viernes, 10 de noviembre de 2017

DIARIO DE SANTA FAUSTINA 7

DIARIO DE SANTA FAUSTINA 7
         Un día Jesús me dijo: “No vives para ti, sino para las almas. Otras almas se beneficiarán de tus sufrimientos. Tus prolongados sufrimientos les darán luz y fuerza para aceptar mi Voluntad.”
         El sufrimiento más grande para mí era la impresión de que mis oraciones y mis buenas obras no agradaban al Señor. No me atrevía a mirar hacia el cielo. Eso me producía un sufrimiento tan grande que la Madre Superiora me decía: Pida a Dios, hermana, gracia y consolación, porque usted suscita compasión, no sé qué hacer con usted. Le ordeno no afligirse por nada.
Sin embargo, esto no me daba alivio. Una oscuridad aún más densa me ocultaba a Dios. Perdí la esperanza. La noche era cada vez más oscura. Aun así, mi confesor me dijo: Yo veo en usted, hermana, unas gracias particulares y estoy  completamente tranquilo por usted. ¿Por qué pues, se atormenta tanto? Encontrándose en ese estado agrada más a Dios que si estuviera inundada de las más grandes consolaciones. Qué gracia tan grande de Dios que usted, en el actual estado de tormentos espirituales en que se encuentra, no ofenda a Dios, sino que trate de ejercitarse en las virtudes. Yo observo su alma, veo en ella grandes planes de Dios y gracias especiales y doy gracias al Señor.
Yo no entendía nada por aquel momento. Mi alma se encontraba en suplicios y tormentos inexpresables. Imitaba al ciego que se fía de su guía y agarra con fuerza su mano y ni por un momento me alejaba de la obediencia, que era mi tabla de salvación en la prueba de fuego.
Sólo Jesús sabe cuán pesado y difícil es cumplir con sus deberes cuando el alma se encuentra en ese estado de tormentos interiores, las fuerzas físicas están debilitadas y la mente ofuscada. Y me repetía en el silencio de mi corazón: No retrasaré ni un solo paso para seguirte, aunque las espinas hieran mis pies.

         Jesús, Verdad Eterna, Vida nuestra, te suplico e imploro tu misericordia para los pobres pecadores. Dulcísimo Corazón de mi Señor, lleno de piedad y de misericordia, de donde brotaron rayos y gracias inconcebibles sobre toda la raza humana, te pido luz para los pobres pecadores. Recuerda tu amarga Pasión y no permitas que se pierdan almas redimidas con tan Preciosa y Santísima Sangre tuya. Cuando considero el alto precio de tu Sangre, me regocijo en su inmensidad, porque una sola gota habría bastado para salvar a todos los pecadores. Aunque el pecado es un abismo de maldad e ingratitud, el precio pagado por nosotros jamás podrá ser igualado. Por lo tanto, haz que cada alma confíe en la Pasión del Señor y que ponga su esperanza en su misericordia. Dios no le negará su misericordia a nadie. El cielo y la tierra podrán cambiar, pero jamás se agotará la misericordia de Dios.
A pesar de la noche oscura en torno mío y de las nubes sombrías que me cubren el horizonte, sé que el sol no se apaga. Señor, aunque no te puedo comprender ni entiendo tu actuación, confío en tu misericordia. Si es tu Voluntad, Señor, que yo viva siempre en tal oscuridad, seas bendito. Te pido una sola cosa: no dejes que te ofenda de ningún modo. Jesús mío, sólo Tú conoces las añoranzas y los sufrimientos de mi corazón. Me alegro de poder sufrir, aunque sea un poco, por Ti. Cuando siento que el sufrimiento supera mis fuerzas, entonces me refugio en el Señor en el Santísimo Sacramento y un profundo silencio es mi oración.
         Mi mente estaba extrañamente oscurecida, ninguna verdad me parecía clara. Cuando me hablaban de Dios, mi corazón era como una roca. No lograba sacar de él ni un solo sentimiento de amor hacia Él. Cuando con un acto de voluntad trataba de permanecer junto a Dios, experimentaba grandes tormentos y me parecía que con ello causaba una ira mayor de Dios. No podía absolutamente meditar tal y como meditaba anteriormente. Sentía un gran vacío en mi alma y no conseguía llenarlo con nada. Empecé a sentir el hambre y el anhelo de Dios, pero veía toda mi impotencia. Trataba de leer despacio para meditar, pero no comprendía nada de lo que leía. Delante de los ojos de mi alma estaba constantemente todo el abismo de mi miseria. Cuando iba a la capilla, experimentaba aún más tormentos y tentaciones. A veces, durante toda la Santa Misa, luchaba con los pensamientos blasfemos que trataban de salir de mis labios. Sentía aversión por los Santos Sacramentos, me parecía que no sacaba de ellos ningún beneficio. Me acercaba al confesor solamente por obediencia y esa ciega obediencia era para mí el único camino que debía seguir, mi tabla de salvación. Y él me decía que Dios me amaba inmensamente y por la confianza que tenía en mí, me visitaba con esas pruebas. Pero sus palabras no me consolaban. Me parecía agonizar con aquellos dolores. El pensamiento que más me atormentaba era que yo era rechazada por Dios. Luego me venían otros pensamientos: ¿Para qué empeñarme en las virtudes y en buenas obras? ¿Para qué mortificarme y anonadarme? ¿Para qué hacer votos? ¿Para qué rezar?
Terriblemente atormentada por estos sufrimientos, entré en la capilla y le dije: Jesús, haz conmigo lo que te plazca. Yo te adoraré en todas partes.
De repente, vi a Jesús que me dijo: “Yo estoy siempre en tu corazón”. Un gozo inconcebible inundó mi alma e inflamó de amor mi pobre corazón. Veo que Dios nunca permite sufrimientos por encima de lo que podemos soportar. No temo nada; si manda al alma grandes tribulaciones, la sostiene con una gracia aún mayor, aunque no la notamos para nada. Un solo acto de confianza en tal momento, da más gloria a Dios que muchas horas pasadas en el gozo de consolaciones durante la oración. Ahora veo que si Dios quiere mantener a un alma en la oscuridad, no la iluminará nada.

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