Sacramentos para conseguir la ayuda divina. Vemos, por ejemplo, cómo Jesucristo durante su vida mortal hace milagros movido por la oración. Se le presenta un leproso que le dice: «Señor, tened compasión de mí», y le cura. Le presentan un ciego que le dice: «Señor, haced que vea», y Nuestro Señor le devuelve la vista. Marta y Magdalena le dicen: «Señor: si hubieses estado aquí, no hubiera muerto nuestro hermano». Esto es una especie de petición y a esta súplica contesta el Señor resucitando a Lázaro.- Estos son favores temporales, pero también la gracia se alcanza con la oración.
Le dice la Samaritana: Señor, dadme de esa agua viva para que no tenga más sed y Cristo se descubre a ella como el Mesías, y la induce a confesar sus faltas para perdonárselas.
El Buen Ladrón Clavado en la cruz, le pide  que se acuerde de él, y el Señor le concede  el perdón completo diciéndole: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso».
Por otra parte, Nuestro Señor mismo nos recomienda que oremos: «Pedid, y se os dará; llamad, y se os abrirá; buscad, y encontraréis». «Todo cuanto pidiereis a mi Padre en mi nombre, es decir, poniéndome por intercesor, os lo concederá». Es, pues, evidente que la oración vocal de súplica resulta un medio muy poderoso para atraernos los dones de Dios.
Pero aparte de la oración de súplica, está la oración mental o meditación, que es uno de los medios más necesarios para conseguir aquí en la tierra nuestra unión con Dios y nuestra imitación de Jesucristo. El contacto asiduo del alma con Dios en la fe por medio de la oración y la vida de oración, ayuda poderosamente a la transformación sobrenatural de nuestra alma. La oración bien hecha, la vida de oración, es transformante.
Más aún; la unión con Dios en la oración nos facilita la participación más fructuosa en los otros medios que Cristo estableció para comunicarse con nosotros y convertirnos en imagen suya, que son los Sacramentos. La oración, la vida de oración, conserva, estimula, aviva y perfecciona los sentimientos de fe, de humildad, de confianza y de amor, que en conjunto constituyen la mejor disposición del alma para recibir con abundancia la gracia divina. Un alma familiarizada con la oración saca más provecho de los Sacramentos y de los otros medios de salvación, que otra que se da a la oración con tibieza y sin perseverancia. Un alma que no acude fielmente a la oración, puede asistir a la Santa Misa, recibir los Sacramentos y escuchar la Palabra de Dios, pero sus progresos en la vida espiritual serán con frecuencia insignificantes. Y esto es porque el autor principal de nuestra perfección y de nuestra santidad es Dios mismo, y la oración es precisamente la que conserva al alma en frecuente contacto con Dios: la oración enciende y mantiene el alma como una  hoguera, en la cual el fuego del amor está siempre encendido; y cuando el alma se pone en contacto directo con la divina gracia en los Sacramentos, entonces la abrasa y la llena.
La vida sobrenatural de un alma es proporcional a su unión con Dios mediante la fe y el amor. Este amor debe exteriorizarse en actos, y este amor reclama la vida de oración. Puede decirse que nuestro adelantamiento en el amor divino depende prácticamente de nuestra vida de oración.
¿Qué es la oración? Digamos que es una conversación del hijo de Dios con su Padre celestial, para adorarle, alabarle, manifestarle su amor, tratar de conocer su Voluntad, y obtener de El la ayuda necesaria para cumplirla.
No debemos olvidar jamás nuestra condición de criaturas, es decir, nuestra nada y también nuestra calidad de hijos de Dios, que debe servirnos de hilo conductor en la oración.
San Pablo nos dice: «No sabemos lo que debemos pedir a Dios en la oración según nuestras necesidades, pero el Espíritu Santo viene en nuestra ayuda. El mismo ruega por nosotros con gemidos inenarrables». Este mismo Espíritu debe rogar por nosotros y en nosotros. Es el que nos hace clamar a Dios: «¡Abba, Padre!» Como consecuencia de nuestra filiación divina, tenemos el derecho y el deber de presentarnos ante Dios como sus hijos.
Por eso Jesús nos dice: «Cuando oréis, orad así: Padre nuestro, que estás en los cielos; santificado sea tu nombre…». Por este motivo adoptará siempre el hijo de Dios una actitud de profunda reverencia y de profunda humildad, suplicará que le sean perdonados sus pecados, no caer en la tentación y ser librado del mal; y acompañará esta humildad y reverencia con una inquebrantable confianza -porque «todo don perfecto desciende de arriba, del Padre amoroso. Así, sobre las alas de la fe y de la esperanza, el alma remonta su vuelo hacia el cielo y se eleva hasta Dios. Y con profunda devoción, expone a Dios con entera confianza todas sus necesidades.
Por eso la oración es como la manifestación de nuestra vida íntima de hijos de Dios y por esto es tan vivificante y tan fecunda. El alma que se da regularmente a la oración saca de ella gracias inefables que la transforman poco a poco, a imagen v semejanza de Jesús, Hijo único del Padre celestial. «La puerta, dice Santa Teresa, por la que penetran en el alma las gracias escogidas, como las que el Señor me hizo, es la oración; una vez cerrada esta puerta, ignoro cómo podría otorgárnoslas» (Vida, cap.8).

viernes, 22 de junio de 2018

CONOCIMIENTO Y EXPERIENCIA DE DIOS. DIARIO DE SANTA FAUSTINA 25

DIARIO DE SANTA FAUSTINA 25
CONOCIMIENTO Y EXPERIENCIA DE DIOS

Comenzamos con un principio moral que nos da Santa Faustina:
Cuando no se sabe qué es lo mejor, hay que reflexionar,  examinar y pedir consejo, porque no se puede actuar en la duda de la conciencia.  En la incertidumbre, decirse a sí mismo: cualquier cosa que haga estará bien hecha si tengo la intención de hacerla bien.  Dios acepta lo que nosotros consideramos bueno, y Dios lo acepta y lo considera bueno.  No preocuparme si después de algún tiempo, aquellas cosas no resultan ser tan buenas como yo pensaba al hacerlas. Dios mira la intención con la cual empezamos y según ello dará la recompensa.  Es un principio al que debemos atenernos.

         Nos describe ahora una de las muchas veces que experimentó el milagro que puede obrar en las almas el rezo de la Coronilla:
Por la noche fui despertada súbitamente y supe que un alma me pedía la oración y que tenía una gran necesidad de plegarias.  Brevemente, pero con toda mi alma pedí al Señor la gracia para ella.
Al día siguiente, pasado ya el mediodía, cuando entré en la sala vi a una persona agonizante y supe que su agonía había empezado por la noche, justo  cuando se me pidió rezar.  De repente oí en mi alma esta voz: Reza la coronilla que te he enseñado.  Corrí a buscar el rosario y me arrodillé junto a la agonizante y con todo el ardor de mi espíritu me puse a rezar la coronilla.  De repente la agonizante abrió los ojos y me miró, y no alcancé a rezar toda la coronilla porque ella murió con una misteriosa serenidad.  Pedí ardientemente al Señor que cumpliera la promesa que me había dado por rezar la coronilla.  El Señor me hizo saber que aquella alma recibió la gracia que el Señor me había prometido.  Aquella alma fue la primera en experimentar la promesa del Señor.  Sentí cómo la fortaleza de la misericordia cubría aquella alma. Y de nuevo escuché:
Defenderé como a Mi gloria a cada alma que rece esta coronilla en la hora de la muerte, o cuando los demás la recen junto al agonizante, quienes obtendrán el mismo perdón.  Cuando  cerca del agonizante es rezada esta coronilla, se aplaca la ira divina y la insondable misericordia envuelve al alma y se conmueven las entrañas de Mi misericordia por la dolorosa Pasión de Mi Hijo.
Oh, si todos conocieran qué grande es la misericordia del Señor y cuánto necesitamos todos nosotros esta misericordia, especialmente en aquella hora decisiva…

Con esta experiencia, Faustina nos enseña cómo debe ser nuestra oración ante la dificultad misma de orar:
Durante la Hora Santa el Señor me concedió experimentar su Pasión.  Compartí la amargura de la Pasión de la que estaba colmada su alma.  Jesús me dio a conocer cómo el alma debe ser fiel a la oración, a pesar de las tribulaciones y la aridez y las tentaciones, porque de tal plegaria en gran medida depende a veces la realización de los grandes proyectos de Dios; y si no perseveramos en tal plegaria, ponemos impedimentos a lo que Dios quiere hacer a través de nosotros o en nosotros.  Que cada alma recuerde estas palabras:  Y encontrándose en una situación difícil, rogaba más tiempo.  Yo prolongo siempre tal oración por cuanto me es posible y compatible con mis deberes.

Y ahora nos habla del amor:
El amor es un misterio que transforma todo lo que toca en cosas bellas y agradables a Dios.  El amor de Dios hace al alma libre; es como una reina que no conoce el constreñimiento del esclavo, emprende todo con gran libertad del alma, ya que el amor que vive en ella es el estímulo para obrar.  Todo lo que la rodea le da a conocer que solamente Dios es digno de su amor.  El alma enamorada de Dios y en Él sumergida, va a sus deberes con la misma disposición con que va a la Santa Comunión y cumple también las acciones más simples con gran esmero, bajo la mirada amorosa de Dios; no se turba si con el tiempo alguna cosa resulta menos lograda, ella está tranquila porque en el momento de obrar hizo lo que estaba en su poder.  Cuando sucede que la abandona la viva presencia de Dios, de la que goza casi continuamente, entonces procura vivir de la fe viva; su alma comprende que hay momentos de descanso y momentos de lucha.  Con la voluntad está siempre con Dios.  Su alma es como un oficial adiestrado en la lucha, desde lejos ve dónde se esconde el enemigo y está preparado para el combate; ella sabe que no está sola, Dios es su fortaleza.

Faustina nos habla de la Santísima Trinidad:
En cierto momento, la presencia de Dios penetró mi ser, mi mente fue singularmente iluminada en cuanto al conocimiento de su Esencia; [Dios] me permitió acercarme al conocimiento de su vida interior.  Vi en espíritu las Tres Personas Divinas, pero su Esencia es única.  Él es Solo, Uno, Único, pero en Tres Personas, cada una de las cuales no es ni más pequeña ni más grande; no hay diferencia ni en la belleza, ni en la santidad, porque son Uno.   Uno, absolutamente Uno.  Su Amor me ha llevado a este conocimiento y me ha unido a Él.  Cuando estaba unida con una [Persona Divina], estaba unida también con la segunda y con la tercera.  Así pues, cuando nos unimos con una, por eso mismo nos unimos con otras dos Personas al igual que con una.  Una es la voluntad, uno Dios, aunque en las Personas Trinitario.  Cuando al alma se entrega a una (269) de las Tres Personas, entonces, con el poder de esa voluntad se encuentra unida a las Tres Personas y está inundada de la felicidad que fluye de la Santísima Trinidad; de esta felicidad se alimentan los santos.  La felicidad que brota de la Santísima Trinidad, hace feliz a todo lo creado; brota la vida que vivifica y anima cada ser que de Él tiene principio.  En aquellos momentos mi alma probó las delicias divinas tan grandes, que me es difícil expresarlas.

Del deseo de Dios:
Me desmayo por desear a Dios. Cuando estoy unida a Él,  me desmayo del exceso de felicidad, pero mi mente está clara y limpia, sin confusiones.  Humillas Tu Majestad para tratar con una pobre criatura.  Te agradezco, oh Señor, por esta gran gracia que me hace capaz de tratar contigo.  Oh Jesús, Tu nombre es una delicia para mí; desde lejos percibo a mi Amado y mi alma llena de anhelo descansa en sus brazos, no sé vivir sin Él; prefiero estar con Él en los tormentos y en los sufrimientos que sin Él entre las más grandes delicias del cielo.

De la Santa Misa:
Un gran misterio se hace durante la Santa Misa.  Con qué devoción deberíamos escuchar y participar en esta muerte de Jesús.  Un día sabremos lo que Dios hace por nosotros en cada Santa Misa y qué don prepara para nosotros en ella.  Sólo su amor divino puede permitir que nos sea dado tal regalo.  Oh Jesús, oh Jesús mío, de qué dolor tan grande está penetrada mi alma, viendo una fuente de vida que brota con tanta dulzura y fuerza para cada alma.  Y sin embargo veo almas marchitas y áridas por su propia culpa.  Oh Jesús mío, haz que la fortaleza de Tu misericordia envuelva a estas almas.

viernes, 15 de junio de 2018

LA UNION PROFUNDA CON DIOS - EL CIELO. DIARIO DE SANTA FAUSTINA 24

DIARIO DE SANTA FAUSTINA 24
LA UNION PROFUNDA CON DIOS - EL CIELO
Hija Mía, si por medio de ti exijo de los hombres el culto a Mi misericordia, tú debes ser la primera en distinguirte por la confianza en Mi misericordia.  Exijo de ti obras de misericordia que deben surgir del amor hacia Mi.  Debes mostrar misericordia al prójimo siempre y en todas partes.  No puedes dejar de hacerlo ni excusarte ni justificarte.
Te doy tres formas de ejercer misericordia al prójimo: la primera – la acción, la segunda – la palabra, la tercera – la oración.  En estas tres formas está contenida la plenitud de la misericordia y es el testimonio irrefutable del amor hacia Mí.  De este modo el alma alaba y adora Mi misericordia.  Sí, el primer domingo después de Pascua es la Fiesta de la Misericordia, pero también debe estar presente la acción y pido se rinda culto a Mi misericordia con la solemne celebración de esta Fiesta y con el culto a la imagen que ha sido pintada.  A través de esta imagen concederé muchas gracias a las almas; ella ha de recordar a los hombres las exigencias de Mi misericordia, porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil.
Actualmente mi relación con el Señor es plenamente espiritual; mi alma está tocada por Dios y se sumerge entera en Él, hasta olvidarse de si misma.  Embebida de Dios, totalmente, se hunde en su belleza, se hunde toda en Él.  No sé describirlo, porque escribiendo uso los sentidos y allí, en aquella unión, los sentidos no funcionan; hay una fusión de Dios y del alma, hay una vida tan grande en Dios a la que el alma es admitida, que es imposible expresarla con palabras.  Cuando el alma vuelve a la vida normal, entonces ve que esta vida es una oscuridad, una niebla, una soñolienta confusión, unas fajas que envuelven a un niño pequeño.  En tales momentos el alma recibe únicamente de Dios, porque ella por si misma no hace nada, no hace el menor esfuerzo, Dios hace todo en ella.  Pero cuando el alma vuelve al estado normal, ve que no está en su poder permanecer más en esta unión.  Aquellos momentos son breves, duraderos [en su efecto], el alma no puede permanecer mucho tiempo en tal estado, porque por fuerza se liberaría para siempre de los vínculos del cuerpo, a pesar de ser sostenida milagrosamente por Dios.  Dios da a conocer claramente al alma cuánto la ama como si sólo ella fuera el objeto de su complacencia.  El alma lo conoce de modo claro y casi sin velos, se lanza a todo correr hacia Dios, pero se siente como una niña pequeña.  Sabe que esto no está en su poder, por lo tanto, Dios se humilla hacia ella y la une consigo de manera…, aquí debo callarme porque lo que alma experimenta no sé describirlo.
La gran luz con la que es iluminado el intelecto, da a conocer la grandeza de Dios, no para que conociera en Él los distintos atributos como antes, no, ahora es de otro modo:  en un solo momento conozco toda la esencia de Dios.
En el mismo instante el alma se hunde entera en Él y siente una felicidad tan grande como los elegidos en el cielo.  Aunque los elegidos en el cielo ven a Dios cara a cara y son totalmente felices de modo absoluto, sin embargo su conocimiento de Dios no es igual; Dios me lo ha dado a conocer.  El conocimiento más profundo empieza aquí en la tierra, según la gracia, pero en gran parte depende de nuestra fidelidad a la gracia.  Sin embargo, el alma que experimenta esta inefable gracia de la unión, no puede decir que ve a Dios cara a cara, ya que aquí hay un delgadísimo velo de la fe; pero tan delgado que el alma puede decir que ve a Dios y habla con Él.  Ella es “divinizada”, Dios da a conocer al alma cuánto la ama y el alma ve que las almas mejores y más santas que ella no han recibido esta gracia.  Por eso la envuelve el sagrado estupor, y la mantiene en una profunda humildad, y se hunde en su nada y en ese sagrado estupor.  Cuanto más se humilla, tanto más estrechamente Dios se une a ella y se humilla hacia ella.  En aquel momento el alma está como escondida, sus sentidos inactivos, en un momento conoce a Dios y se sumerge en Él.  Conoce toda la profundidad del Insondable y cuanto más profundo es el conocimiento, tanto más ardientemente el alma lo anhela.
Hoy, en espíritu, estuve en el cielo y vi estas inconcebibles bellezas y la felicidad que nos esperan después de la muerte.  Vi cómo todas las criaturas dan incesantemente honor y gloria a Dios; vi lo grande que es la felicidad en Dios que se derrama sobre todas las criaturas, haciéndolas felices; y todo honor y gloria que las hizo felices vuelve a la Fuente y ellas entran en la profundidad de Dios, contemplan la vida interior de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nunca entenderán ni penetrarán.
Esta fuente de felicidad es invariable en su esencia, pero siempre nueva, brotando para hacer felices a todas las criaturas.  Ahora comprendo a San Pablo que dijo:  Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre pudo soñar, todo eso es lo que Dios ha preparado para los que le aman.
Y Dios me dio a conocer una sola y única cosa que a sus ojos tiene el valor infinito, y éste es el amor de Dios, amor, amor y una vez más amor, y con un acto de amor puro de Dios nada puede compararse.  Oh, qué inefables favores Dios concede al alma que lo ama sinceramente.  Oh, felices las almas que ya aquí en la tierra gozan de sus particulares favores, y éstas son las almas pequeñas y humildes.
Esta gran Majestad de Dios que conocí más profundamente, que los espíritus celestes adoran según el grado de la gracia y la jerarquía en que se dividen; al ver esta potencia y esta grandeza de Dios, mi alma no fue conmovida por espanto ni por temor, no, no absolutamente no.  Mi alma fue llenada de paz y amor, y cuanto más conozco a Dios tanto más me alegro de que Él sea así.  Y gozo inmensamente de su grandeza y me alegro de ser tan pequeña, porque por ser yo tan pequeña, me lleva en sus brazos y me tiene junto a su Corazón.
Oh Dios mío, que lástima me dan los hombres que no creen en la vida eterna; cuánto ruego por ellos para que los envuelva el rayo de la misericordia y para que Dios los abrace a su seno paterno.  Oh amor, oh rey.
El amor no conoce temor, pasa por todos los coros angélicos que hacen guardia delante de su trono.  No tiene miedo de nadie; alcanza a Dios y se sumerge en Él como en su único tesoro.  El querubín con la espada de fuego que vigila el paraíso, no tiene poder sobre él.  Oh, puro amor de Dios, qué inmenso e incomparable eres.  Oh, si las almas conocieran Tu fuerza.

Comprendo bien, oh Jesús mío, que como una enfermedad se mide con el termómetro y la fiebre alta nos indica la gravedad de la enfermedad, así en la vida espiritual el sufrimiento es el termómetro que mide el amor de Dios en el alma.

viernes, 8 de junio de 2018

LA MISERICORDIA DE DIOS – EL INFIERNO. DIARIO DE SANTA FAUSTINA 23


DIARIO DE SANTA FAUSTINA 23
LA MISERICORDIA DE DIOS – EL INFIERNO

         Reza incesantemente esta coronilla que te he enseñado.  Quienquiera que la rece recibirá gran misericordia a la hora de la muerte.  Los sacerdotes se la recomendarán a los pecadores como la última tabla de salvación.  Hasta el pecador más empedernido, si reza esta coronilla una sola vez, recibirá la gracia de Mi misericordia infinita.  Deseo que el mundo entero conozca Mi misericordia; deseo conceder gracias inimaginables a las almas que confían en Mi misericordia.

         Dios me ha permitido poner en práctica este consejo suyo con la enfermedad de mi madre. Cuando la rezaba junto a ella, recordaba las veces en que os hablé de ello en nuestras meditaciones y entendía que había llegado el momento de ponerlo en práctica. En esos momentos, viendo morir a una persona a la que quieres tanto, te agarras a la fe y a la esperanza para creer y confiar en que sus palabras son infalibles, que si Él lo ha prometido, así se hará, aunque la dude te asalte y tengas miedo a no estar haciendo lo suficiente por la persona que quieres. Hoy, quisiera tener al Santo Cura de Arx, por ejemplo o a Santa Faustina, para preguntarles si ya mi madre está en el cielo, pero Dios sigue permitiendo que el velo de la fe nos separe de esa certeza.
Me consuela y anima la experiencia de Santa Teresita: una compañera la creía sumida en la vanidad, cuando aseguraba que ella iría directamente al Cielo por la misericordia de Dios, en la que confiaba plenamente. Esta misma compañera murió antes que ella y se le apareció para decirle: Si yo hubiera confiado como tú, ahora ya estaría en el Cielo.

         Si conociéramos el don de Dios de su infinita misericordia, si conociéramos lo mucho que nos ama y lo que desea acercarnos a su Corazón ardiente para toda la eternidad…Así nos lo expresa Él:
Ves lo que eres por ti misma, pero no te asustes de eso.  Si te revelara toda la miseria que eres, morirías del horror.  Has de saber, sin embargo, lo que eres.  Por ser tú una miseria tan grande, te he revelado todo el mar de Mi misericordia.  Busco y deseo tales almas como la tuya, pero son pocas; tu gran confianza en Mí, me obliga a concederte gracias continuamente.  Tienes grandes e inexpresables derechos sobre Mi Corazón, porque eres una hija de plena confianza.  No soportarías la inmensidad de Mi amor, si te lo revelara aquí en la tierra en toda su plenitud.  A menudo levanto un poco el velo para ti, pero debes saber que es solamente Mi gracia excepcional.  Mi amor y Mi misericordia no conocen límites.

Las gracias que te concedo no son solamente para ti, sino también para un gran número de almas…. Y en tu corazón está continuamente Mi morada.  A pesar de la miseria que eres Me uno a ti y te quito tu miseria y te doy Mi misericordia.  En cada alma cumplo la obra de la misericordia, y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia.  Quien confía en Mi misericordia no perecerá, porque todos sus asuntos son Míos y los enemigos se estrellarán a los pies de Mi escabel.

         A continuación os leo una revelación de la Divina Misericordia, que me hace gracia, en el sentido de que yo me esfuerzo por explicarle a Dios los problemas de mis hijas, cuando rezo cada día por ellas, como me imagino que os ocurrirá a vosotros y Él nos dice:

Hija Mía, no te esfuerces con tal locuacidad.  A quienes amas de modo particular, también Yo los amo de manera especial y  por consideración a ti los colmo de Mis gracias.  Me agrada cuando Me hablas de ellos, pero no lo hagas con esfuerzos excesivos.

Por último, creo que debemos tener en cuenta estas consideraciones acerca del infierno, para que no caigamos en la mentalidad del mundo, que basándose en un falso conocimiento de la misericordia de Dios, se empeña en vivir al margen de Él, esperando luego una salvación ilusoria:

Hoy he estado en los abismos del infierno, conducida por un ángel.  Es un lugar de grandes tormentos, ¡qué espantosamente grande es su extensión!  Los tipos de tormentos que he visto:  el primer tormento que constituye el infierno es la pérdida de Dios; el segundo, el continuo remordimiento de conciencia; el tercero, saber que aquel destino no cambiará jamás; el cuarto tormento es el fuego que penetrará al alma, pero no la aniquilará, es un tormento terrible, es un fuego puramente espiritual, incendiado por la ira divina; el quinto tormento, es la oscuridad permanente, un horrible y sofocante olor; y a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas condenadas se ven mutuamente y ven todos el mal de los demás y el suyo; el sexto tormento, es la compañía continua de Satanás; el séptimo tormento, es una desesperación tremenda, el odio a Dios, las imprecaciones, las maldiciones, las blasfemias.  Estos son los tormentos que todos los condenados padecen juntos, pero no es el fin de los tormentos.  Hay tormentos particulares para distintas almas, que son los tormentos de los sentidos:  cada alma es atormentada de modo tremendo e indescriptible con lo que ha pecado.  Hay horribles calabozos, abismos de tormentos donde un tormento es diferente del otro.  Habría muerto a la vista de aquellas terribles torturas  si no me hubiera sostenido la omnipotencia de Dios.  Que el pecador sepa:  con el sentido que peca, con ese será atormentado por  toda la eternidad.  Lo escribo por orden de Dios para que ningún alma se excuse [diciendo] que el infierno no existe o que nadie estuvo allí ni sabe cómo es.

Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, estuve en los abismos del infierno para hablar a las almas y dar testimonio de que el infierno existe.  Ahora no puedo hablar de ello, tengo la orden de dejarlo por escrito.  Los demonios me tenían un gran odio, pero por orden de Dios tuvieron que obedecerme.  Lo que he escrito es una débil sombra de las cosas que he visto.  He observado una cosa:  la mayor parte de las almas que allí están son las que no creían que el infierno existe.  Cuando volví en mí no pude reponerme del espanto, qué terriblemente sufren allí las almas.  Por eso ruego con más ardor todavía por la conversión de los pecadores, invoco incesantemente la misericordia de Dios para ellos.  Oh Jesús mío, prefiero agonizar en los más grandes tormentos hasta el fin del mundo, que ofenderte con el menor pecado.

viernes, 20 de abril de 2018

HUMILDAD-VOLUNTAD DE DIOS. Diario de santa Faustina 22


DIARIO DE SANTA FAUSTINA 22
HUMILDAD-VOLUNTAD DE DIOS
Humildad:
Oh Jesús mío, no hay nada mejor para un alma que las humillaciones.  En el desprecio está el secreto de la felicidad; cuando el alma llega a conocer que es una nulidad, la miseria personificada y que todo lo que tiene de bueno en sí misma, es exclusivamente don de Dios. Cuando el alma ve que todo lo que tiene en sí le ha sido dado gratuitamente y que de sí tiene solamente la miseria, esto la mantiene continuamente humilde delante de la Majestad de Dios y Dios, viendo tal disposición del alma, la persigue con sus gracias.  Cuando el alma se hunde en el abismo de su miseria, Dios hace uso de su omnipotencia para enaltecerla.  Si hay en la tierra un alma verdaderamente feliz, ésta es solamente un alma verdaderamente humilde.  Al principio, el amor propio sufre mucho a causa de esto, pero si el alma enfrenta valerosamente repetidos combates, Dios le concede mucha luz en la que ella ve lo miserable y engañoso que es todo.  En su corazón está solamente Dios. Un alma humilde no confía a sí misma, sino que pone su confianza en Dios.  Dios defiende al alma humilde y Él Mismo se introduce en las cosas de ella y entonces el alma permanece en una máxima felicidad que nadie puede comprender.
Oh Jesús mío, a pesar de Tus gracias, siento y veo toda mi miseria.  Comienzo el día luchando y lo termino luchando; en cuanto aparto una dificultad, en su lugar surgen diez por superar, pero no me aflijo por ello, porque sé muy bien que éste es el tiempo de la lucha y no de la paz.  Cuando la lucha se hace tan dura que supera mis fuerzas, me arrojo como una niña en los brazos del Padre Celestial y tengo confianza que no pereceré.  Oh Jesús mío, soy tan propensa al mal…, y esto me obliga a vigilarme continuamente; pero nada me desalienta, confío en la gracia de Dios, que abunda donde la miseria es la más grande.

La segunda venida:
El día 25 de marzo.  Durante la meditación matutina me envolvió la presencia de Dios de un modo singular, mientras reflexionaba sobre la grandeza infinita de Dios y, al mismo tiempo, sobre su condescendencia hacia la criatura.  Entonces vi a la Santísima Virgen que me dijo: Oh, cuán agradable es para Dios el alma que sigue fielmente la inspiración de su gracia.  Yo di al mundo el Salvador y tú debes hablar al mundo de su gran misericordia y preparar al mundo para su segunda venida.  Él vendrá, no como un Salvador Misericordioso, sino como un Juez Justo.  Oh, qué terrible es ese día.  Establecido está ya es el día de la justicia, el día de la ira divina.  Los ángeles tiemblan ante ese día.  Habla a las almas de esa gran misericordia, mientras sea aún el tiempo para conceder la misericordia.  Si ahora tú callas, en aquel día tremendo responderás por un gran número de almas.  No tengas miedo de nada, permanece fiel hasta el fin, que yo te acompaño con mis sentimientos.

Importancia de cumplir la voluntad de Dios:
La esencia de las virtudes es la voluntad de Dios; quien cumple fielmente la voluntad de Dios, se ejercita en todas las virtudes.  En todos los casos y todas las circunstancias de la vida, adoro y bendigo la santa voluntad de Dios.  La santa voluntad de Dios es el objeto de mi amor.  En los más secretos rincones de mi alma vivo de su voluntad y por fuera obro en la medida en que conozco interiormente cuál es esta voluntad.  Los tormentos, los sufrimientos, las persecuciones y todo tipo de contrariedades que vienen de la voluntad de Dios, me son más agradables que los éxitos, los elogios y las alabanzas que vienen de mi voluntad.

Jueves Santo:
En aquella hora de plegaria, Jesús me permitió entrar en el Cenáculo y estuve presente durante lo que sucedió allí.  Sin embargo, lo que me conmovió más profundamente fue el momento  antes de la consagración, en que Jesús levantó los ojos al cielo y entró en un misterioso coloquio con su Padre.  Aquel momento lo conoceremos debidamente sólo en la eternidad. Sus ojos eran como dos llamas, el rostro resplandeciente, blanco como la nieve, todo su aspecto majestuoso, su alma llena de nostalgia.  En el momento de la consagración descansó el amor saciado, el sacrificio completamente cumplido.  Ahora se cumplirá solamente la ceremonia exterior de la muerte, la destrucción exterior, la esencia está en el Cenáculo.  En toda mi vida no tuve un conocimiento tan profundo de este misterio como en aquella hora de adoración.  Oh, con qué ardor deseo que el mundo entero conozca este misterio insondable.

viernes, 9 de marzo de 2018

CUALIDADES DE UNA MADRE. DIARIO DE SANTA FAUSTINA 20

DIARIO DE SANTA FAUSTINA 20
CUALIDADES DE UNA MADRE
Gratitud por ser hija de la Iglesia:
Qué alegría ser una hija fiel de la Iglesia.  Oh, cuanto amo a la santa Iglesia y a todos quienes viven en ella.  Los miro como miembros vivos de Cristo, que es su Cabeza.  Me inflamo de amor con los que aman, sufro con los que sufren, el dolor me consume mirando a los tibios y a los ingratos; entonces procuro un amor tan grande hacia Dios que compense por aquellos que no lo aman, que alimentan a su Salvador con negra ingratitud.
Oh Dios mío, estoy consciente de mi misión en la santa Iglesia.  Mi empeño continuo es impetrar la misericordia para el mundo.  Me uno estrechamente a Jesús y me presento como víctima que implora por el mundo.  Dios no me rehusará nada cuando le suplico con la voz de Su Hijo.  Mi sacrificio es nada por sí mismo, pero cuando lo uno al sacrificio de Jesús, se hace omnipotente y tiene la fuerza para aplacar la ira divina.  Dios nos ama en Su Hijo, la dolorosa Pasión del Hijo de Dios es un continuo aplacamiento de la ira de Dios.
         Unión íntima con Cristo, especialmente en su Pasión:
Haz de mí, oh Jesús, una víctima agradable y pura delante del Rostro de Tu Padre.  Oh Jesús, transfórmame, miserable y pecadora, en Ti, ya que Tú lo puedes todo y entrégame a Tu Padre Eterno.  Deseo transformarme en la hostia expiatoria delante de Ti, pero en una hostia no consagrada delante de los hombres; deseo que la fragancia de mi sacrificio sea conocida sólo por Ti, Oh Dios Eterno, que arda en mí el fuego inextinguible de la súplica por Tu misericordia; siento y comprendo que ésta es mi tarea, aquí y en la eternidad.  Tú Mismo me has ordenado hablar de esta gran misericordia Tuya y de Tu bondad.
Oh Jesús, cuando vienes a mí en la Santa Comunión, Tú que Te has dignado morar con el Padre y el Espíritu Santo en el pequeño cielo de mi corazón, procuro acompañarte durante el día entero, no Te dejo solo ni un momento.  Aunque estoy en compañía de otras personas, mi corazón está siempre unido a Ti.  Cuando me duermo, te ofrezco cada latido de mi corazón, cuando me despierto, me sumerjo en Ti sin decir una palabra.  Al despertarme, adoro un momento la Santísima Trinidad y le agradezco por haberme ofrecido un día más y que una vez más vuelva a repetirse en mí el misterio de la Encarnación de Su Hijo, que una vez más delante de mis ojos vuelva a repetirse su dolorosa Pasión.  Trato entonces de facilitar a Jesús el paso a través de mí a otras almas.  Con Jesús voy a todas partes, su presencia me acompaña en todo momento.
En los sufrimientos del alma o del cuerpo trato de callar, porque entonces mi espíritu adquiere la fortaleza que viene de la Pasión de Jesús.  Delante de mis ojos tengo siempre su Rostro doloroso, insultado y desfigurado, su Corazón divino traspasado por nuestros pecados y especialmente por la ingratitud de las almas elegidas.
La Majestad de Dios me envuelve otra vez, me siento sumergida totalmente en Dios, toda sumergida y penetrada por Él, viendo cuánto el Padre Celestial nos ama.  Oh, qué gran felicidad llena mi alma por el conocimiento de Dios, de la vida de Dios.  Deseo compartir esta felicidad con todos los hombres, no puedo encerrar esta felicidad en mi corazón solamente, porque sus rayos me queman y hacen estallar mi pecho y mis entrañas.  Deseo atravesar el mundo entero y hablar a las almas de la gran misericordia de Dios.  Oh sacerdotes, ayúdenme en esto, usen las palabras más convincentes sobre su misericordia, porque toda expresión es muy débil para expresar lo misericordioso que es.
Importancia del silencio y del recogimiento:
El Espíritu Santo no habla a un alma distraída y charlatana, sino que, por medio de sus silenciosas inspiraciones, habla a un alma recogida, a un alma silenciosa.  Si se observara rigurosamente el silencio, no habría murmuraciones, amarguras, maledicencias, chismes, no sería tan maltratado el amor del prójimo, en una palabra, muchas faltas se evitarían.  Los labios callados son el oro puro y dan testimonio de la santidad interior.
Como es la Superiora en un convento, así debe ser una madre:
La Superiora debe distinguirse por la humildad y el amor hacia cada hermana, sin excepción alguna.  Que no se deje guiar por simpatía o por antipatía, sino por el espíritu de Cristo.  Debe saber que Dios le pedirá cuenta de cada hermana.  Que no diga sermones a las hermanas, sino que dé el ejemplo de una profunda humildad y el de negarse a sí misma, ésta será la enseñanza más eficaz para las que dependen de ella.  Que sea resuelta, pero nunca brusca; que tenga paciencia si la cansan con las mismas preguntas, aunque tenga que repetir cien veces la misma cosa, pero siempre con la misma calma.  Que trate de presentir todas las necesidades de las hermanas sin esperar que le pidan ésta u otra cosa, porque son diversas las naturalezas de las almas.  Si ve que alguna hermana está triste o doliente, trate de ayudarle de cualquier manera y de consolarla; que ruegue mucho y pida luz para saber cómo comportarse con cada una de ellas porque cada alma es un mundo diferente.  Dios tiene distintos modos para tratar con las almas que, a veces, para nosotros, son incomprensibles e inconcebibles, por eso la Superiora debe ser prudente para no impedir la actuación de Dios en ningún alma.  Que nunca amoneste a las hermanas cuando está nerviosa, además los reproches deben siempre ir acompañados por palabras de estímulo.  Hay que dar a conocer al alma su error para que lo reconozca, pero no se la debe desalentar.  La Superiora debe distinguirse por el amor activo a las hermanas, debe encargarse de todas las penas para aliviar a las hermanas; que no exija ningún servicio de las hermanas, que las respete como a las esposas de Jesús y que esté dispuesta a servirles tanto de día como de noche; debe más bien pedir que ordenar.  Que tenga el corazón abierto a los sufrimientos de las hermanas y que ella misma estudie y contemple fijamente el libro abierto, es decir, a Jesús Crucificado.  Que siempre pida con fervor la luz y, especialmente, cuando tenga que arreglar algo de importancia con alguna hermana.  Procure una profunda unión a Dios y Dios gobernará a  través de ella. 


sábado, 3 de marzo de 2018

LA PASIÓN. DIARIO DE SANTA FAUSTINA 19


DIARIO DE SANTA FAUSTINA 19
LA PASIÓN
Al venir a la adoración, en seguida me envolvió un recogimiento interior y vi al Señor Jesús atado a una columna, despojado de las vestiduras y en seguida empezó la flagelación.  Vi a cuatro hombres que por turno azotaban al Señor con disciplinas.  Mi corazón dejaba de latir al ver esos tormentos.  Luego el Señor me dijo estas palabras: Estoy sufriendo un dolor aun mayor del que estás viendo.  Y Jesús me dio a conocer por cuales pecados se sometió a la flagelación, que son los pecados de la impureza.  Oh, cuanto sufrió Jesús moralmente al someterse a la flagelación.  Entonces Jesús me dijo: Mira y ve el género humano en el estado actual.  En un momento vi cosas terribles. Los verdugos se alejaron de Jesús, y otros hombres se acercaron para flagelarle: tomaron los látigos y azotaban al Señor sin piedad.  Eran sacerdotes, religiosos y religiosas y máximos dignatarios de la Iglesia, lo que me sorprendió mucho; eran laicos de diversa edad y condición, todos descargaban su ira en el inocente Jesús.  Al verlo mi corazón se hundió en una especie de agonía; y mientras los verdugos lo flagelaban, Jesús callaba y miraba a lo lejos, pero cuando lo flagelaban aquellas almas que he mencionado arriba, Jesús cerró los ojos y un gemido silencioso pero terriblemente doloroso salió de su Corazón.  Y el Señor me dio a conocer detalladamente el peso de la maldad de aquellas almas ingratas: ¿Ves?, he aquí un suplicio mayor que Mi muerte.  Entonces mis labios callaron y empecé a sentir en mí la agonía y sentía que nadie me consolaría ni me sacaría de ese estado sino Aquel que a eso me había llevado.  Entonces el Señor me dijo: Veo el dolor sincero de tu corazón que ha dado un inmenso alivio a Mi Corazón, mira y consuélate.

Cuando me sumerjo en la Pasión del Señor, a menudo en la adoración veo al Señor Jesús bajo este aspecto: después de la flagelación los verdugos tomaron al Señor y le quitaron su propia túnica que ya se había pegado a las llagas y mientras le despojaban de ella, volvieron a abrirse sus llagas.  Luego vistieron al Señor con un manto rojo, sucio y despedazado sobre las llagas abiertas.  El manto llegaba a las rodillas.  Mandaron al Señor sentarse en un pedazo de madero y entonces trenzaron una corona de espinas y ciñeron con ella su Sagrada Cabeza; pusieron una caña en su mano, y se burlaban de Él homenajeándolo como a un rey.  Le escupían en la Cara y otros tomaban la caña y le pegaban en la Cabeza; otros le producían dolor a puñetazos, y otros le tapaban la Cara y le golpeaban con los puños.  Jesús lo soportaba silenciosamente.  ¿Quién puede entender su dolor?  Jesús tenía su mirada hacia el suelo.  Sentí lo que sucedía entonces en el dulcísimo Corazón de Jesús.  Que cada alma medite lo que Jesús sufría en aquel momento.  Competían en insultar al Señor.  Yo pensaba de dónde podía proceder tanta maldad en el hombre.  La provoca el pecado.  Se encontraron el Amor y el pecado.

Entonces vi a Jesús clavado en la cruz.  Después de estar Jesús colgado en ella un momento, vi toda una multitud de almas crucificadas como Jesús.  Vi la tercera muchedumbre de almas y la segunda de ellas.  La segunda infinidad de almas no estaba clavada en la cruz, sino que las almas sostenían fuertemente la cruz en la mano; mientras tanto la tercera multitud de almas no estaba clavada ni sostenía la cruz fuertemente, sino que esas almas arrastraban la cruz detrás de sí y estaban descontentas.  Entonces Jesús me dijo: ¿Ves, esas almas que se parecen a Mí en el sufrimiento y en el desprecio?, también se parecerán a Mí en la gloria; y aquellas que menos se asemejan a Mí en el sufrimiento y en el desprecio, serán menos semejantes a Mí también en la gloria.

Muchas veces durante la Santa Misa veo al Señor en mi alma, siento su presencia que me invade por completo.  Siento su mirada divina, hablo mucho con Él sin decir una sola palabra.  Conozco lo que desea su Corazón Divino y siempre hago lo que Él prefiere.  Lo amo hasta la locura y siento que soy amada por Dios.  En los momentos en que me encuentro con Dios en la profundidad de mis entrañas, me siento tan feliz que no sé expresarlo.  Estos momentos son cortos, porque el alma no los podría soportar más tiempo, pues debería producirse la separación del cuerpo.  Aunque estos momentos son muy cortos, no obstante el poder que pasa al alma permanece muchísimo tiempo.  Sin el menor esfuerzo siento un profundo recogimiento que entonces me envuelve y que no disminuye a pesar de que converso con la gente, ni me molesta en el cumplimento de mis deberes.  Siento su constante presencia sin ningún esfuerzo del alma, siento que estoy unida a Dios tan estrechamente como una gota de agua con el océano sin fondo.

         En otra ocasión, habiendo sufrido físicamente los ataques del demonio, oí una voz:
Estás unida a Mí y no tengas miedo de nada, pero has de saber, niña Mía, que Satanás te odia; él odia a muchas almas, pero arde de un odio particular hacia ti, porque arrancaste a muchas almas de su poder.

         Sentí que vale la pena cualquier sufrimiento con tal de ganar almas para el Cielo.
Oh Dios mío, aun en los castigos con que hieres la tierra veo el abismo de Tu misericordia, porque castigándonos aquí en la tierra, nos liberas del castigo eterno.  Alégrense, todas las criaturas, porque están más cerca de Dios en su infinita misericordia que el niño recién nacido del corazón de su madre.  Oh Dios, que eres la Piedad misma para los más grandes pecadores arrepentidos sinceramente; cuanto más grande es el pecador, tanto mayor es el derecho que tiene a la Divina Misericordia.