viernes, 1 de marzo de 2019

VIVIR LA CARIDAD. SED MAGNÁNIMOS. Charla semanal


Les añadió una parábola: «¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima del maestro. Será como el maestro cuando esté perfectamente instruido. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: `Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo', si no ves la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano.Lc 6, 39-42

Jesús pronuncia estas palabras después de una noche pasada en oración. En un párrafo tan breve, Jesús trata diversos aspectos:
Se dirige a los que guiaban a la comunidad, que se consideraban dueños de la verdad, superiores a los otros. Y les llama guías ciegos.
Continúa después diciendo que ningún discípulo es mayor que el maestro. El maestro, no sólo enseñaba sino que convivía con sus discípulos. Su materia es Él mismo, su testimonio de vida, su manera de vida: eso es lo que Él enseña. El discípulo debe aprender a imitar al maestro. No sólo le contempla, sino que se tiene que comprometer con el destino del maestro, sus tentaciones, su persecución y hasta su muerte. Llega a identificarse con su maestro, como San Pablo, hasta poder llegar a decir: Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Esta es la dimensión mística del seguimiento de Jesús, fruto de la acción del Espíritu.
Y después nos propone el ejemplo de la brizna en el ojo del hermano. Tenemos la debilidad de juzgar a los demás, sin reconocer nuestras propias faltas y la necesidad que tenemos de la misericordia de Dios.
Jesús nos pide una actitud que nos haga capaces de ir al encuentro del otro sin juzgarlo, sin ideas preconcebidas, acogiendo al otro como hermano, con una total apertura. Nos pide mirar al otro como lo mira Dios, que ve el interior de cada uno, que nos contempla con una mirada generosa y compasiva, que no nos desprecia ni condena por nuestras faltas y torpezas.
Dice el Papa Francisco:
El apelativo «hipócritas» que Jesús da varias veces a los doctores de la ley en realidad es dirigido a cualquiera, porque quien juzga lo hace en seguida, mientras que Dios para juzgar se toma su tiempo.
Quien juzga se equivoca, simplemente porque toma un lugar que no es suyo. Pero no solo se equivoca, también se confunde. Está tan obsesionado con lo que quiere juzgar, de esa persona -¡tan tan obsesionado!- que esa idea no le deja dormir. ... Y no se da cuenta de la viga que él tiene. Es un fantasioso. Y quien juzga se convierte en un derrotado, termina mal, porque la misma medida será usada para juzgarle a él. El juez que se equivoca de sitio porque toma el lugar de Dios termina en una derrota. ¿Y cuál es la derrota? La de ser juzgado con la medida con la que él juzga.
El único que juzga es Dios y a los que Dios da la potestad de hacerlo. Jesús, delante del Padre, ¡nunca acusa! Al contrario: ¡defiende! Es el primer Paráclito. Después nos envía el segundo, que es el Espíritu Santo. Él es defensor: está delante del Padre para defendernos de las acusaciones. ¿Y quién es el acusador? En la Biblia se llama «acusador» al demonio, satanás. Jesús nos juzgará, sí: al final de los tiempos, pero mientras tanto intercede, defiende.
En vez de acusar, debemos esforzarnos por vivir la caridad, por ser generosos y magnánimos, yendo más allá de la obligación estricta. Tenemos un amplio campo en la delicadeza y en las atenciones, en el sacrificio y en la afabilidad ingeniosa para dar gusto a los demás en todo. Hay que llegar al detalle y no despreciar las pequeñas ocasiones de sacrificarnos, dando a los demás una muestra de atención, un rostro alegre, una palabra de aliento, una condescendencia en la conversación. Hay que aprovechar esta vida tan pequeña, tan corta, que es un punto en medio de la eternidad, para hacer todo el bien que podamos, pues al final sólo se nos examinará del amor.
Recordemos la carta a los Corintios:
“Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o  un platillo estruendoso.
Aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera una fe como para mover montañas, si no tengo amor, no soy nada.
Aunque repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve.
El amor es paciente, es servicial, [el amor] no es envidioso ni busca aparentar, no es orgulloso ni actúa con bajeza, no busca su interés, no se irrita, sino que deja atrás las ofensas y las perdona, nunca se alegra de la injusticia, y siempre se alegra de la verdad. Todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor nunca terminará. Las profecías serán eliminadas, el don de lenguas terminará, el conocimiento será eliminado. Porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías limitadas. Cuando llegue lo perfecto, lo imperfecto será eliminado.
Cuando era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; al hacerme adulto, abandoné las cosas de niño.
Ahora vemos como en un mal espejo, confusamente, después veremos cara a cara. Ahora conozco a medias, después conoceré tan bien como Dios me conoce a mí. Ahora nos quedan tres cosas: la fe, la esperanza, el amor. Pero la más grande de todas es el amor.

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