viernes, 24 de febrero de 2017

LA TRANSFIGURACIÓN. Charla semanal

EJERCICIOS ESPIRITUALES 17
         Se trata de conocer a Aquel que nos ha llamado. Él ha inaugurado un camino nuevo y quiere que yo le siga. En mí crea una persona nueva y me da un patrón de vida nueva. Desea que en todo busque y halle a Dios y su Voluntad. Este punto de los Ejercicios se centra en un diálogo entre Él y yo. Se tiene que consolidar lo esencial, mi relación con Cristo, para que después le pueda descubrir y hallar en todas las demás cosas.
         Contemplamos la Transfiguración en Mat, 17
La Transfiguración es el pórtico de entrada a la Pasión, igual que el Bautismo fue el pórtico de entrada a la vida pública.
La finalidad de esta contemplación es crear un clima para el encuentro con Cristo, para poder reconocerlo aquí transfigurado y después crucificado. Él es el mismo, seguimos al mismo Cristo.
         Nos situamos en un monte elevado en medio de una gran llanura, desde donde se otea todo el horizonte. No hay colinas alrededor. Siempre tiene mucha vegetación. Para los que hemos ido, sabemos que se accede por una carretera en zigzag, por la que sólo se puede subir en taxi. Arriba hay una gran explanada, donde tuvo lugar el Misterio que contemplamos. Es uno de los puntos más evocadores de toda Palestina.
         Mi petición, como siempre: Conocimiento interno. Mirar a Jesús con los ojos del corazón. Por mí se transfigura, para que más le ame y más le siga.
         Jesús siempre aclimata a sus discípulos a los Misterios que les prepara. La aclimatación es muy importante. Jesús es el mejor pedagogo. Les crea un microclima.
         Antiguamente, siempre construían un atrio antes de entrar al Templo, precisamente para esta aclimatación, pues no se puede entrar de la vida ordinaria, con sus distracciones y sus problemas, a la vida sagrada donde necesitamos el recogimiento, sin una aclimatación previa. A la entrada del atrio había siempre agua y un jardín, que son elementos tranquilizadores, que nos dan sosiego al espíritu.
Los preámbulos siempre son necesarios para entrar en comunión con lo sagrado.
Sólo el encuentro con uno mismo y con Dios, serenan.
         El sentido de la Transfiguración es hacernos entender que la Crucifixión es camino de Resurrección. Nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo. Pero nos recuerda que es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios.
         Hay dos Misterios contrapuestos: La Encarnación y la Transfiguración.
En la Encarnación, Dios se esconde en un hombre.
En la Transfiguración, el Misterio de Dios sale de la humanidad de Cristo. La humanidad es el soporte que permite la divinidad. Dios nos enseña que está escondido en un hombre.
         Jesús quiere conceder a sus discípulos esta experiencia, que les permita no echarse para atrás ante el escándalo de la cruz.
Su muerte en la cruz, ¿es un fracaso?. No, es semilla de Resurrección, es camino para la vida.
         A la Transfiguración no se llega si Dios no nos lo concede. Es una gracia que hay que pedirla: poder tener la experiencia de Cristo transfigurado.
Seguramente esta semana, si hacemos bien nuestra oración y pedimos ayuda al Espíritu Santo, tendremos una experiencia de consolación muy fuerte. Pedir este don de la consolación, que no es fruto del esfuerzo humano, porque como dice San Ignacio, así nuestras obras van calientes y sin la consolación, quedan frías. Que comprendamos que Dios mismo, metido en la vida de los hombres y hecho Hombre, deja que se desvele por un momento el misterio de su persona. Es sólo un momento, después la historia continúa.
         Dios Padre nos habla en la Transfiguración. Nos define a Jesús, su verdadero rostro: Éste es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle. Lo mismo que dijo en el Bautismo. Él es la plenitud de la ley y los profetas.
El Padre nos ofrece a Cristo como punto de mira. Nos revela el verdadero sentido de la vida del discípulo: seguir el camino del Maestro, una vida gastada en el amor y en el servicio, que ahora empezará el camino para subir hasta el Calvario, hasta su muerte y va a ella como el Siervo de Dios.
         De mi relación con Cristo tiene que salir una fuerza tal, que quede una impronta en mi vida, que quede plasmado dentro de mí, en mi alma, como quedó su Cuerpo en la Sábana Santa; para que cuando mi fe tambalee a causa de las cruces que Dios permita en mi vida, cuando me encuentre sin esperanza, contemple su rostro transfigurado dentro de mí y pueda seguir adelante.
         Jesús dice a sus discípulos: Levantaos, no tengáis miedo. También me lo dice a mí. Ante nuestros aparentes fracasos, Jesús nos conforta: Levantaos, no tengáis miedo. Hay que tener bien instalada en el corazón esta convicción: el fracaso no existe para aquel que mira al transfigurado.
         Contemplamos también a Pedro, que aún no ha entendido nada: Señor, que bien se está aquí, hagamos tres tiendas. No había comprendido todavía el camino de Jesús. Lo entenderá más adelante. Como muchas cosas en nuestra vida, que tampoco entendemos y Cristo nos las va desvelando poco a poco.
         Próximamente tendremos que descender de la montaña para afrontar los riesgos, para dejarnos triturar, como Cristo. Pero miremos su ejemplo: Él es la fuente que desciende para apagar nuestra sed.

viernes, 17 de febrero de 2017

LAS LLAMADAS. Ejercicios espirituales 16

EJERCICIOS ESPIRITUALES 16

         Vamos a contemplar diversos llamamientos que aparecen en el Evangelio y también el mío propio. Jesús me llama por mi nombre. Él nunca violenta. Si yo no le dejo entrar en mi vida, no hay posibilidad de encuentro con Él. Lo primero que tengo que hacer es ofrecerle a Jesús mi libertad: es lo que más vale de la persona. Sólo desde la libertad puedo amarle.
         Pedirle que no sea sordo a su llamada, sino presto y diligente a seguirla.
         Nos situamos junto al lago de Galilea, también llamado de Genesaret o Tiberíades. En este lugar, Jesús va a realizar gran parte de su actividad y aquí realiza las primeras llamadas.
         Nos dice el Evangelio: “Caminando a lo largo del mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, hermano de Simón que echaban redes en el mar, pues eran pescadores. Y Jesús les dijo: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Al instante, dejando las redes, lo siguieron. Y continuando un poco más allá, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban también remendando sus redes en la barca, y los llamó. Ellos, luego, dejando a su padre Zebedeo en la barca, se fueron en pos de Él.”
         Él llama a los que tiene en su Corazón. Escuchar mi nombre, porque también a mí me llama. Y me llama a estar con Él, porque el sentido fundamental de esta llamada es entrar en una relación más plena, de identificación total con Él.
         Jesús llama, y ejerce una fascinación tan grande…, que no lo piensan. Al instante, dejan su trabajo, su familia, sus ocupaciones, sus necesidades…, y lo siguen.
         Jesús nos llama de en medio del mundo, de en medio de los hombres, para volver luego a los hombres y servirlos. Por eso los llama donde están trabajando, donde la gente se afana y lucha para abrirse paso.
         De la misma manera me llama a mí a hacer estos Ejercicios, a hacer oración. Me llama en medio de mis ocupaciones diarias y me llama para luego volver a ellas, pero de una manera renovada, habiéndome transformado primero. No me saca del mundo, no me saca de mi vida ordinaria, sino que me llama a volver a ella siendo un apóstol, una vez que he tenido esa experiencia profunda del amor de Jesucristo, que se ha fijado en mí entre la multitud, que me ha elegido a mí de entre los demás, para tener una experiencia íntima con Él y luego poder llevarlo a los demás. Si no se da primero este paso de verdadera transformación en Él, el siguiente paso que es volver al mundo, fallará, no tendré nada que llevar a los demás, no tendré nada que transmitir… El que entra, es distinto del que sale. Por fuera, no van a cambiar las cosas, seguiré teniendo los mismos problemas, las mismas circunstancias a mi alrededor, el mismo carácter para afrontarlo…, pero mi corazón será distinto. No me romperé con las dificultades, la manera de verlo todo será diferente. Si no hay encuentro con Cristo, no habrá después apostolado. La experiencia que tendré es tan vital que no la podré callar.
         Deja que Él te llame. Escucha su voz. Dios se amolda a la manera de ser de cada uno. Nos llama según somos cada uno. Pero nos tenemos que dejar transformar y esta transformación lleva su tiempo. Por eso es necesario ser constantes en la oración, porque es el tiempo principal del que Dios dispone para irnos transformando. También lo hará a través de la vida misma, de las circunstancias que permite, de las experiencias que vivamos.
         Después me encomendará una misión, porque llamada y misión van siempre unidas. Jesús llama, cambia nuestra vida y nos envía. Y esa misión me la irá descubriendo poco a poco.
El otro día escuchábamos en el Evangelio el envío de los 72. Sólo cuando estamos preparados, Jesús nos envía. No nos podemos quedar cuanto recibimos gratuitamente de Él.
         Pero sin haber terminado el proceso de transformación, el apostolado no es posible. No estamos capacitados para la misión.

         ¿Cómo me llama Jesús? Con una palabra, con un gesto, siempre por medio de una relación personal: Venid conmigo, seguidme.
         Y pide una respuesta incondicional e inmediata. No cabe otra que un Sí, a quien primero me lo ha dado todo, a quien sin mérito alguno por mi parte se ha fijado en mí.
         Su llamada es gratuita, no me debe nada. Yo a El sí se lo debo todo. Me llama porque me quiere.
Me siento incapaz, indigno. Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Pero no le importa, Él ya lo sabe, y aún así me sigue llamando. Mis pegas no son suficientes: Mira, Señor, que no sé hablar, mira que no tengo suficiente formación, mira que mi carácter es débil, mira que no tengo personalidad que llame la atención, mira que tampoco tengo mucho tiempo… Una a una, El rebate todas estas pegas, me llama. Conociéndome, me elige. Para que quede patente que no es por mis méritos, sino por su gracia. No debo quitarle las riendas a Aquel que las tiene.
No me queda más que decirle: Señor, que tu gracia sostenga, inspire y acompañe todas mis obras, para que empiecen en Ti como en su fuente, y tiendan a Ti como a su fin.
         Agradecerle tanto don recibido. Todo lo que tengo de bueno en mí, me lo ha dado Él. Nada bueno puede salir de mí si Él no lo pone. Y…, mis pecados, no hay que taparlos ni maquillarlos, porque Él todo lo ve. Ahí están, no hay más que aceptarlos y pedir perdón. Él ya los sabe, ya los conoce.
A fuerza de su amor cambiará mi vida.
No temas, no tengas miedo. Confía en Mí. Yo haré mi obra.
         Decía un teólogo: Te pido que tengas conmigo la misericordia de no dejarme sentado en mi tranquilidad.

viernes, 10 de febrero de 2017

LA CURACIÓN DEL CIEGO DE NACIMIENTO. Charla semanal

EJERCICIOS ESPIRITUALES 15
         Contemplamos hoy la curación del ciego de nacimiento en Jn 9.
         Nos ponemos delante del Espíritu Santo para pedirle el conocimiento interno del Señor para más amarle y más seguirle. Que comprendamos que Jesús es la luz del mundo. Pedir al Señor que su luz penetre todas las zonas de mi vida que puedan estar en oscuridad. Haz que yo vea, Señor, que te vea a Ti, que Tú me ilumines cuando el demonio o mis pecados venden mis ojos y no sea capaz de encontrar el camino.
Para poder entender este pasaje, antes es necesario leer la revelación que Jesús hace en el capítulo anterior: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. El milagro que vamos a contemplar ahora es la realización de estas palabras de Jesús.
"Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: "Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?". Respondió Jesús: "Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. Es preciso que Yo haga las obras del me que envió mientras es de día; venida la noche, ya nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo." Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: "Vete, lávate en la piscina de Siloé" (que quiere decir Enviado). El fue, se lavó y volvió con vista".
         En este episodio se da a conocer el proceso de la  vida cristiana: el paso de las tinieblas a la luz.
         Observamos que, al pasar, vio Jesús a un ciego de nacimiento. No se nombra espacio ni tiempo. Sólo se constata un hecho: es el paso de Jesús. También Jesús pasa por mi vida y nada de lo mío le resulta indiferente. De hecho, he tenido encuentros muy especiales con Él. Recordar situaciones concretas de este paso del Señor. Examinar mi vida, hacer memoria, recrearme en esos ratos: en la oración, a través de una situación concreta, en una confesión, en un momento difícil de mi vida o en un rato gozoso… Si no hago estas reflexiones con frecuencia, tal vez Jesús está pasando por mi vida en muchas circunstancias y yo ni siquiera me doy cuenta.
         Seguimos con el momento en el que Cristo nos explica que no hay conexión entre el pecado y la enfermedad. La enfermedad no es un castigo por nuestros pecados, como piensan muchos: ¿Qué he hecho yo para que me ocurra esto? Dios nos ama y no es insensible al dolor de los hombres. Está siempre en nuestra vida, aún en los momentos más difíciles y oscuros. Pero nunca estos momentos son un castigo, al contrario, son ocasiones para que se manifieste la obra de Dios en mí.
         Contemplemos ahora la curación: Jesús escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y se lo untó en los ojos al ciego. Nos recuerda la primera creación que nos narra el génesis: Modeló Yavhé Dios al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida y fue así el hombre animado.
Utiliza el mismo simbolismo. Él es nuestro Padre. Nosotros somos el barro y Él es el alfarero, todos somos obra de sus manos, como nos dice el Libro de Isaías. ¿Sé ponerme en las manos de Dios para dejarme modelar por Él?
         Jesús le dice: ve a lavarte en la piscina. A esta piscina llegaba agua de una fuente natural. Tenía aguas purísimas. El agua pura que cura es el símbolo del bautismo que lava nuestros pecados. Siempre necesitamos de agua para limpiarnos. De la misma manera, esta piscina y esta agua son imagen de la necesidad que tenemos siempre de la gracia para purificarnos de nuestras faltas. Al untarle con barro y pedirle que fuera a lavarse a la piscina, Jesús le había mostrado su amor, su deseo de curarle, pero la curación no se realiza mecánicamente, requiere la aceptación libre del hombre, como veíamos el otro día en la curación del paralítico. Él nunca se impone, sino que se propone suavemente. Tenemos que optar por curarnos, por querer ver.
         Fue a lavarse y volvió con vista. Se abrió a la luz, se abrió a la fe, se fió de Dios. Este es el secreto de todo crecimiento en la vida espiritual. Sentir cómo Jesús también va abriendo mis ojos para ver lo que Él desea de mí.
                   Es curioso que después del milagro se origina una discusión, porque los judíos no querían creer que aquel hombre era ciego aunque le conocían de siempre, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron a ellos si realmente ése era su hijo. Dice el Papa Francisco, que muchas veces una buena acción, una obra de caridad, origina habladurías, discusiones…, porque muchos no quieren ver la verdad, no tienen luz para verla. Nosotros sí tenemos la luz. Hay muchos hombres en tinieblas.
Es un drama la ceguera interior de tanta gente, nuestra propia ceguera interior muchas veces.
¿Qué hacemos nosotros con la luz que tenemos?
Al final el ciego curado llega a la fe, y ésta es la gracia más grande que le viene dada por Jesús: no sólo poder ver con la vista física de los sentidos externos, sino verle a Él, conocerle a Él  como ‘la luz del mundo’, tener una experiencia profunda de Él. Señor, creo, creo que Tú eres la luz del mundo, eres la luz de mi vida, de mi existencia. Este conocimiento tiene que cambiar mi vida, tiene que dar un vuelco, porque estaba ciega, pero he recobrado la vista y ya mi vida no puede seguir un camino equivocado. Que el Espíritu Santo nos conceda esta experiencia de fe.

viernes, 3 de febrero de 2017

LA CURACIÓN DEL ENFERMO DE LA PISCINA

EJERCICIOS ESPIRITUALES 14
         Vamos a continuar las siguientes semanas contemplando a Jesús en su vida pública. Se trata de conocer más a Cristo, por quien he optado, a quien he decidido seguir. Sólo el que aprende en la escuela del Maestro, puede ser apto para llevarlo a los hombres. El discípulo tiene que ser imagen de Cristo, por eso tiene que transformarse en Él.
         Leemos en Jn, 5 la curación del enfermo de la piscina. Lo leemos despacio, tantas veces como necesitemos, para pasarlo por el corazón. La Palabra de Dios hay que pasarla muchas veces por el corazón. Y pidamos a Jesús un conocimiento interno para más amarle y seguirle. Que comprendamos la fuerza salvadora de la acción de Jesús y que su poder está siempre a disposición nuestra.
         Si no hay un más amarle en nuestra vida, nuestro amor no es verdadero y si le amamos, siempre tendremos cierta insatisfacción porque siempre se puede amar más. Cada día es una oportunidad de vivir y crecer en este amor. Cuando uno introduce el amor en todas las cosas, descubre que no hay nada igual en un día y otro día, aunque siempre se hagan las mismas cosas. El amor es el que da color a una vida monótona.

         Y ahora vamos a hacer nuestra composición de lugar: Estamos en Jerusalén. Saliendo de la explanada del Templo, se encuentra la piscina Betesda. Allí acudían los pastores a abrevar el rebaño. La piscina tenía cinco pórticos, y propiamente se formaban dos grandes estanques, separados por una baranda de piedra. La piscina se alimentaba con aguas termales, que fluían intermitentemente de una fuente situada en las afueras de la ciudad. Cuando llegaba el agua nueva se formaba un remolino en la piscina y era señal inequívoca de que entonces era el momento de aprovechar la cualidad terapéutica de un agua, que la imaginación popular creía movida por un ángel y el primero que bajaba después de la agitación del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que padeciera. Por eso, los enfermos se metían en ese momento para curarse.
Pero había allí un hombre que llevaba 38 años enfermo, prácticamente toda su vida y no tenía a nadie que al moverse el agua le metiera en la piscina. Jesús está contemplando esta escena, ve que nadie se acuerda de él. Y toma la iniciativa y le pregunta: ¿Quieres curarte? Jesús se ofrece, no obliga. El hombre tiene que optar libremente por Él. Jesús nunca violenta. Siempre entra con suavidad y pide permiso para entrar en nuestra vida. Y me pregunta muchas veces ¿quieres?. Pero siempre tendré que optar libremente por Él, sólo así el seguimiento será verdadero. No tengo que estar condicionado por nada de dentro ni por nada de fuera para seguirle. Sólo yo puedo decirle que sí. No confiar en que ya lo sabe, sino reafirmarlo, renovar mi opción por Él, mi sí a Él. Un sí libre y por amor, las dos condiciones para que sea verdadero. En este sí nos jugamos la vida. Y después de darle este sí y en comunión con Él, tengo que volver luego al mundo, transformado por esta experiencia interior. Este sí nos vuelve inalterables. El alma queda tan transformada, tan de Cristo, que no concibe otra manera de ser ni de existir que ser sólo y toda de Cristo.
         Nuestro seguimiento no es desde fuera, es una verdadera transformación interior: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Somos una sola cosa con Él.

         Seguimos en el pasaje evangélico y contemplamos a Cristo con el enfermo y a la vez me contemplo a mí con Cristo, con mi enfermedad, con mi parálisis, con lo que me impide moverme hacia Él y seguirle de verdad. Pero Cristo tiene especial interés en curarme. Y Él me dice, igual que al enfermo: Levántate, toma tu camilla y echa a andar. Y ahí está Jesús y el paralítico; el Creador junto a su criatura, el médico junto al enfermo.
         Y le dice: “carga con tu camilla”. Antes, la camilla le llevaba a él y ahora, él lleva la camilla. Le hace dueño de aquello mismo que le esclavizaba. Le hace libre. Lo que le pesaba, ya no le pesa.
         Y “echa a andar”. Cristo me da la fuerza para que me ponga en marcha, me da libertad; ya nada ni nadie me va a condicionar.

         Pero están alrededor los que se cuestionan si es lícito curar en sábado y reprenden al hombre porque carga con su camilla en sábado. Para ellos, Jesús ha quebrantado la ley. Y Jesús les responde: Mi Padre sigue obrando todavía y por eso obro yo también. Jesús tiene plena convicción de que Él no hace nada por Sí mismo y hace lo que ve hacer al Padre. Porque el Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre. Jesús nos descubre su verdadera intimidad.
         De la misma manera, yo no puedo hacer nada por mí misma si no estoy unida a Jesucristo. No puedo hacer nada sin Él y nada, es nada. A veces soporto sola el peso de mis tareas y de mi vida, porque no tengo esta conciencia de que no estoy sola. Debo tener una total confianza en Él, segura de sus palabras: Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Abandonarme en Él. Vivir el gozo de saberme en las manos de Dios. Esto me hará fuerte, una columna de hierro.